Relatos

Visión Global

Miguel Segura Martín41 min de lectura

La visión global, según aquel extraño que conocí una mañana en la terraza del Café Central de la calle del Marqués de Larios, era semejante al resultado final de la elaboración de un gazpacho. Si te quedabas corto o te excedías en el uso de alguno de sus ingredientes cualquier pócima de la farmacopea resultaría más grata que el mejunje obtenido. En cambio, si se conseguía la mezcla exacta de los mismos, le era permitido al paladar gozar de una experiencia única, una cabalgata de exóticos sabores, cada uno de ellos exhibiendo su particular cromatismo, su ritmo, su textura y, en ocasiones, hasta era posible oír sus acaloradas discrepancias, especialmente entre el aguerrido ajo y el atribulado pepino. Todo ello tendría como consecuencia final una triunfal conclusión en la cumbre del cerebro: ¡Esto es un gazpacho!

Aquella mañana bajé al centro de la ciudad decidido a poner fin a la tragedia intestinal y la flatulencia que desde hacía un par de semanas me obligaban a deambular por la calle de la amargura. Los continuos retortijones habían encorvado mi cuerpo y empalidecido mi rostro a tal punto, que creía ver en el espejo del ropero al Jorobado de Notre Dame. Concluí, que la forma más plausible y rápida de acabar con mi mal era acudir a una consulta privada. Allí te sonríen y te tutean, lo cual confiere a la entrevista guisas de confortable familiaridad, vamos, como si te conocieran de toda la vida. Esto, según los que ya lo han experimentado, supone el cincuenta por ciento de la sanación. En cambio, el centro de salud al que pertenezco, más que un consultorio médico parece un gabinete de videntes. Apenas entro en la consulta, sin haberme sentado todavía y sin haber dicho esta boca es mía, una mano pálida y frágil me extiende una receta mientras dice sin demasiada convicción: “Tres veces al día, antes de las comidas. No fume, no beba alcohol ni brebajes carbónicos, evite las grasas y los condimentos, especialmente los liliáceos. Si no se le pasa en una semana, vuelva otra vez por aquí”.

Acto seguido, se inclina sobre la mesa para proceder a la cumplimentación de una nueva receta. Yo, que hasta entonces era bastante novato en esos asuntos porque, dicho sea de paso, gozaba de una salud envidiable, me quedo plantado con la mano extendida y aguzando el oído para recibir nuevas instrucciones. Vaya —pensé para mis adentros—, debe verme bastante mal. ¿Qué irá a recetarme ahora? ¿Qué puñetas serán los liliáceos? No me atreví a preguntarlo. Ya lo buscaré en el diccionario. Entonces, el adivino me mira por encima de sus gafas y con una mirada pinchuda, como quien está en trance y se siente irritado por la presencia de un mendicante, exclama: “¿Qué está esperando, una palmadita de despedida en la espalda? ¡Dígale al siguiente que pase!”

El siguiente es la señora que lleva allí desde las ocho y media. La consulta comenzaba a las diez, pero para esos menesteres le gusta madrugar, no sea que alguna desaprensiva, de esas que no tienen nada que hacer pero que siempre llegan tarde, se le colara*:* “Oiga, y siempre con los mismos pretextos: que si me he dejado al niño durmiendo y está solita la criatura; que si me he dejado el puchero en el fuego y no sea que eche a arder la casa; lo que hay que escuchar por no ser sorda, mire usted”. Y sin más preámbulos que los descritos, inicia la exposición de su currículum de achaques, largo, tedioso, imposible. En un intento de cambiar la configuración de lo que allí sucede, imagino que soy un privilegiado, pues no todos los días se topa uno con alguien capaz de acarrear tantos males de una vez, muchos de ellos conocidos y otros de los que aún no tiene noticias la ciencia médica. Contaba la buena mujer, que últimamente la despertaban a media noche los terribles dolores de su maltrecho lumbago. Ya en la cocina, ponía sobre la encimera un vaso con agua hasta la mitad, y que cuando se volvía para verter el contenido del sobrecillo...: “Mire usted, se me pone la carne de gallina cada vez que lo cuento, el agua se había vuelto amarillo dorado, como el color del güisqui, pero yo me lo tomo, porque eso es cosa de la virgen, que yo le rezo todos los días, y me sienta la mar de bien, pues duermo toda la noche de un tirón, se lo tengo que decir a don Antonio porque, la verdad, los sobrecillos es que no me hacen absolutamente nada”.

Tras emplazar al ‘siguiente’, me quedo un instante parado intentando descifrar el nombre del medicamento que acaba de recetarme aquel médium. La puerta no se ha cerrado del todo, dejando escapar la voz del médico: “¡Pero bueno, Francisca, ¿otra vez aquí? Le dije que viniera a las dos semanas, no a los dos días. Aquí tiene la receta. Tómese una de estas píldoras junto con el sobre de la noche y vuelva dentro de-dos-se-ma-nas, no antes! ¡Siguiente!”

