Relatos

Un traje para Tomás

Miguel Segura Martín35 min de lectura

Tomás ya no acostumbra, desde hace algún tiempo, a empezar el día con buen talante. Se despierta mascullando palabras ininteligibles hacia sus adentros, como si sus dientes fueran los barrotes de una celda que impiden salir las palabras convictas. Mejor así. Escuchar sus exabruptos a tan temprana hora no debe ser bueno para el espíritu de nadie, ni siquiera para el suyo propio. Además, desde que leyó la columna de aquel profesor insólito, de filosofía con pretensiones de espiritualidad vanguardista, se guarda mucho de poner en palabras lo que piensa o desea: “... y todo aquello que decimos en voz alta el Cielo lo escucha y genera una cadena interminable de consecuencias”.

Esta sentencia, en su día, le generó de inmediato un pavor íntimo a hacer manifestaciones de cualquier tipo en voz alta. Desde ese momento reflexiona hasta la extenuación sobre lo que va a decir, a tal punto que, cuando se decide a hablar, ya no recuerda lo que iba a exponer, —salvo algunas ocurrencias bufonas que le brotan de tarde en tarde—. Cuando despierta por la mañana se sienta en el borde de la cama y lleva a cabo el ritual de rascarse por todas partes. A continuación se estira con contorsiones inverosímiles al tiempo que brama con bostezo de bocina de transatlántico. Se contempla en la luna del armario que tiene justo en frente y da rienda suelta a la porción de piedad que en cada despertar se dedica a sí mismo. En este punto se hace todos los días la promesa de cambiar, de intentar mejorar sus hábitos y su actitud perniciosa. No es que Tomás sea una persona entregada a la maldad o a algún tipo de exceso. Tanto tiempo viviendo solo le ha hecho perder un poco la perspectiva y gasta sus días bajo la presión de una rutina que hace tiempo que aborrece, pero que no tiene el coraje de afrontar.

Progresivamente, ha ido descuidando su aspecto. Ha adelgazado de manera preocupante. Se viste con prendas un tanto arrugadas y algún que otro lamparón. Se ha vuelto más callado y hosco, y la relación con los compañeros y compañeras del trabajo hace ya una temporada que se viene resquebrajando. Cada día le cuesta más acudir a la oficina, y el buenos días que pronuncia al llegar, a menudo se parece a un susurro. Si no fuera porque es un informático de alto nivel, ya le habrían dado algún aviso. Simplemente han concluido considerar que tanta programación y tanto internet le están convirtiendo en un excéntrico del teclado.

Los fines de semana, lejos de celebrarlos como tiempo de merecido descanso, se han ido convirtiendo en una pesadilla recurrente que le impide conciliar el sueño. No digamos ya la llegada de un puente, que no se toma, porque prefiere el arropamiento protector de la oficina a la desolación que le infunde su apartamento.

Pero este lunes algo distinto ha empezado a gestarse. Tomás siente que ciertas luces se han encendido en su jurisdicción interna; que ciertas alarmas se han activado. Que algo se salga de su rutina le genera inquietud, le pone en guardia, hasta que se cerciora de que nada tiene que temer. Este lunes, sin embargo, las alarmas, lejos de provocarle desasosiego, le están generando un extraño cosquilleo afable en alguna parte de su cerebro. ¿Será la ocasión que estaba esperando?, se pregunta. Comprueba con asombro que no siente temor al porvenir. Y es que uno de sus compañeros le ha entregado una invitación para asistir a su boda. Observa la tarjeta con la cabeza puesta en otra cosa y se la guarda en el bolsillo trasero del vaquero. No se lo esperaba, de hecho, no sabía que tuviera intención de casarse. Hace ya algún tiempo que no presta atención a las cosas que se comentan en el despacho. Siempre está rumiando acerca de sus asuntos y el entorno es como si hubiera dejado de tener que ver con él. No obstante, le resultó fácil transmitirle la enhorabuena y el agradecimiento por la invitación. Esto también le activa sus alarmas de manera positiva. Siente generarse una insólita actividad empática en su cerebro. De alguna manera que en ese momento no consigue explicar percibe cómo germina una sutil sensación placentera en sus adentros. Termina la jornada y se despide de todos con un sonoro ¡hasta mañana! y claro, hay quienes se vuelven para contemplar el prodigio y le devuelven el saludo con gesto de asombro. Ya en la calle decide no tomar el autobús. Hoy irá caminando, tiene mucho en que pensar.

Camina despacio y cambia de acera una y otra vez cuando transcurre un tramo con demasiados transeúntes. Quiere el camino despejado. Necesita meditar sin tener que estar sorteando viandantes. El trayecto hasta su apartamento es algo dilatado. Precisa tomarse todo el tiempo del mundo. Aunque faltan dos semanas para la boda, necesita sentir la seguridad de que no se deja atrás ningún detalle, empezando por descubrir qué detalles son esos que ha de tener en cuenta. Jamás ha asistido a boda alguna. Sabe que hay que hacer un regalo y que se debe acudir lo más acicalado posible. Fuera de esto no se le ocurre nada más. Pero va a esforzarse, seguro que hay más cosas a tener en cuenta y él las va a averiguar.

