Relatos

Una bala frustrada

Miguel Segura Martín4 min de lectura

Lope se levantó tarde esa mañana. Era lunes, y una indisposición imprevista le proporcionó el día libre.

Se costeaba los estudios de Filosofía con empleos temporales y de lo más diversos.

Hacía dos meses que había conseguido un puesto en un almacén mayorista de productos agrícolas, como clasificador de frutas y hortalizas para la exportación.

Había que mover las manos con rapidez y precisión: tamaño extra, a la izquierda; tamaño grande, a la derecha; tamaño medio, detrás. Sus ojos se habituaron pronto a moverse vertiginosamente sobre aquella cinta transportadora que no concedía treguas.

Después de ducharse se acomodó sobre el alféizar de la ventana y encendió un cigarrillo. Se abandonó al ajetreo callejero contemplándolo con la viciada actitud de su trabajo. Le bastó una ojeada para darse cuenta de cómo arrastraba la gente la desidia del inicio de semana.

Ocurrió algo entonces que se le antojó insólito y enfocó su atención: en medio de la acera de enfrente y longitudinalmente, se producía una franja, un espacio vacío. En el lado junto a los edificios, algunas personas miraban escaparates o entraban y salían de algún comercio. Por el lado opuesto, junto al bordillo, una hilera de peatones caminaban apresurados y ajenos a cuanto ocurría.

En el claro central, y pulcramente alineados, marchaban en la misma dirección, hacia la izquierda, unos transeúntes distanciados algunos pasos entre sí.

El hombre que caminaba en el extremo de la izquierda, iba acercándose a una valla que aislaba de la acera un edificio en construcción. Sobre esta valla, un gran cartel descolorido anunciaba un western. Era un primer plano de un rostro enorme guiñando el ojo izquierdo mientras apuntaba hacia el frente, amenazante, con un temible Colt 45.

Detrás le seguía una mujer empujando ensimismada un cochecito de bebé.

Tras la mujer, una pareja de adolescentes iniciaba un abrazo, deteniéndose momentáneamente.

A pocos pasos, un hombre de pelo gris, con abrigo oscuro y bufanda, caminaba mirando hacia el suelo con las manos hundidas en los bolsillos.

En el extremo derecho de esta alineación, otro hombre acortaba distancia con el del abrigo oscuro y bufanda, dando zancadas nerviosas y su mano derecha hundida en el bolsillo de la cazadora de cuero.

Lo que Lope contempló entonces ocurrió en el tiempo que dura un parpadeo, una instantánea en el diafragma de una cámara fotográfica:

El hombre de la cazadora de cuero sacó la mano del bolsillo, apuntó con una pistola a la cabeza del hombre del pelo gris, abrigo oscuro y bufanda y disparó.

En el instante mismo de la detonación, Lope sintió estar contemplando la más angustiosa y magnífica de las sincronías. Creyó gravitar fuera de su cuerpo:

El hombre que caminaba en el extremo de la izquierda se agachó junto a la valla para anudar el cordón de uno de sus zapatos.

La mujer que empujaba el cochecito de bebé se inclinó sobre el mismo.

La pareja de adolescentes que se abrazaba reanudaba la marcha al percatarse de que interrumpían el paso del hombre del pelo gris, abrigo oscuro y bufanda, que en ese momento, ¡justo en ese momento!, se ladeaba para esquivarles.

La acera se transformó en caos. Gritos, carreras, gente que se tiraba al suelo o se refugiaba en los comercios.

El hombre de la cazadora de cuero huía, derribando transeúntes en su escapada.

Lope se percató de que no respiraba. Le latía desbocado el corazón. Sin pensarlo dos veces tomó la chaqueta y se zambulló en la calle.

Cuando llegó, la multitud ya invadía la acera formando enjambres compactos.

Rodeados por un grupo, a su derecha, el joven abrazaba a su novia que lloraba inconsolable. El muchacho contaba a los curiosos cómo habían oído el silbido del proyectil entre sus cabezas.

En la aglomeración de la parte central de la acera, la mujer del cochecito apretaba a su bebé contra el pecho tratando de sofocar un brote de histeria. En algún momento dijo entre sollozos que “algo” había silbado sobre su cabeza cuando se inclinaba sobre el niño, porque éste había roto en llanto.

Lope se aproximó a la piña humana que se agolpaba junto a la valla. Un hombre calvo, con gafas redondas y una patética sonrisa de alivio en la palidez de su rostro, narraba cómo se había sentido descompensado por llevar un zapato más apretado que el otro y que, al agacharse, un fuerte silbido le ensordeció momentáneamente el oído derecho.

Lope buscó entre la multitud al hombre del pelo gris, abrigo oscuro y bufanda, pero no le vio por ninguna parte. Instintivamente se volvió hacia su izquierda. En la boca del cañón del Colt 45 había un agujero con forma estrellada. Trató de imaginar qué aspecto tendría la bala dentro de aquel ladrillo.

Entró en una cafetería próxima y pidió un brandy caliente. Varias sirenas se acercaban al lugar de los hechos.

Mientras movía la copa en círculos agitando el contenido, se preguntaba qué sentiría aquel pedazo de plomo al chocar con algo tan sólido como él mismo, si es que en alguno de sus átomos había algún atisbo de entendimiento.

Apuró el brandy y salió a la calle sabiéndose con el privilegio de haber sido el único testigo de tan extraordinario suceso.