Como decía, fui al centro de la ciudad a ver a un especialista del aparato digestivo. Me dieron cita para las diez de la mañana, pero mi reloj interno me despertó muy temprano y decidí salir antes de casa. A primera hora del día resulta gratificante dar un paseo por las calles del centro histórico, sin apenas tráfico rodado ni transeúntes. Conservo, desde niño, la peculiar fragancia de esta ciudad a pesar de la devastación del monóxido de carbono. Con las primeras luces del día, la quietud del aire retiene para los madrugadores las esencias que se han liberado durante la noche del humo de las máquinas. Si trasladásemos a alguien con los ojos vendados, alguien que no supiera que está en Málaga, y le dejásemos en medio de la calle del Marqués de Larios mientras amanece, señalaría, sin dudarlo, en qué dirección está el mar. Pero son sensaciones que duran poco y deben respirarse hondo, pues con las segundas luces, el estruendo de las correderas metálicas nos aborda con el inicio de una nueva jornada comercial y la calle se llena de repente de humanidad, como si hubiesen abierto la esclusa de una presa que la hubiese contenido durante la noche, o que la gente estuviese escondida en los portales, tras las esquinas, esperando una señal. Al ver que algunos viandantes señalaban con la mano hacia algún lugar a mis espaldas, giré sobre los pies mientras me preguntaba qué habría pasado. Entonces vi, al final de la calle, que la gente se agolpaba junto a un vehículo que estaba atravesado en la calzada. Un señor comentó que acababan de atropellar a alguien, que es que van como locos, siempre con las prisas. Por mi parte, seguí caminando en dirección a la Plaza de la Constitución. Se me ocurrió pensar que a lo mejor la culpa había sido del peatón. Que es que algunos van por la calle medio dormidos y que, para colmo, no cruzan por donde deben hacerlo. En fin, qué le vamos a hacer. Uno menos y una ración más. Esto último no lo pensé con malicia, pero confieso que el sarcasmo me sorprendió. Tomé una mesa en la terraza del Café Central. Me regodeaba con la idea de tomar un café con churros siendo testigo de los primeros compases de la ciudad, los primeros latidos del día, los abundantes bostezos en rostros que probablemente no volvería a ver otra vez, y, cómo no mencionarlo, los primeros desmanes del tráfico rodado.

¿He dicho churros? No, por favor, que sea una tostada con aceite y sin ajo. Qué barbaridad, con el estómago así y pedir churros. Y no digamos el ajo, que supe por el diccionario que es el rey en el submundo de las liliáceas, junto con su prima, la cebolla. No me seduce la idea de presentarme ante el médico con la pinta de un paciente al alioli.

— Pensándolo mejor me va a traer...

El camarero, que tenía la apariencia de no haberse levantado todavía de la cama, me miró con los párpados a media asta, interrumpiéndome:

— Le cambiaré el café y la tostada por una manzanilla, hoy no estoy para muchos viajes — me dijo con cierta solemnidad regresando al interior de la cafetería. Mientras le veo alejarse con pasos menudos y nerviosos, reflexiono acerca de la cantidad de vainas, que como yo, se sentarán en estas mesas al cabo del día tratando de caerle simpáticos. Pero lo de la manzanilla me ha dejado bastante desconcertado. Bueno, mejor así. Lo más probable es que con el primer sorbo de café me hubiese echado a rabiar y habría tenido que pedirle una.

La terraza se iba animando por momentos. La mayoría eran turistas extranjeros, personas de avanzada edad que saben cuál es la mejor hora para auscultar el corazón de una ciudad. Seguramente ya estaban de vuelta de alguna incursión, con el vientre de sus cámaras repleto de Historia. Supe que eran extranjeros porque no entendía ni media palabra de lo que le decían al camarero. No eran ingleses, ni alemanes, ni franceses, tampoco italianos o portugueses, esas lenguas no me cuesta reconocerlas. El camarero respondía a todo asintiendo con la cabeza. Pues sí, lo que le faltaba al pobre hombre, menuda se va a armar, no quiero ni imaginar la de viajes que va a tener que dar. Demoré cada sorbo de mi manzanilla para conocer el desenlace de aquel enredo. A los pocos minutos apareció portando una bandeja atiborrada de vasos, platos con sándwiches, bocadillos, la jarra de la leche y no sé cuántas cosas más, todas dispuestas estratégicamente unas encima de las otras, y las fue repartiendo por las mesas con un aplomo que en nada tenía que envidiar al que exhiben los videntes de mi ambulatorio. Se me paró el aliento cuando vi que, con cada entrega, los turistas sonreían complacientes dando las gracias al camarero. Al pasar junto a mi mesa, se detuvo un instante.

— ¿Le traigo al señor otra manzanilla? Esa se le ha quedado fría. Mi madre siempre decía que la manzanilla caliente revive a la gente y que la fría, la desvía.

Ignoraba cuáles eran los poderes oscuros de ese hombre, pero estaba apunto de pedirle otra infusión para prolongar mi estancia en la terraza, que ya empezaba a resultarme sumamente interesante. Este hecho resultó ser providencial. Sumergía una y otra vez la nueva bolsita en el agua humeante abandonado a mis observaciones, viendo cómo daban cuenta los turistas de sus desayunos. Por el rabillo del ojo me percaté de que alguien acababa de ocupar la mesa de al lado. Quise volverme para ver de quién se trataba, pero sentí que iba a cometer una indiscreción, de modo que continué con la inmersión de la bolsita, que para entonces se me antojó tenía el aspecto de un pez globo y había enturbiado en exceso el agua. Me aproveché del instante en que le atendía el camarero. Era un hombre con la cabeza rapada, delgado, pero de complexión fuerte, unos treinta años, calculé, aunque con pelo es posible que pareciera algo más joven. El contorno de su cara, sobrio y bien definido, contrastaba con el perfil que ahora mostraba el camarero, ligeramente aguileño, algo de papada y la misma obstinación de antes en los párpados. Andaba yo abstraído con mi boceto cuando, de pronto, el hombre giró su cabeza y me dirigió una sonrisa de cortesía inclinando levemente la cabeza. Mi saludo se quedó en proyecto de sonrisa al ver que el camarero se había girado también y observaba mi acuario de manzanilla con solera. Se lo tragó de nuevo el murmullo interior del local, no sin antes encogerse de hombros, gesto que yo interpreté como de resignación. Comencé a sentirme inquieto, mi desayuno se había transformado en algo repugnante y no me apetecía abandonar la terraza todavía. Además, según mi reloj, faltaban todavía unos tres cuartos de hora y la consulta quedaba muy cerca. La educada voz de mi rapado vecino me sacó de mis divagaciones.

— Perdone mi indiscreción, señor, pero creo que la criatura de su pecera ha decidido que es el momento de la puesta de huevos.

Su afable sonrisa contrastaba notoriamente con el brillo socarrón de su mirada. Era como si estuviese aguardando mi aprobación para estallar en una carcajada. Me volví hacia mi vaso de manzanilla. La bolsita acababa de romperse esparciendo en el agua su contenido. Me sentí acorralado. No encontraba con qué responder a ese individuo que seguía esperando mi aquiescencia en silencio. Con una sonrisa mitad de asco, mitad de imbécil, opiné que las bolsitas ya no son como las de antes, que los fabricantes no hacían más que recortar gastos y, en consecuencia, la calidad de los artículos era cada vez peor.