Decide empezar por el atuendo. En alguna parte cree haber oído que lo que ahora se lleva es el traje a rayas, con blusa de estampado hawaiano y corbata ancha de color llamativo, (lo que viene a ser un cromo, piensa para sí). Pese a que la imagen choca frontalmente con sus gustos en el vestir, más bien prácticos, resuelve que hará lo que sea menester para estar a la altura de ese casamiento. Tiene la certeza de que no va a defraudar a nadie. Además, nada de trajes de grandes almacenes. Luciría impecable en esa boda, por tanto habrían de hacérselo a medida. De pronto recuerda que una mañana, en el despacho, oyó comentar a Luis (el novio) alguna cosa acerca de un sastre, un tal Francisco Mayer, pero de ningún modo prestó atención al resto de la conversación, por lo que no supo en ese momento lo de la ceremonia, y una singularidad contenida en la tarjeta de invitación. Decide tirar de esa hebra y localizar al sastre en cuestión, por internet. El sábado puede ser un buen día. De pronto, otra alarma, ¿los sastres trabajan en sábado?, y esta duda le hace concluir que tendrá que llamar antes por teléfono. Le darán cita, es lo más lógico. Ir para nada sería tirar el tiempo y eso, en estos momentos, es algo que no se puede permitir. Su cabeza es como una túrmix que acaba de ser conectada.

Justo en ese momento, a bastante distancia de donde transita Tomás, en el centro histórico de la ciudad, está teniendo lugar un desafortunado suceso. Un incendio en el número 26 de la calle San Juan, en la primera planta de un edificio de corte modernista. Tomás aún no lo sabe, pero este incidente le va a producir un cierto quebradero de cabeza. Continúa su caminata hacia el apartamento pensando en el traje a rayas. Son casi las cuatro de la tarde y el sol desciende a plomo, está sudando, y entonces cae en la cuenta de que casi es verano. Por tanto, la tela tendrá que ser fina y fresca. No consigue imaginarse a sí mismo con un traje a rayas, y con corbata, en pleno calor y rodeado por una multitud de invitados. No entiende nada de esas cosas, pero está convencido de que para esos eventos la gente se pone lo que haga falta con tal de estar a la altura, haga o no calor. Para él eso no va a suponer problema alguno. Está decidido, será un traje a rayas confeccionado con algún tejido fresquito que el sastre le recomendará, para eso es sastre, el experto en estas cuestiones. Lo dejará en sus manos, no hay más que hablar.

Una vez en el apartamento, sobre el mueblecito de la entrada, suelta las llaves, el móvil y la invitación de boda, que apoya de pie junto a una pequeña reproducción de la Venus de Milo en marmolina, y decide cambiarse de ropa para estar más cómodo. Nunca lo hace, y este gesto le sorprende sobremanera. “¿Tendrá algo que ver el ensimismamiento que ha experimentado durante el camino a casa, las cavilaciones sobre el traje, su manera de vestir...?”, le dice la voz interior en su charla íntima. Lo único que sabe en ese momento es que ha sentido la necesidad de preservar la ropa para ir a trabajar y ponerse algo de andar por casa. Acata la decisión sin titubeos, como si fuera una imposición hecha desde el más allá por dioses que ahora se preocupan por él, y eso le suscita buen humor. Hasta le ha abierto el apetito. Ya en la cocina, dispone sobre una bandeja el resto de ensaladilla rusa que compró el día anterior en un local de comida para llevar, pan, también del día anterior, con la botella de agua, y se traslada al saloncito, donde está la televisión. En la cadena local, donde dan noticias las 24 horas del día, están repitiendo una última hora con imágenes sofocantes: “Esta tarde, en torno a las quince horas, se ha producido un aparatoso incendio en la planta primera del número 26 de la calle San Juan, en el centro histórico de la ciudad, que los bomberos han sofocado rápidamente. No ha habido que lamentar desgracias personales. Sólo ha trascendido que se trata de una sastrería importante*”.* Al oír Tomás la palabra sastrería deja de masticar y aguza el oído por si comentan algo más. Un amargo presentimiento se le instala en la boca del estómago y deja de comer. Con un sorbo de agua traga lo que tiene en la boca y lleva la bandeja a la cocina. De vuelta en el saloncito abre el portátil y se conecta a internet. Introduce en el buscador las palabras Sastrería Francisco Mayer. De inmediato aparecen varias entradas relacionadas con la búsqueda. Decide empezar por la primera. Al leer y comprobar la dirección de la sastrería, no puede reprimir una cadena de exclamaciones:

“¡Lo sabía!, ¡Lo sabía! ¿¡Por qué tengo esta mala suerte!? ¡Para una vez que me quiero hacer un traje echa a arder la sastrería! ¿¡Qué será lo siguiente?! ¡Es que no me lo puedo creer!¡Vaya suerte la mía!”.

Abatido, en el sofá, masculla improperios para sus adentros y concluye que ya no podrá llamar a esa sastrería para pedir cita. Tendrá que hacer otra búsqueda, pero será en otro momento, ahora mismo se siente incapaz. Recuerda, de pronto, que mañana es sábado y es el día clave para este asunto. “Lo haré dentro de un rato”, se dice murmurando.

