Es media mañana. Luce un sol espléndido. Hace ya un par de horas que Leonor —la granjera— ha esparcido unos buenos puñados de maíz por la tierra. Lo hace cada mañana poco después del amanecer, cuando abre la puerta del gallinero y las gallinas salen corriendo, felices, en busca del desayuno. Les pone agua limpia en los bebederos y esparce abundantes hojas verdes y frescas de lechuga. Esto les encanta. La granjera se marcha a sus tareas y deja a las gallinas disfrutando mientras llenan el buche. Lo que no sabe Leonor —la granjera—, es que en su corral de gallinas suceden cosas realmente extraordinarias. Bueno, hay que decir que Leonor conoce los distintos tipos de cacareos de sus gallinas: cuando hay algún peligro; cuando se produce una pequeña trifulca por los últimos granos de maíz; o cuando alguna acaba de poner un huevo. Pero hay cacareos en voz baja que Leonor no percibe. Como siempre está tan atareada con los trabajos de la granja… ¡Ah! Y a todas les tiene puesto nombre.
Como os decía, es media mañana. Adela, de raza Red Star, de plumaje rojizo y muy activa, se acaba de dar cuenta de que su compañera Matilde se encuentra agachada en un rincón del corral. Matilde es de plumaje blanco y brillante. Según se cacarea en el corral, es de origen italiano y pariente de la gallina Azul Andaluza. Es una gran ponedora y los huevos siempre son de color blanco, en cambio los que pone Adela son siempre de color marrón claro. Matilde parece un poco tristona. Después de picotear un rato entre la hierba, se recuesta en la tierra y allí se queda con la mirada perdida.
— Hola, Matilde. ¿Te encuentras bien? ¿Te pasa algo? ¿Estás enferma?— Le cacarea Adela a su compañera.
— No, estoy bien, sólo un poco preocupada.— Le responde con un cacareo melancólico. —Es que hace ya tres días que no pongo huevos y mucho me temo que acabaré sin mis plumas y en una olla.
— ¡Qué disparate! ¡Con lo buena gallina que tú eres! Anda quítate eso de la cabeza y vente conmigo a picotear un poco por ahí. Con la lluvia de anoche está la tierra blandita y seguro que encontramos algo suculento. Además, el gallo Fernando anda estos días tras las nuevas y estaremos más tranquilas. Que está de un pesado últimamente… Esto último arrancó una sonrisa a Matilde y un breve cacareo de aprobación.
— ¡Venga, vamos! —Cacarea Adela con determinación— Mientras picoteamos te voy a cacarear una idea que se me acaba de ocurrir.
— Ya sé que eres una gran ponedora y una mala racha la tiene cualquiera, no te preocupes. A partir de mañana y en días alternos, pondré mi huevo en tu nido. Lo único que tienes que hacer es cacarear muy fuerte por la mañana temprano y ya está. La granjera sabe que no todos los días ponemos huevos, así es que asunto resuelto.
— Pero Adela, hay un importante problema. —Cacarea Matilde— Yo pongo los huevos de color blanco y tú los pones de color marrón claro. La granjera se va a dar cuenta.
— Mira, lo que yo pienso es que a la granjera lo que de verdad le importa es que pongamos huevos, sean del color que sea. De modo que no te inquietes por eso. Ni se dará cuenta. Mientras haya un huevo en el nido todo irá bien.
En eso están Adela y Matilde cuando se les acerca por detrás Luisa, una preciosidad de gallina de la raza Española Cara Blanca. Su plumaje negro brillante contrasta con su rostro completamente blanco. En alguna ocasión le han cacareado que parece una payasa. ¡Qué tontas algunas! ¡Más quisieran! Es muy despierta y espabilada. Gran ponedora, todos los huevos que deposita en su nido son de color blanco.
— Hola chicas. ¿Va todo bien? He visto desde el otro extremo del corral que Matilde parecía un poco triste. ¿Puedo ayudar en algo?— Les cacarea Luisa a las dos amigas.
Adela toma la iniciativa y con breves cacareos la pone al corriente de la situación. Confía en Luisa. En alguna ocasión había demostrado ser una buena compañera de corral.
— A ver, —cacarea Luisa con inteligencia en la mirada.— ¿Dónde está el problema? Yo pongo los huevos blancos, como Matilde, de modo que la mañana que Adela no ponga su huevo de color marrón claro, pondré yo mi huevo de color blanco en el nido de Matilde. De ese modo, todos los días habrá un huevo en su nido, hasta que se le pase el problemilla que tiene. La granjera ni se enterará, y si se da cuenta, seguro que piensa que alguna gallina despistada ha puesto su huevo en otro nido. Ya está, asunto resuelto. Para qué estamos las amigas…
Matilde no sale de su asombro y cacarea un tanto inquieta:
— La idea me parece estupenda pero, por favor, no se lo digamos a ninguna gallina más. En este corral sé que hay muy buenas compañeras. Imaginad que cada una de ellas pone un huevo en mi nido para ayudar, entonces sí que se puede liar una buena.
Adela y Luisa cacarean ruidosamente de la risa. Imaginan la cara de la granjera al ver el nido atiborrado de huevos blancos y marrones. Seguro que se pone a dar saltos de alegría. En ese momento todas las gallina y hasta el gallo Fernando se han vuelto y miran con gran curiosidad a las tres amigas que no paran de reír con sus alegres cacareos.
Es media mañana. Luce un sol espléndido y en el corral reina la alegría.