— Es probable. Aunque tampoco son como lo serán en el futuro — me respondió, ahora con expresión circunspecta.

— ¿En el futuro? ¿Qué le hace suponer que una simple bolsita de manzanilla va a ser diferente en el futuro? Y, a propósito, ¿cómo se le ha ocurrido lo del pez y los huevos? Justo hace un momento estaba yo pensando que...

— Discúlpeme. ¿Porqué no se sienta conmigo y se lo explico? Me gustaría invitarle, siempre que no pida usted más manzanilla, creo que el camarero no está teniendo un buen inicio de jornada.

Accedí a la invitación del hombre sin pelos. Vaya si estaba resultando extraña la mañana. Si esto es sólo el comienzo, ¿qué vendrá después? Mira que si el médico me dice que lo que tengo es una úlcera, o peor aún: “Amigo mío, lo que tú tienes es un cáncer del tamaño de una berenjena. Pero no te preocupes, estás en muy buenas manos. ¿Verdad que sí, Paola?” Me los imaginaba a los dos, al médico y a su ayudante Paola, muy simpáticos, muy familiares, como a un brujo y su aprendiz frotándose las manos ante su nueva víctima. El camarero se nos acercó.

— Disculpe, caballero, pero ha olvidado su manzanilla en la mesa. ¿Desea el señor que se la traiga?

Noté al instante que sus párpados habían subido un tercio dejando ver destellos de ironía, como la persiana que se sube dejando entrar la luz y que, inesperadamente, nos levanta el ánimo. Mi anfitrión se adelantó:

— Nada de eso, el caballero no desea más tisanas, pero si es tan amable de traernos dos botellines de agua con gas y un limón cortado por la mitad... Muchas gracias.

El camarero nos auscultaba con miradas alternadas.

— ¿No desean los señores que les traiga también una ración de bicarbonato para cada uno? Es que con un desayuno tan indigesto nunca se sabe.

Se marchó erguido, con pasitos menos cortos y menos nerviosos, lo que yo interpreté como una retirada triunfal.

— Qué barbaridad, cómo se ha puesto el hombre — exclamé sintiéndome ahora más confiado y algo cómplice de aquel individuo que acababa de pedir por los dos. ¿Agua con gas y medio limón? ¿Encerraría aquello algún mensaje erótico, alguna proposición de lino blanco en una pensión modesta? Era muy temprano para esas cosas, aunque con esta gente nunca se sabe.

— No se preocupe por el camarero. Seguramente pensará que somos dos gays noctámbulos que venimos aquí a presumir de nuestras desinhibiciones — respondió mi acompañante pareciendo saber a todas luces lo que yo estaba pensando.

— A propósito —continuó— creo que si nos tuteásemos sería más cómoda nuestra comunicación. ¿No te parece?

Al mirarle a los ojos, comprendí que no albergaba intenciones carnales. Quizá era uno de esos solitarios que sólo buscan a alguien con quien compartir las vicisitudes de su aburrida existencia.

— Por mí encantado — asentí de buen grado, y, sin más, el desconocido comenzó a hablar:

— En un futuro no muy lejano, alguien se dará cuenta de que el agua con gas, mezclada con el zumo de medio limón en su justa proporción, será un magnífico remedio para aliviar y curar la inflamación del duodeno, pese a que ello parezca una incongruencia. Tómatelo a pequeños sorbos, verás cómo lo agradece tu estómago.

Mientras hablaba, había vertido agua hasta la mitad del vaso exprimiendo después un generoso chorro de zumo. Las molestias, que me habían acompañado desde que desperté esa mañana, desaparecieron como por encantamiento. Hasta me sentía con ganas de pedirle al camarero un bocadillo de jamón con aceite, tomate y bien untado de ajo.

— Ahora, permíteme que me presente: me llamo Harún Einstein, y vengo del futuro, concretamente del año 3550.

Aquel individuo no era gay, era un chalado que se había echado a la calle en busca de una víctima propicia. Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué siempre me tocan a mí? Definitivamente creo que tengo algo que los atrae. No me atreví a marcharme. Decidí que lo mejor era aguantar el chaparrón y esperar a que escampase. A la menor oportunidad saldría pitando. Siguió hablando aparentemente ajeno a mi desconcierto:

— Desde muy joven quise llamarme Aarón, como el hermano de Moisés, pero mis padres jamás lo consintieron, de modo que seguí llamándome Albert hasta el último día de mi vida, que comenzó en el año 1879 de tu espacio-tiempo. Un día tuve conocimiento acerca de la leyenda árabe sobre Aarón, al que ellos llamaban Harún, y aquello fue definitivo. En cuanto tuve ocasión, me hice cambiar el nombre. Eso ocurrió en otro espacio-tiempo, justo en el año 2315. Por otro lado, seguir llamándome Albert me estaba resultando bastante molesto en las diversas trayectorias espacio-temporales que tuve que visitar en el tiempo presente de tu mundo. En cuanto contactaba con alguien de alguna de esas coordenadas y oían el nombre completo, o se mofaban de mí, o avisaban a la policía creyendo que se trataba de algún evadido del psiquiátrico.

Llegados a ese punto no tuve más remedio que interrumpir. Además, se estaba confesando, era un pirado; si es que tengo un ojo para esto. Respiré hondo y opté por seguirle la corriente.

— Un momento, ¿te estás refiriendo a Einstein, el Einstein de la teoría de la relatividad? ¿Y qué quieres decir con que vienes del futuro? Si te moriste cómo vas a estar en el futuro. No te estarás quedando conmigo, ¿eh? Yo te agradezco la invitación, el agua con limón y todo lo demás, pero lo que me estás contando empieza a inquietarme.