De nuevo ante el buscador: Sastrerías locales-Centro Histórico. Hay unas cuantas, entre ellas, cómo no, la ardiente Sastrería Francisco Mayer. Llama su atención una con un nombre bastante singular, Sastrería el Loro con Levita. Decide llamar. Mientras descuelgan al otro lado, especula con la idea de que tal vez se trate de un sastre originario de algún país exótico. En un impecable castellano, responde una voz masculina y amable.

— Buenas tardes. Sastrería El Loro con Levita. ¿En qué puedo ayudarle?

Tomás se sorprende. Esperaba un acento latino americano o quizá caribeño, tal vez cubano. Se siente ligeramente decepcionado. Quizá haya sido un error haber llamado. Pero es tarde para recular y responde:

— Buenas tardes. Estoy interesado en un traje a medida y, dada las circunstancias, deseo que me de cita.

— Con mucho gusto, pero, ¿puedo preguntar al señor qué circunstancias son esas a las que alude?

Tomás se queda en blanco. Habituado como está a dialogar sólo consigo mismo, se ve obligado a buscar una respuesta coherente y pone a sus neuronas a trabajar febrilmente.

— Pues... la sastrería a la que iba a llamar resulta que se ha incendiado, y como hoy es sábado... Y me corre un poco de prisa...

— Entiendo. Supongo que se refiere a la sastrería de don Francisco. Una pena. Y un gran sastre, mejorando lo presente.

Tomás se queda atónito: ¿Mejorando lo presente? Los únicos presentes son él mismo y el hombre con el que está hablando, y él no es sastre. Su interlocutor empieza a parecerle un tanto presuntuoso, pero decide seguir adelante. A ver en qué acaba esto.

— En cuanto a lo del sábado, le puedo dar cita para mañana sábado a las diez de la mañana, si le viene bien. Soy el único que trabaja en esta sastrería y, hasta los domingos estoy aquí, no me puedo permitir un retraso en los encargos ¿me comprende?

— Sí, claro, es bueno saberlo, yo también suelo estar disponible los domingos. Se lo comento por si acaso.

— Verá, señor, lo que intento decirle es que trabajo en domingos pero... no atiendo en domingos, eso me retrasaría el trabajo. ¿Lo entiende ahora?

— ¡Ah! Desde luego. Creo que ha sido un malentendido por mi parte. Entonces de acuerdo. Mañana sábado a las diez. Buenas tardes.

— Si, si, quedamos a las diez. Buenas tardes. ¡Ah! ¿Me haría un pequeño favor? ¿Podría traer consigo una bolsa de pipas de girasol sin sal, de las grandes? Se la pagaré cuando llegue. Muchísimas gracias. Adiós.

¿Pipas de girasol, sin sal, bolsa grande? Esto no puede estar pasando. ¿Tanto trabaja este señor que no puede ni salir a comprarse una bolsa de pipas? Esto es raro, raro, raro’.

Tomás se siente entonces tentado de llamar a otra sastrería. Hay unas cuantas más. Pero se ha comprometido. Por otra parte, el trato dispensado a su persona por teléfono ha sido tan cordial, tan familiar, como si conociese al sastre desde siempre. Sí, esa es la sensación que le ha quedado tras colgar. “No hay de qué preocuparse se dice— se trata de un simple traje, tres ratos mal contados, como quien dice. Tampoco hace falta que sea un gurú de la costura o un faquir de los alfileres”. Esto último lo deja sumido en una profunda meditación. Que en la misma frase aparezcan juntas las palabras faquir y alfileres le parece bastante singular. Y por ese vericueto se pierde durante un rato haciendo vagas especulaciones acerca de sus ocurrencias. Aprovechando que tiene por delante el portátil, se sumerge en la búsqueda de trajes a rayas y tipos de tejidos. Todo cuanto encuentra le resulta repetitivo. Tampoco hay mucho que decir ni saber acerca de este asunto. Apaga el ordenador. Definitivamente se pondrá en manos del sastre. Decide salir a dar un paseo y de camino comprar algo para la cena; y la bolsa de pipas que el sastre le encargó.

Al día siguiente, es decir el sábado de la cita, se pone en marcha. Poco antes de las diez, ya está Tomás ante la puerta de la sastrería El Loro con Levita. Junto a la puerta sobresale de la pared un cartel artístico de aspecto medieval de metal envejecido, que tiene la silueta de un loro vestido con un atuendo que Tomás interpreta en seguida podría ser una levita. Debajo del loro está el nombre de la sastrería.

Le abre la puerta un hombre de estatura mediana y un tanto orondo y sonriente. Le extiende la mano a Tomás:

— ¡Ah! Usted debe ser el señor del traje con el que hablé ayer por la tarde. Mi nombre es Gumersindo, y no he caído de un guindo.

Viendo el asombro en los ojos de Tomás, le aclara:

— Discúlpeme, es que soy muy aficionado a la poesía y al chascarrillo y no pierdo ocasión alguna para hacer un ripio. Hay que tomarse la vida con cierto humor, ¿no le parece?

— Pues yo me llamo Tomás y una vez y no más. Responde Tomás con cierto desparpajo queriendo estar a la altura de su interlocutor. Ambos ríen la gracia mientras pasan al interior. Una vez en el taller del sastre, Tomás percibe que la temperatura es algo más fresca. El sastre se da cuenta y le explica:

— Ya empieza a hacer calor, de ahí el aire acondicionado. He de mantener las telas bajo cierto frescor, pues los tejidos languidecen con estas temperaturas. Espero que no le resulte molesto.

— No. No se preocupe, está bien así. No tenía ni idea de que las telas languidecieran por este motivo. Imagínese las de la sastrería que se ha incendiado.

— Ya lo creo que me lo puedo imaginar. Una auténtica pesadilla, una catástrofe mundial. Don Francisco trabaja con muchas clases de tejidos, y muy costosos. Pero, dejemos las desgracias por el momento y vamos a lo que vamos. Quería usted un traje a rayas ¿no es así? Y veo que se ha acordado de las pipas. Estupendo. Muy agradecido. Valderrama se va a poner muy contento. Venga, le voy a presentar a mi compañero.

— Un momento, don Gumersindo, pero todavía no le he dicho nada de las rayas. ¿Cómo sabe que...?

— Nada de don Gumersindo. Todo el mundo me llama señor Gumer. Lo de las rayas... pues no sé decirle... probablemente sea la intuición. Tantos años en el oficio... Me pasa a menudo, que antes de que el cliente diga esta boca es mía, ya sé lo que quiere. ¿Curioso, no? Pero venga a conocer a Valderrama.

Tomás tiene ante sí a una criatura de plumaje verde intenso y brillante con una mancha amarilla en la frente haciendo equilibrio sobre una barra de madera que sale horizontal de la pared, y bajo éste, a muy poca distancia, una amplia bandeja de plata o algo así sobre un fino pedestal de madera que se eleva desde el suelo. La bandeja está limpia, aunque parece ser que en los últimos minutos Valderrama ha depositado algún que otro excedente intestinal. El olor le resulta algo desagradable. Al momento se percata de la indumentaria con la que viste el ave: una levita de terciopelo azul marino con las mangas abiertas longitudinalmente para que pueda agitar sus alas. Tomás se siente como en otra dimensión. No entiende de loros, pero tiene la sensación de que este en concreto debe tener sus añitos. El sastre le observa con curiosidad. Parece que sabe lo que piensa:

— Si, ya es viejito. Debe rondar los cincuenta y ocho años. Conmigo lleva veinticinco. Y siempre ha estado así, sin rejas ni ataduras. ¡Valderrama, saluda al señor!

Con su voz gangosa, clara y bien articulada, el loro saluda:

— ¡Bueenos díías, Toomás!

Nuestro personaje da un respingo y permanece paralizado, con la boca abierta.

— Sabe mi nombre. Pero cómo es posible. ¡Ah! Usted se lo ha enseñado antes de que yo llegara, ¿verdad?, ya decía yo.

— No, en absoluto. Es que el muy tunante nos ha escuchado mientras nos presentábamos en la entrada. Es muy, muy listo, ya le irá conociendo.

— Oiga, y lo de Valderrama, ¿es por el cantante?

— El nombre ya lo tenía cuando me lo regalaron. Es de un pueblito de la Amazonia peruana, Nahua, donde se detuvo unos días la expedición en la que yo participaba. Al parecer le caí bien al animal y decidieron, por unanimidad, regalármelo. Ni se imagina la burocracia que tuve que afrontar hasta llegar aquí. Toda una odisea. El nombre es de origen español, aunque los nativos no supieron darme más detalles. Come casi de todo, pero su gran pasión son las pipas de girasol. He conseguido que aquí sea feliz y a mí me hace mucha compañía.

Tomás empieza a sentirse cómodo en aquel entorno, y de buen humor. El sastre va derecho al grano:

— Muy bien, amigo mío, hablemos de ese traje que usted necesita.

— Pues verá, había pensado en que me hiciera un traje de mil rayas, —responde Tomás con cierta guasa.

El señor Gumer le mira detenidamente de arriba abajo, escaneando su evidente delgadez y le contesta con ojillos de astucia:

— Amigo Tomás. A decir verdad, podría usted hacerse mil trajes con cada raya. Disculpe mi atrevimiento.

Los dos ríen de buena gana. Valderrama lo celebra saltando sobre el reposadero reclamando sus pipas:

— ¡Miil raayas!... ¡Miil raayas!...¡Dááme piipas!... ¡Dááme piipas!