— Entiendo tu perplejidad. Son cuestiones difíciles de aceptar, pero me veo en la necesidad de insistir en que me escuches. Sólo así podrás comprender la importancia de mi misión. No estoy aquí por azar. No te hemos escogido a dedo. Hay algo en tu futuro próximo, muy, pero que muy próximo, del que debes ser advertido y que, de no ser remediado, acarreará consecuencias desastrosas a personas que conocemos y queremos en el tiempo del que vengo. Hasta yo mismo quedaría afectado, a tal punto, que este encuentro contigo no estaría teniendo lugar ahora. No pienses ni por un momento que me causa placer regresar a este presente tuyo, cuyo futuro es más bien siniestro. Estoy preparado para responder a cuantas preguntas me hagas. Cuanto antes aceptes esta realidad, antes entenderás el objeto de este encuentro.

Como dije, el tipo estaba como una regadera. Sin embargo, había algo en todo este asunto que parecía estar tomando cuerpo, algo que yo no sabía cómo definir. Hablaba con tanta sobriedad y con tanto conocimiento sobre esas cosas... Comencé a sentirme algo más relajado. Las molestias del estómago se habían esfumado. Me veía más comunicativo, más seguro. Aunque me perdía en el significado de los términos que empleaba aquel pelón, mi curiosidad fue en aumento. ¿Cómo era posible que mi futuro fuera tan negro, y, por lo que dejaba entrever, el suyo fuera mejor, suponiendo que fuera verdad que había venido desde allí, si ambos futuros procedían de un mismo tiempo presente? Bueno, lo de que ‘era mejor’ es un decir. No debían ir muy bien las cosas en ese supuesto futuro cuando necesitaban la ayuda de alguien como yo, un ser anónimo, un don nadie, uno más del acervo. Mi compañero de mesa parecía conocer cuanto estaba pensando:

— Veo que no has comprendido. Verás, lo primero que has de aceptar es que el futuro ya existe, está ahí mismo, y no sólo uno, sino multitud de ellos, tantos, que es improbable que alguien sea capaz de calcularlos alguna vez. No se sabe cuántos son, pero en mi tiempo estamos empezando a saber cómo se generan. Por tanto, desde que ideamos la forma de poder desplazarnos a través del tiempo y del espacio, estamos en condiciones de modificarlo a voluntad, siempre que se trate de una necesidad extrema, como es el caso ahora. Regresar al pasado y realizar modificaciones caprichosas generan, en efecto, nuevos futuros, nuevas dimensiones, con sus planetas, sus estrellas y sus galaxias, pero crean graves e innecesarias distorsiones en los ya existentes, pues tienen que adaptarse a los espacios reservados a los que, por su natural evolución, deben ocupar. ¿Por qué crees que es tan vasto el universo y hay tanto espacio aparentemente vacío? Cada dimensión se rige por su peculiar estado vibratorio que la hace invisible para las demás, frecuencias distintas interconectadas unas con las otras, todas interconectadas con todas, sin interferencias, salvo cuando sucede lo que acabo de comentarte sobre los tiempos alterados caprichosamente, pues, como consecuencia, la nueva trayectoria de ese tiempo da lugar a una dimensión muy conflictiva. Fíjate en tu presente, el aire es un entramado aparentemente inexpugnable de frecuencias de todo tipo que nadie ve: emisoras de radio y televisión, satélites de comunicación, teléfonos. Y cada nueva frecuencia puesta en circulación, se abre camino hacia su destino sin interferir con las demás, salvo, claro está, que de manera intencionada se provoque. Si pudieras ver con tus ojos la maraña que te rodea a todas horas, enloquecerías. De hecho tus ojos la ven, sólo que tu cerebro no está adiestrado para descifrar toda esa información y, como consecuencia, tu consciencia queda confinada a los límites que abarcan los órganos de tus sentidos. La prueba la tienes en los animales. Muchos de ellos son capaces de percibir eventos que resultan imposibles para un ser humano normal y corriente.

Sin apenas darme cuenta, iba dejándome seducir por los argumentos de mi acompañante que se me antojaban cada vez más lógicos y coherentes. Pero lo que me resultaba intragable era lo concerniente al espacio-tiempo, los múltiples futuros, y qué decir de los viajes al pasado. De repente, a mi lado oscuro se le ocurrió una idea. Era sumamente materialista, pero podría constituir una espléndida demostración de cuanto me estaba contando, sobre todo si llegara a hacerse realidad.

— Discúlpame por el atrevimiento, pero me gustaría pedirte una demostración real y palpable de que realmente puedes moverte a través del tiempo. ¿Podrías facilitarme la combinación ganadora del próximo sorteo de la lotería primitiva? No me gustaría que pensaras que soy un puerco materialista al que sólo le gusta el dinero, no es eso, pero un buen pellizco arreglaría mi futuro para siempre. Eso sí que sería una modificación positiva de mi espacio-tiempo, ¿no crees? El Einstein del futuro me miró fijamente, sonriendo, como si pensara, ¡pero qué necio eres!:

— Nada me gustaría más que poder alterar ese futuro tuyo con un obsequio así, pero eso no es posible. El dinero de ese premio ya ha sido cobrado por otra persona. De hecho, es más que probable que se lo haya gastado ya. Ese dinero y esa persona forman parte de un futuro que no debe ser alterado, pues con el premio conseguido habrá podido modificar su vida mejorándola, o tal vez no, eso no importa. Si, llegado el momento, no recibiera ese dinero porque yo he modificado el presente para que seas tú el afortunado, esa persona pasaría a formar parte de una trayectoria espacio-temporal diferente y distorsionada, ya que fue la suerte quien la seleccionó para ser depositaria de esa fortuna. Para tu información añadiré, que la selección no se efectúa sobre la base de cuestiones morales o sociales, da igual que seas guapo o feo, alto o bajito. Lo que llamamos azar es en realidad una complicada y aparentemente caótica interactividad entre las distintas dimensiones del Universo que todavía nadie ha sido capaz de desentrañar. De modo que tendrás que seguir esperando a que llegue tu golpe de suerte.