El señor Gumer toma del brazo a Tomás y le conduce a la sala contigua, donde se encuentra el taller. Coge el metro de hule y se lo cuelga rodeando el cuello. Dispone una libreta abierta con la hoja en blanco, sobre la mesa, y un lápiz escrupulosamente afilado. En la línea superior anota el nombre de Tomás. En lugar de apellido, escribe entre paréntesis (mil rayas). Acto seguido comienza la agrimensura de la superficie corporal de nuestro amigo, que, dócilmente, acata las instrucciones del señor Gumer, dejándose manipular y medir cada porción de su anatomía que precisa el sastre para su proyecto. Acabada la toma de medidas se trasladan a otra habitación anexa, donde están los muestrarios de los tejidos y telas de distinta clase plegadas en tablas de madera apiladas sobre una mesa de madera muy pulcra y bruñida. Se percibe enseguida que este hombre cuida con absoluto esmero el género con el que trabaja. De una de las pilas extrae un rollo plegado y extiende una generosa porción sobre la mesa. Es un tejido de lino, con el fondo azul pálido y rayas blancas muy llamativas por la anchura y algo separadas. El sastre le muestra la tela a Tomás:

— Amigo mío, aquí tenemos un tejido fashion con raya diplomática, absolutamente apropiado para un traje de corte italiano. Confíe en mi criterio. Lucirá como un dandi, lo que viene a ser, hecho un pincel. Hablamos de la estética de los 80, que en estos tiempos vuelve a estar de rabiosa actualidad. No le va a conocer ni su santa madre, si me permite el comentario.

Tomás se queda mirando la tela con los ojos muy abiertos. No hay modo de saber lo que pasa por su cabeza en ese preciso instante, ni siquiera el sastre se atreve a romper el silencio. Tras unos minutos de intensa cavilación Tomás pregunta:

— Señor Gumer, ¿no cree usted que me pueden confundir con un presidiario, como los de antes? Es que con esas rayas tan gordas, no sé... no me veo yo...

— ¡Qué disparate querido! Tiene usted cada ocurrencia. Cuando aparezca en la ceremonia le van a confundir con el novio. Va a triunfar, se lo garantizo. Muy rara vez me he equivocado a la hora de elegir un tejido para un traje. Lo que suele vestir casi todo el mundo es soso, aburrido, monótono. Créame, para una vez que surge un acontecimiento tan especial, romper moldes es lo mejor que se puede hacer. Ya lo verá. Se acordará del señor Gumer durante mucho tiempo.

Dos salas más allá, Valderrama repite su reivindicación:

— ¡Seeñor Guumer!... ¡Seeñor Guumer!... ¡Dááme piipas!... ¡Dááme piipas!’

— ¡Ay, Señor! ¡Qué despiste! Me he olvidado del pobre Valderrama. ¡Vooy enseguidaa!— exclama el sastre mientras se dirigen hacia donde está el animal. Una vez llenado el cuenco de madera con una buena ración de semillas, regresan al taller. El señor Gumer observa en silencio a Tomás esperando una respuesta acerca de la elección del tejido.

— Muy bien, de acuerdo, me pongo en sus manos. Usted es el entendido, el maestro.— Concluye Tomás ligeramente inseguro, y añade en voz baja —que el cielo se apiade de mí.

Con una sonrisa de lo más afable, el sastre se reafirma en su convicción:

— Vamos, amigo, alegre ese espíritu. Como ya le he dicho, lucirá como un sol de mediodía. Más quisieran los de Chicago.

Esto último deja un tanto perplejo a Tomás. Piensa enseguida, que al ser alguien tan viajado, ha recordado alguna cosa acerca de esa ciudad. Mejor no preguntar. Una vez tratado el asunto del precio, entrega una cantidad a cuenta y se dispone a marcharse. Don Gumer le retiene un momento:

— Dentro de unos días le llamaré para la prueba. Si todo sale bien tendrá su traje a punto para esa boda. El sábado le venía bien, ¿verdad?’

De camino a casa, la cabeza de Tomás es como un hormiguero en plena efervescencia. Las palabras, las imágenes, las dudas, el sastre y su loro, todo se mueve en todas direcciones sin que encuentre el modo de poner orden. Una idea destaca sobre todas las demás: Chicago. Eso le genera una inquietud que no acierta a comprender.

Los domingos, por lo general, Tomás se levanta tarde y no porque haya trasnochado. Se dedica a dormitar ociosamente en la silenciosa penumbra de su habitación. Sin compromisos que atender, sin prisas por ir a parte alguna. Se abandona a los cambios placenteros de postura, y si acaba de tener algún sueño con recuerdo, lo recrea hasta lo imposible haciendo versiones y giros que ya quisieran algunos cineastas para sus películas. Y con esto se entretiene hasta que el gusanillo de su estómago reclama la taza de café y la tostada. Pero antes de este placentero ritual ha tenido que ir al baño, porque tantas horas de cama no hay vejiga que lo resista. Cuando afronta el espejo, la realidad que contempla es como una enérgica sacudida: el loco alboroto de sus cabellos; los párpados a media asta; la barba incipiente con los pómulos ligeramente hundidos le devuelven una indigencia que no considera suya. Protesta, se enfada con el reflejo y se promete —por enésima vez— que pronto todo eso va a cambiar. Con el ánimo desinflado va a la cocina a preparar el desayuno. No falla. Nunca falla el aroma del café cuando destapa el bote para rellenar la cafetera. No digamos cuando comienza a infusionar y la cocina se transforma en paraíso caribeño. Cuando se le une el efluvio del pan tostado, Tomás recupera el ser y se olvida por completo de promesas y propósitos. Tras la ducha, el resto del domingo transcurre como si el mundo hubiese dejado de existir.

La semana acontece con apariencia de normalidad. La rutina ante el ordenador le absorbe como si teletrabajara desde una isla remota, contemplando el mar. No obstante, el recuerdo del traje que le están confeccionando le provoca pequeñas interrupciones que Tomás aprovecha para mirar de soslayo —y sin ser visto— a su compañero Luis (el novio), ocasionándole la imaginación una sucesión de imágenes en las que se ve a sí mismo luciendo su nuevo traje a rayas de estilo italiano y causando auténtica sensación entre todos los asistentes a la boda. Aprovechando una ausencia momentánea del jefe del departamento, algunos compañeros y compañeras se han congregado en torno a Luis (el novio) y ríen a carcajadas mientras disertan algo acerca de la tarjeta de invitación. Tomás no consigue descifrar los comentarios, aunque tampoco le mueve interés alguno. Su afán está centrado en la boda. La gente del departamento la siente lejana y ajena, salvo Luis (el novio), claro está.

El viernes por la tarde recibe la llamada del sastre y conciertan la cita para el día siguiente, sábado, a las diez de la mañana. El sastre vuelve a pedirle el favor con otra bolsa de pipas, cosa que Tomás acepta de buen grado.

— Buenos días, señor Gumer, aquí me tiene, listo para la prueba.

— Amigo Tomás, buenos días tenga usted también. ¡Ah! Se acordó de las pipas. Muchísimas gracias. Valderrama se va a poner muy contento. Pase, pase.

Antes de nada se dirigen a la salita donde está el loro y el sastre toma el cuenco de madera para depositar una buena ración:

— Mira, Valderrama, lo que te ha traído nuestro buen amigo. ¿Qué se dice?

— ¡Graacias, Toomás! ¡Dááme pipas! ¡Dááme pipas!’

— De nada amiguito, —responde Tomás como si ya fueran conocidos de siempre.

Una vez en el taller, el sastre se le queda mirando con la mano sujetando el mentón. Tomás lleva sus vaqueros de diario y una camiseta blanca. Se queda muy quieto esperando cualquier reacción del señor Gumer. No tiene ni idea sobre qué está cavilando.

— Vaya, con esa camiseta será difícil ver el efecto del traje en su persona, lo apropiado sería una camisa. Bueno, no importa, como se trata de una prueba lo haremos así por esta vez. Pero para la demostración concluyente, hágame el favor de traer una camisa. Quiero ver su cara de satisfacción con el resultado final.

La prueba resulta todo lo exitosa que cabía esperar. Con camiseta y todo, Tomás se contempla en el espejo y se asombra y admira con la elegancia que muestra su reflejo y descubre cómo abandona el mundo secreto en el que parecía esconderse para mostrarse ante el universo. Si, se ve elegante, magnífico, pero la imagen le recuerda vagamente a algo que en ese momento no acierta a descifrar, y eso le despierta nuevamente la inquietud, otra más. Tras despedirse del señor Gumer, ya en la calle, repara en el asunto de la camisa. El sastre no le ha hecho recomendación alguna y él sigue teniendo en su cabeza la idea de la camisa hawaiana, de modo que se encamina hacia el centro, a buscar su camisa en alguna tienda de ropa de esas que venden prendas de corte juvenil. Allí encontrará también la corbata. Entonces cae en la cuenta que los zapatos que tiene en casa no se ajustan nada a la impecabilidad de su nuevo traje. “Pues nada, también buscaré unos zapatos que estén a la altura”, concluye con decisión.

No le cuesta nada encontrar las prendas que lleva en mente. Se siente afortunado de no tener que peregrinar de tienda en tienda, eso es algo que le fastidia sobremanera. Ha encontrado su camisa exótica, la corbata, y con los zapatos culmina una compra sublime. Son en blanco y negro, modelo Oxford, para baile, con ribetes y perforados en la puntera. En la zapatería han festejado su buen gusto y le han pronosticado un éxito sin parangón. Tomás se siente feliz, tanto, que decide volver a casa andando. Cerca del apartamento, en el local de comida para llevar, decide comprar el pan, un envase grande de ensaladilla rusa y un par de latas de cerveza sin alcohol. No le gusta mucho la cerveza, pero un día es un día.

Después de un almuerzo un tanto excesivo —al que no está acostumbrado— se nota pesado y se recuesta en el sofá a todo lo largo para ver un rato las noticias. El sueño no tarda ni tres minutos en apoderarse de su consciencia. Simultáneamente, en el informativo, la voz de la presentadora va desgranando la intervención de la policía y la redada en un edificio de las afueras y la detención de varios individuos todos ellos muy trajeados. La noticia penetra en el cerebro de Tomás y construye su propia versión de los hechos en forma de turbadora ficción.

Son las once de la mañana en el reloj de pared del vestíbulo. Se encuentra en la cola ante el mostrador de la entidad bancaria. Va a pagar el recibo del alquiler de su apartamento. Sólo tiene a tres personas delante. Terminará pronto, piensa. Justo en el momento en que llega su turno, la puerta de entrada se abre con estrépito haciendo que todos se giren. Irrumpen tres individuos con trajes a rayas, zapatos blancos y negros muy lustrados y una media de seda desfigurando sus facciones. Sus manos empuñan sendas pistolas, y con furiosos gritos de ‘¡esto es un atraco!, ¡todos al suelo!’, se distribuyen por la sala con evidente intención de dominar la situación. Tomás se sienta en el suelo y comienza a sudar copiosamente. Está muerto de miedo. Piensa, aterrorizado, que no saldrá de allí. Pero, antes de que nadie consiga reaccionar, ya han metido unos buenos fajos en una bolsa y salen por donde entraron de manera fulgurante.