Mi gozo en un pozo. Vaya chasco. Resulta chocante, muy chocante, pensar que alguien ya ha cobrado un premio que saldrá la semana que viene, y más difícil de digerir todavía que ya se lo haya gastado. ¡Qué barbaridad! Este Universo está empezando a no gustarme un pelo, concluí, creo que me voy a marear. El hombre del futuro se dio cuenta de mi estado.

— Amigo mío, te has puesto algo pálido. Tómate otro vaso de agua con gas. Creo que tu duodeno está tratando de comunicarse contigo nuevamente.

— No, más agua no, por favor. Lo que estoy necesitando es un buen bocadillo de jamón.

— Te comprendo. Pero no deberías probar bocado hasta que te reconozca el médico.

Podrías empeorar y eso no es conveniente en estos momentos. Aún hay asuntos de los que debo hablarte.

Había olvidado por completo la cita con el especialista. Miré mi reloj. Aún faltaba media hora. Tuve la oscura sensación de que el tiempo iba muy despacio esa mañana. Decidí que era conveniente llevar a cabo una recapitulación.

— Está bien, me tomaré otra limonada de esas. Dejemos lo del bocadillo. No acabo de entender lo del premio, la fortuna y todo eso. ¿En qué podría cambiar este mundo, si, en vez de recibir esa persona el dinero, lo recibiera yo? Como no ha sucedido todavía, ¿quién iba a enterarse? Esa persona seguiría viviendo su vida como si nada, como todo el mundo. Por otro lado, para el banco sería lo mismo. Ellos darán el premio, sea quien sea a quien le haya tocado. A ellos no les va afectar en nada que en vez de llamarse fulanito se llame menganito ¿no? Por otra parte, si el futuro ya existe, ¿qué hay de nuestro libre albedrío? ¿Insinúas que, decidamos libremente lo que decidamos, todo eso ya está ahí? ¿Es decir, que un observador de algún futuro algo más adelantado, como tú, por ejemplo, puede ser testigo de un suceso que ya ha ocurrido y que en mi presente está aún por suceder? ¿Qué somos, algún programa informático con el que juega algún chiflado? La verdad es que no me seduce la idea de ser un dibujito animado, por muy bien hecho que esté. Y el que haya programado la inflamación de mi duodeno, se la podía meter por donde ya sabes. Que no, que no, que esto no me cuadra. ¡Ah! Y hay otra cosa que me intriga. Si tú vives en otra dimensión, supongo que esa dimensión tendrá su propio futuro, ¿o ahí acaba el cotarro? Y una última cosa. Discúlpame, pero de repente se me han agolpado las preguntas y todas quieren pasar a la vez. No me resulta tan difícil aceptar la posibilidad de que se pueda viajar hasta un tiempo pasado, pero, ¿es posible hacerlo también hacia delante, hacia el futuro? Ya está, porque me está entrando un vértigo...

Aquel extraño parecía complacido en contestar a cuanto yo preguntaba:

— Obviamente. Si he venido del futuro, quiere decir que puedo hacer el viaje de vuelta, por tanto, se puede viajar hacia el futuro, aunque no vosotros, los de tu tiempo presente, ya que aún no habéis ideado el modo de hacerlo. Por otro lado, sí, mi tiempo también cuenta con su particular futuro. Pero al ser éste un tiempo desconocido para nuestro presente, aventurarse en él resulta sumamente peligroso. El pasado ya lo conocemos y, por tanto, podemos elegir el momento y las coordenadas precisas. Pero la exploración de nuestro tiempo futuro sólo la realizan los Navegantes-Clones. Son seres con un formidable nivel evolutivo y una preparación exquisita. Sus mentes son capaces de generar un doble de sí mismos que después proyectan sin necesidad de máquina alguna hacia lo desconocido, desde donde les transmiten todo cuanto perciben. Nosotros, en cambio, los Navegantes-Simples, hemos de someternos a las leyes de la física cuántico-cuásica, que nos permite el traslado entre las distintas frecuencias sin necesidad de descomponer la estructura atómica de nuestro organismo. Sin embargo, y pese al durísimo adiestramiento al que nos sometemos, no se puede evitar un cierto estremecimiento y hasta leves sensaciones de náusea al navegar.

— Sí, algo así como hacer transbordo en Bobadilla— bromeé, continuando con mis interrogantes.

— ¿Quieres decirme con todo eso que, de donde tú vienes, o sea, del futuro, tiene su propio futuro y éste a su vez tiene el suyo propio, y el otro, y el otro, y el de más allá, que el futuro es todo futuro? ¿Acaso no se acaba nunca? ¿No hay, por así decirlo, una despedida y cierre, un se acabó, no hay nada más que rascar? ¿Y que todo, todo, todo es algo así como ¡hasta luego Lucas!? ¡Realmente alucinante, oye! Nunca había pensado en eso. Tampoco soy de los que creen que con la muerte ya se acabó todo. Me cuesta aceptar que vengamos a este mundo para un rato; que nos pasemos la vida yendo y viniendo sin ir a ninguna parte, para después marcharnos con la última y aterradora sensación de no haber realizado ni una décima parte de lo que se nos dice que somos capaces. No. Definitivamente creo que ‘algo’ en nosotros, que no es ni carne ni huesos, perdura. Lo que no sé es a dónde se va ni a lo que se dedica. Pero la longevidad del futuro me pone los pelos de punta. ¿A ti no? ¿Qué sabes tú de todo este guirigay?