En la retina de Tomás ha quedado la imagen de los trajes a rayas y los zapatos, y se pregunta a sí mismo a qué le recuerda todo eso. Todavía tiene en su mano el dinero con el que iba a pagar el alquiler. ‘¡Menos mal!’, avienta, pero no encuentra respuesta a su pregunta.

Despierta empapado en sudor, siente calor. Su apartamento es fresco y ningún verano ha precisado de refrigeración, ni siquiera un simple ventilador, pero siente tanto calor como si hubiese llegado de repente el mes de agosto a la salita. Se asoma a la ventana. Siente alivio con la brisa ligeramente cálida de la calle. Concluye que ha comido en exceso y decide hacerse una infusión de manzanilla. De vuelta al sofá, reflexiona acerca del sueño, la angustiosa pesadilla donde los trajes a rayas y los zapatos parecían ser los verdaderos protagonistas. “Algo no va bien —musita— tengo un extraño presentimiento”. Desde el sofá puede ver la invitación de boda apoyada contra la Venus de marmolina. Pero su limitada intuición del momento, no le apremia a levantarse y examinar la tarjeta con detenimiento. Cuando se la entregó Luis (el novio), simplemente se la guardó, sin más.

Y por fin llega el día tan esperado, la hora de la verdad. Es el sábado, justo el día de la boda, que se celebrará por la tarde. Son nuevamente las diez cuando Tomás llama a la puerta del sastre. Tras el saludo pasan directamente al taller. El señor Gumer se asombra al comprobar que Tomás trae consigo dos bolsas grandes de pipas sin sal. En la última visita no le hizo el encargo, pero se muestra muy agradecido por el detalle.

— Estas son un regalo para Valderrama, si me permite. Para que tenga un bonito recuerdo de mi persona —se justifica Tomás.

— Desde luego, amigo mío, muchas gracias, y ya le adelanto que puede usted venir a visitarnos cuando le plazca. Siempre será bienvenido— agradece el sastre.

En esta ocasión lleva puesta Tomás su camisa hawaiana y una corbata ancha y roja. Los zapatos ha preferido no usarlos hasta el momento de la ceremonia, no sea que los ensucie o los arañe. Una vez vestido con su flamante traje a rayas, la camisa y la corbata, el señor Gumer retrocede unos pasos y se le queda mirando, calculando el resultado de tan singular estampa. No está en absoluto de acuerdo con el argumento que tiene ante sí, pero opta por una franca sonrisa mientras levanta el pulgar en señal de aprobación. “Se le ve tan feliz...quién soy yo para estropearle el momento”, reflexiona para sus adentros. Tomás se adentra en la salita contigua para despedirse de Valderrama:

— Adiós, amigo, que disfrutes con tus pipas, ya nos veremos.

El animal, muy atento a las palabras de Tomás, inclinando la cabeza alternadamente a un lado y al otro, y agitando las alas con cierto desasosiego le responde de inmediato:

— Graacias Toomás... Graacias... ¿Tiieenes piistola?... Sooy buueno... sooy buueno...

Tomás mira al señor Gumer con dos grandes signos de interrogación en las pupilas queriendo saber el significado de aquellas exclamaciones.

— ¡Bah! No le haga caso. Es un bromista. Supongo que tantos años de convivencia han hecho que se contagie de mis inclinaciones chistosas.

Tomás no queda convencido del todo con ese argumento, y nuevamente aparece la sensación (reiterativa) de que “algo” sigue sin cuadrar. Pero como hoy está de buen humor, estrecha la mano del sastre muy agradecido. Empaquetado el traje cuidadosamente y abonada la parte que falta de la factura, sale a la calle con su traje bajo el brazo. Mientras se dirige hacia el apartamento recuerda el comentario aislado entre la gente del despacho en relación a la hora y el lugar de la ceremonia: “Será a las cinco de la tarde, en un chalet de las afueras, donde viven los padres de la novia”. La dirección debe estar en la tarjeta. Todo perfecto. Tomaré un taxi y llegaré puntualmente con mi impecable traje y el regalo para los novios. “¡¡¿Regalooo?!! ¡Seré despistado! ¡Pero si no lo he comprado todavía!” Recuerda, un tanto aliviado, que en el trayecto hasta el apartamento hay un bazar indio. Le vienen a la memoria imágenes de objetos en los escaparates que en su momento les parecieron atractivos. “Ni dos mil palabras más. Seguro que ahí encuentro algo que esté a la altura”. Concluye reconfortado.

Ante uno de los escaparates desliza la vista entre los múltiples objetos de regalo que se exhiben, la mayoría con estética oriental. Le llama la atención una bandejita de plata con filigranas labradas en su superficie y, sobre ésta, dos frágiles tazas de té decoradas con sutiles florecillas. Se decide de inmediato y entra. Le pide a la persona que le atiende que lo envuelva todo cuidadosamente, indicándole que es para un regalo muy especial. Su petición es correspondida satisfactoriamente y continúa su camino complacido del deber cumplido. La mañana ha transcurrido como un suspiro. Decide no almorzar nada, no tiene apetito. Además, le viene a la memoria la estúpida pesadilla del banco, que aún sigue intentando descifrar. Comienza a acicalarse tranquilamente y aguarda con sosiego el momento de avisar al taxi.

Llega la hora de salir. Coge la invitación de boda, la introduce en el bolsillo interior de la chaqueta y toma la bolsa de papel con el regalo. Pasan de las cuatro de la tarde cuando se sitúa en la acera a esperar la llegada del taxi. Hace calor. Mientras caminaba a casa apenas si lo notó, pero ahora, con el traje y la corbata comprimiéndole el cuello, empiezan a resbalar por sus sienes pequeñas gotas de sudor. El taxi no tiene aire acondicionado. Le dice el taxista que todavía es pronto para eso y que, además, a él no le sienta nada bien, que si lo desea le baja un poco la ventanilla de atrás, y... con ese trajecito no va a tener calor, hombre.

— Avenida de los Almendrales 27. Hemos llegado caballero— proclama el taxista, aunque a Tomás le suena como a sentencia.

En la cancela del chalet hay apostado un hombre un tanto fornido en bermudas y blusa floreada. Cuando se acerca Tomás el hombre se pone en guardia y le pregunta, observándole con manifiesta curiosidad:

— Buenas tardes, caballero, ¿qué desea?

Tomás, sintiendo la euforia del que llega a la meta, y mostrando su mejor sonrisa le dice:

— Pues qué va a ser, asistir a la boda. Oiga, vaya si está esto lejos.

El hombre fornido le mira con ojos orientales y le interpela:

— ¿Por parte de quién, del novio o de la novia?

— Por parte del novio, Luis. Somos compañeros de trabajo.

El cancerbero, que cree estar teniendo una magnífica oportunidad de reírse a costa de aquel esperpento recién aparecido le aclara, ya aguantando la carcajada:

— Pues se ha equivocado, caballero, porque lo que aquí se celebra es un bautizo. Y estalla en una desagradable risotada.

— Vaya, pensaba que hoy no me toparía con ningún idiota, pero es que son tantos...

El otro recompone su persona como un relámpago y solicita a Tomás la invitación. Con la tarjeta en la mano mira intensamente a Tomás con un amago de risotada en la comisura y le pregunta:

— ¿Verdad que es probable que usted no ha leído lo que pone en el reverso de la invitación, caballero? Y una nueva risotada hace estremecerse el seto de la entrada. Tomás, ahora sí, dando muestras de indignación, le arrebata la tarjeta al cancerbero y lee: Enlace nupcial de Rosa y Luis. Ceremonia y ágape, junto a la piscina, con bañador. Te esperamos.

A Tomás se le pone cara de difunto de dos días y a punto está de dejar rodar sendas lágrimas que ya se forman en las comisuras de los ojos. El hombre fornido se percata al instante de su tragedia. Ya no sonríe. Siente una suerte de compasión por ese hombre con aspecto de gánster de los ochenta y le pone la mano en el hombro:

— No se preocupe, caballero, un fallo lo tiene cualquiera. Apuesto a que su amigo (el novio) podrá dejarle algún bañador. Por cierto, me gusta mucho su camisa. Seguro que triunfa. Pase.

Tomás se ha desinflado. No sabe qué hacer, pero huir le resulta inaceptable, sabe que no se lo perdonaría jamás. Haciendo acopio de las últimas migajas de orgullo que le quedan, agradece el consejo al fornido y cruza la entrada erguido y endurecido. “Me trae sin cuidado lo que piensen todos”, concluye para sí.

El jardín, prácticamente abarrotado de gente en traje de baño, ofrecía un ambiente colorista y festivo. La ceremonia no había comenzado aún. En un lateral se había dispuesto un atril adornado con flores donde el oficiante (con traje de baño y camiseta estampada) revisa el folio que le habrá de servir para celebrar el ritual. De repente cesa el murmullo general. Alguien baja el volumen de la música hasta convertirlo en un eco lejano. Todos se han vuelto hacia Tomás. La expectación es total, casi puede cortarse en finas lonchas. De entre el gentío aparecen los novios y se acercan a Tomás para darle la bienvenida. Tomás les agradece la invitación, les felicita y hace entrega del regalo. Su amigo Luis (el novio), plenamente consciente de la expectación que Tomás está provocando con su imagen, y dándose cuenta de que está a punto de un síncope, tira de improvisación y exclama:

— ¡Atención todo el mundo! ¡Os quiero presentar a mi amigo Tomás, que en este día tan especial nos va a obsequiar con sus mejores canciones de los ochenta! ¡Un aplauso para él! Acto seguido le lleva a un aparte y le tranquiliza:

— No te preocupes, tenemos karaoke. Les sueltas dos o tres temas y listo. Dentro de un rato estarán todos tarumba. Después te dejo un bañador y a disfrutar. Por cierto, ya me darás el teléfono de tu sastre. Tu traje es una pasada.