Al rapado navegante, al que ahora ya casi consideraba un amigo, debieron ponerle el nombre de Job. ¡Vaya una paciencia que estaba teniendo conmigo! Él, dale que te pego al futuro, y yo saliéndole al paso con mis ocurrencias. Ya sé que era de puro nervio, y sabía también en esos momentos que una parte de mí lidiaba con mi esponja pensante para que prestase más atención y se esforzara en absorber todo aquel caudal de sabiduría. Se llevó la mano a la cabeza y me respondió de buen talante:

— Como puedes ver, no se me ponen los pelos de punta. Pero te comprendo. Yo también pasé por ese trance. Y no es que ahora lo sepa o lo conozca todo. En la dimensión espacio-temporal donde vivo, hemos aprendido a vencer la ansiedad que provoca en la mente el desconocimiento de esos asuntos en su totalidad, de los límites, orígenes o evoluciones de todos los universos posibles. Simplemente nos esforzamos y nos preparamos por si alguna vez nos es dado conocer el Gran Misterio. Tu mundo, este mundo que pisas, no durará siempre en la trayectoria que ahora recorre. Cuando las mentes que lo están generando minuto a minuto, día tras día, siglo tras siglo dejen de hacerlo y desaparezcan, este mundo desaparecerá con ellas. Tu mundo existirá mientras haya una sola mente que lo piense. No soy el único Navegante que ha venido desde el futuro. Otros lo han hecho y lo siguen haciendo, y desde futuros y trayectorias muy distintos. En ocasiones, nos envían para intentar remediar las graves modificaciones que algunos depravados efectúan en este y en otros sistemas. Pero sucede que a veces ya es demasiado tarde, porque la nueva trayectoria ya se ha puesto en marcha. Es como la palabra de un locutor de radio, una vez que ha salido al aire ya no hay modo de hacerla regresar a su glotis. Para que lo entiendas, es como si el planeta se duplicase a sí mismo portando sólo las alteraciones que se han hecho, y de ese modo, se desplazara por el espacio-tiempo con otro rumbo, con otra frecuencia, arrastrando consigo toda la materia cósmica que le atañe. Es lo que aquí llamáis ‘paradoja espacio-temporal’ o ‘universos paralelos’, términos que me parecen absolutamente acertados. Sin embargo, no todas las modificaciones que suceden en un mundo son debidas a la intervención de los Navegantes. En tu mundo, sin ir más lejos, se vienen produciendo desde hace siglos gravísimas alteraciones provocadas por sus propios habitantes. En tu tiempo presente, aún son más graves. Sólo hay que contemplar los informativos de los últimos años para concluir que nada bueno habrá de albergar vuestro futuro.

Le pedí disculpas por la interrupción y añadí que, por esa regla de tres, Jesucristo, Buda, Mahoma, Lao Tse, podrían haber sido Navegantes que se desplazaron a este mundo para echarnos un cable, vamos, para enseñar al que no sabe, digo yo, ¿no?. Y ya puestos a hacer averiguaciones, lo mismo podría haber sucedido con Napoleón, Hitler, Mussolini o Franco, por citar sólo unos pocos; claro que éstos si que es verdad que nos han hecho bien la puñeta.

Me sentí un tanto torpe al hacer estas elucubraciones, pero el extraño acabó por responderme:

— Sólo me detendré un poco sobre este asunto. Ya te dije que respondería a todas tus preguntas para que puedas alcanzar la visión global. Estas cuestiones no nos interesan en este momento. El tiempo está pasando y tu cita con el inminente futuro debe ser ineludible. Pregúntate sólo esto: ¿Para qué han servido y sirven las religiones si no es como instrumento de poder en manos de unos pocos para alentar a los demás al homicidio, al odio y a la venganza. A estas alturas todos deberían ser ya conscientes de que, las violentas y sangrientas acciones que se emprenden en el nombre de un dios cualquiera, no es más que la codicia de unos cuantos llevada a sus más oscuras consecuencias y que ocultan tras los ropajes que exhiben y sus bien organizadas jerarquías. En cuanto a los tiranos, un tanto de lo mismo. El resultado es siempre idéntico, muerte y desolación, con lo que se perpetúa la distorsión de esta trayectoria impidiendo que evolucione felizmente hacia un futuro más fascinante. Tener una visión global de todo esto no es difícil, no son necesarios tantos detalles. Vuestra Historia se repite con tanta frecuencia, que resulta sencillo detectar lo esencial de cada momento. Observa la calle llena de gente y automóviles que van de un lado para otro. ¿Dirías que es un día especialmente distinto o es como todos los demás? La mayoría sólo perciben bultos que se desplazan y lo llaman ‘gente’, sin ser conscientes de que también ellos son bultos en movimiento para los demás transeúntes. Perciben los edificios como el sitio donde está la consulta de su médico, el sastre que le hace los trajes o el escaparate con los zapatos más caros de la ciudad. Les bastan unos pocos puntos de referencia para saber en qué entorno están. Pero nunca prestan atención a la prodigiosa e inagotable diversidad de los rostros con los que se cruzan. Tampoco se percatan del grandioso esfuerzo que debieron hacer los hombres que, en el pasado, tallaron con sus manos los ornamentos que lucen algunos de esos edificios y que los hacen únicos. Que probablemente esos hombres fueron grandes artistas, cuya única opción para sobrevivir fue la de aceptar un trabajo de sol a sol y mal pagado. Sólo cuando se produce un estruendo o una sacudida, la gente sale de su ensimismamiento para ver qué ha pasado. Observa aquel vehículo blanco estacionado delante de la zapatería. En este momento nadie, a excepción de nosotros, se está dando cuenta de lo que sucede en su interior, ni siquiera las personas que ahora pasan por su lado. Fíjate en la mujer, está bastante alterada. Su hijo está teniendo una rabieta. Mira cómo le pellizca en el brazo, furiosa. Viendo eso es fácil deducir que esa mujer también fue maltratada en su infancia, que no es feliz y su hijo tampoco. Seguramente ambos tengan en estos momentos alguna necesidad que no esté siendo satisfecha. Y así podríamos seguir un buen rato, deduciendo, sacando conclusiones. Es posible que al cabo de un tiempo supiéramos más de esa mujer que ella de sí misma. Este es un pequeño ejemplo, entre muchos, de la visión global. Es un adiestramiento que dura toda la vida. Si elaboras un gazpacho con los ingredientes habituales, ya sabes, tomate, pimiento, pepino, ajo y todo lo demás, pero no los mezclas adecuadamente, obtendrás algo similar a un chocante zumo de tomate, un brebaje indefinible. Pero si los mezclas sabiamente, conscientemente, como si de un alquimista de la cocina se tratara, entonces, amigo mío, tu cerebro te obsequiará con la turbación de un exquisito manjar, pese a lo aparentemente vulgar de los ingredientes. En tu cerebro verás desfilar la personalidad de cada uno de ellos y te aseguro que gozarás haciéndolo. Esto mismo es aplicable a cualquier cosa que ingieras. Da lo mismo que la visión global la ejercites en la calle o en el comedor de tu casa, o que mires al cielo y deduzcas toda su vastedad. Nuestros sentidos son sólo instrumentos de percepción, no dan nada, nada sale de ellos, están ahí para que penetre en nuestra consciencia todo el universo, lo visible y lo no visible, lo que oímos y lo que no podemos oír por las limitaciones impuestas al oído. Incluso cuando dormimos, nuestros sentidos no dejan de percibir. Cuántas veces nos despierta un sueño que está teniendo lugar y al despertar comprobamos que es justo lo que está sucediendo en la vigilia. La ciencia, a falta de algo mejor, nos dice que todo eso es el resultado de múltiples combinaciones químicas dentro del cerebro. Es cierto que el cerebro se sirve de estos mecanismos químicos para configurar imágenes, sonidos, texturas, pero la consciencia jamás duerme y es ahí donde van a parar todos los resultados. Por otro lado, hay sueños que el cerebro interpreta con su química, pero en realidad se trata de auténticas experiencias vividas por la consciencia allá donde no podemos ir con la materia de nuestro organismo. Esa consciencia es el ‘algo’ que prosigue después de morir al que antes aludías y ‘lo único’ capaz de trasladarse por las infinitas dimensiones del espacio-tiempo.

Esa parte de la conversación me interesaba sobremanera. Saber si habrá algo más allá de la muerte había sido siempre una de mis reflexiones más persistentes. Supongo que a la mayoría les pasará lo mismo. Le hice notar que quería saber más acerca de ese asunto y le rogué que se extendiera un poco.

— Al morir, la consciencia continua formando parte por algún tiempo del mundo en el que ha vivido, en un estado sutil de vibración que le es propio y sin ningún tipo de morfología homínida. Como ya te dije, el cerebro no sabe trasladar a nuestra consciencia lo que en esa dimensión sucede. Algunas personas, en cambio, gozan del privilegio de poder contemplar estas formas de energía, que perciben como un denso entramado de luz. En realidad son muy pocas las que acceden a esta prerrogativa y generalmente se trata de personas que hubieron de someterse a disciplinas muy estrictas antes de poder usar su potencial. Pues bien, una vez en esa dimensión, que en todo es idéntico al mundo del que acaba de separarse, la consciencia recibe una suerte de asesoramiento por parte de los Navegantes-Guías. La orientan y guían hacia la trayectoria espacio-temporal más conveniente, aunque es la propia consciencia quien elige en última instancia haciendo uso de su voluntad. A este respecto debo señalar el enorme potencial que reside en la voluntad de una consciencia. Nunca acabo de acostumbrarme al hecho de que en este mundo las voluntades individuales sean tan permisivas, dejando que otras voluntades las influyan y las dominen. Ocurre con bastante frecuencia que la consciencia escoge seguir apegada a la dimensión material que ha dejado, recreando el aspecto corporal que tuvo. Son los fantasmas o espíritus que dicen ver algunos médiums. Las que optan por continuar su periplo, acaban por incorporarse a la trayectoria que mejor se adapta a sus necesidades evolutivas. Este proceso que generalmente se sucede en un corto espacio de tiempo, en tu mundo se traduce en una progresión de varios siglos.

El fuerte chirrido de unos neumáticos, seguido de un golpe seco, nos hizo girar la cabeza. A lo lejos, al comienzo de la calle, la gente se arremolinaba en torno a lo que a todas luces sería un desafortunado accidente de tráfico. Observé que el camarero se acercaba a nuestra mesa. Mi amigo guardó silencio. Aparentemente ajeno a lo que estaba sucediendo, parecía auscultarme para verificar que yo hubiese entendido todo cuanto acababa de decir. En esos momentos sucedió algo insólito. Ese desconocido, el pelón galáctico, el hombre que decía venir del año 3550, el presunto continuador del genial Einstein, de repente me pareció alguien extremadamente familiar. Ya había notado yo algo al principio, pero como ahora está de moda llevar rapada la cabeza, y como me había puesto en guardia ante la posibilidad de que se tratara de un chiflado, pensé que lo más probable es que le estuviera confundiendo con otra persona. Ahora, sin embargo, tenía la absoluta certeza de que le conocía, aunque no había modo de saber de qué, de dónde ni de cuándo. Brevemente, se lo hice saber, pero se desentendió de mi comentario y trató de reanudar sus explicaciones. Nuestro viejo amigo el camarero apareció portando sobre la bandeja sendos botellines de agua con burbujas, un limón cortado que parecía sonreír de oreja a oreja y un platillo con frutos secos. Mientras colocaba sobre la mesa tan aséptico menú, se disculpaba al tiempo que nos hacía una insólita petición.

— Confío en que los señores sabrán disculpar esta intromisión. Permítanme que les convide a otra ronda. He pensado que unas almendras fritas les vendrían bien a sus estómagos. Quién sabe... a lo mejor con tanto gas salen volando y se marchan sin pagar. Bueno, bromas aparte. Resulta que con tanto ir y venir no he podido evitar oír su conversación. La verdad es que sólo he recogido fragmentos pero me he dicho, “vaya, estos señores están hablando sin duda de ciencia-ficción y con lo forofo que yo soy de estos temas... Mira que si son guionistas, o mejor todavía, directores de cine que están en la ciudad para rodar alguna película...” De modo que me he armado de valor y aquí me tienen, para pedirles que, si no tienen inconveniente, cuenten a un servidor alguna cosilla más acerca de todo eso de viajar por el futuro.

Mi amigo, sin perder un ápice de su talante, respondió de inmediato al solícito camarero, cuyas persianas oculares ya estaban arriba del todo mostrando la intensidad febril de su mirada.

— Será un placer, amigo mío. Cuando acabe su jornada de trabajo, aquí estaré. Buscaremos un lugar tranquilo y tenga la completa seguridad de que responderé a todas y cada una de sus preguntas.

“Vaya, otra mosca para la araña”, pensé mientras veía alejarse al camarero, tan erguido como si fuera el maître recién nombrado de un lujoso restaurante.

Faltaba poco para mi encuentro con el galeno. Llegados a ese momento, el tiempo ya era apremiante y aún quedaba lo más importante concerniente a aquel encuentro, me recordaba mi amigo con premura. Con el sonido de una ambulancia de fondo, fui escuchando lo que parecía ser el último episodio y el más escabroso.

Poco después, la entrevista llegó a su fin. Para entonces no sabía dónde empezaba mi perplejidad ni dónde acababa mi asombro, que notaba como una segunda piel. Nunca antes había sentido tanta tristeza y tanta expectación al mismo tiempo. Aquel amigo, el presunto hombre del futuro, me abrazó con verdadero afecto. Lo último que oí antes de alejarme de la terraza fue un “hasta muy pronto, querido amigo”.

Cuando llegué hasta el lugar de la calle donde había tenido lugar el accidente, y todavía consternado por las palabras de mi compañero de mesa, observé que la gente aún permanecía haciendo círculo en torno a la ambulancia. Cerca de ésta y sobre el asfalto, los enfermeros aseguraban con correas el cuerpo sin vida de alguien sobre la camilla, al tiempo que lo tapaban con una de esas telas metalizadas que ahora usan. Tuve ocasión, por un instante, de ver el rostro de aquel desgraciado transeúnte. Me sobrecogió sobremanera lo que vi. Absolutamente afligido e inconsolable, seguí mi camino sin mirar atrás.

Desde esa insólita mañana, he permanecido reticente para contar el final de aquella conversación. Pero sería del todo injusto hablar de aquel suceso y dejarlo incompleto. Sobre todo, teniendo en cuenta lo que fui en otro tiempo y lo que ahora soy, en mi futuro.

Todo se precipitó en aquel momento en que oíamos el desagradable frenazo del automóvil. Recuerdo que hice un breve comentario, algo así como, “vaya, otro accidente, pues está buena la mañana” Aquel estrafalario hombre del futuro, mi amigo, me segó la respiración de un tajo apenas se hubo distanciado el camarero.

— No es otro accidente. Es el mismo que viste hace algo menos de una hora viniendo hacia esta cafetería. Nos hemos visto en la necesidad de tener que hacer algunos ajustes en tu transición para que pudieras asistir a este encuentro de manera corpórea. Préstame toda tu atención porque el tiempo se nos acaba. En este momento hay unos enfermeros intentando reanimar tu cuerpo, pero es inútil. Tras la última exhalación, tu consciencia deberá abandonarlo. No temas por nada, ya hay alguien esperando para guiarte. Mi misión termina aquí, no sin antes aclarártelo todo. En tu anterior existencia espacio-temporal fuiste Jules Verne, ya sabes, el genial escritor. Cuando acabó tu vida y una vez en la dimensión de tránsito, optaste por no seguir las recomendaciones de los Navegantes-Guía y decidiste hacer el viaje por tu cuenta. Resultaste ser una consciencia sumamente independiente y testadura. Te empeñaste en renacer en este espacio-tiempo, en la era espacial. Querías ser testigo presencial de los progresos científicos que en tantas ocasiones vaticinaste a través de tus libros. Era tu gran pasión. Pero no hiciste caso cuando te hablaron de los resortes que mueven las traslaciones entre las distintas dimensiones. Así pues, llegaste a este tiempo desprovisto de memoria. Puedes apostar a que me conoces y muy bien. Te soy vagamente familiar, pero no me recuerdas. Yo era uno de esos Navegantes-Guía. Ahora has de entender que tu próxima existencia sucederá en un futuro con trayectoria muy distinta a la que rige este mundo que ahora pisamos. Renacerás en el año 2315, como lo hice yo en su momento. Me conocerás con el nombre de Harún Einstein. Al acabar nuestros estudios, participaremos en un centro de investigación cuántica. Yo, con mi talento para las matemáticas y tú, con tu prodigiosa capacidad de inventiva. Juntos descubriremos, casi al final de esas vidas, el sistema cuántico-cuásico, que sentará las bases para los futuros desplazamientos espacio-temporales. Aunque no será hasta el año 3530 cuando realmente se materialice nuestro descubrimiento. La máquina que lo hará posible será una invención tuya.

En ese punto sí que me encontré perdido del todo. No entendía cómo ese individuo había podido venir del futuro si yo no había llegado hasta ese tiempo para inventar la máquina. Y si ya la había inventado, ¿qué sentido tenía venir a buscarme? ¿Para qué tanto Guía y tanto querer convencerme de que renaciera en esas trayectorias?

A pesar del tiempo transcurrido, aún sigo tratando de encontrar a alguien capaz de darme una explicación coherente. ¡Quién puñetas inventaría la máquina si yo estaba en otra parte... supongo! Lo cierto es que ya no me llamo Jules Verne. A diferencia de mi amigo Einstein, yo he adoptado otro nombre bien distinto, el de Yuri, como Yuri Alexéievich Gagarin, el primer humano que tuvo el coraje de viajar al espacio exterior.

Escribo la última parte de esta historia sentado en la terraza del Café Central de la calle del Marqués de Larios, una semana después de aquel encuentro con mi amigo. Yo también he venido desde el año 3530. El camarero no es el mismo. No voy a preguntar qué fue de él porque es algo que ya sé. No pienso hablar con nadie. No voy a hacer nada que suponga un riesgo para la trayectoria actual del mundo. Pero, eso sí. Hoy voy a pedir un café con leche doble y un jugoso bocadillo de jamón con aceite, tomate y bien untado de ajo, que ya no padezco del estómago. Y es que, en el futuro de donde ahora vengo, estos manjares hace siglos que ya no se comen. Qué cosas.