Benito es un tipo bastante singular. Delgado, ni alto ni bajito, moreno, de pelo ensortijado y facciones que recuerdan a un gnomo bien parecido. Muestra un rictus sostenido de sonrisa con dos hoyuelos en las comisuras que le hacen parecer en todo momento una persona afable. El timbre de su voz y la impecable habla —con cierta insinuación sureña—, consiguen de inmediato que su interlocutor se rinda a sus naturales encantos. Generalmente viste de modo sencillo y práctico: vaqueros y camiseta sin estampados. El piensa que así su imagen es neutra, porque a lo que aspira es a que se valore su personalidad y que nadie se distraiga con los complementos. Hay algo de egocéntrico en su afán por caer bien, por gustar y, sobre todo, por arrancar siempre y en cualquier circunstancia una sonrisa, y si lo que consigue es una carcajada, entonces se siente la criatura más afortunada del universo. Conoce un amplísimo repertorio de chistes y chascarrillos que no duda ni un instante en utilizarlos cuando la ocasión es propicia. Siempre le sale bien, aunque hay ocasiones en que la chanza que despliega, más que risa provoca cierta exasperación en los demás.
Una mañana, que se sentía especialmente optimista, se le ocurrió entrar en una zapatería en el centro de la ciudad. Un establecimiento de calzados caros y amplia diversidad de diseños. Una empleada solícita se le acercó de inmediato:
— Buenos días, señor, ¿en qué puedo ayudarle?
— Buenos días, señorita, ¿tienen zapatos de cocodrilo?
— Lo siento, caballero, no tenemos.
Benito, mirando hacia el suelo y simulando que tira de una cuerda, exclama:
— ¡Vámonos, cocodrilo, que no hay zapatos para ti!
La empleada se queda atónita y con los ojos muy abiertos, contemplando enmudecida cómo el cliente se dirige hacia la salida tirando de una cuerda y un supuesto cocodrilo, invisibles.
En dos zancadas, Benito se oculta tras una furgoneta junto a la acera y observa discretamente el interior de la zapatería. La empleada que le ha atendido forma corrillo con las compañeras y parece, a todas luces, que les está contando lo sucedido. La carcajada es general, y Benito, tras la furgoneta, levanta los pulgares en señal de triunfo.
Nuestro personaje pasa de los treinta años y vive en casa con su madre, una señora viuda y jubilada. Con su discreta pensión, ambos se las arreglan para llegar a final de mes. Su madre, de tarde en tarde, le da algo de dinero cuando va a salir, pero no sabe que Benito siempre lo guarda y lo gasta en el mercado o en el súper. A su madre no debe faltarle de nada, lo tiene así de claro. El aporte de Benito a la economía de la casa es escaso y puntual. Aprovecha cualquier oferta de empleo que le sale al paso, pero todo es trabajo temporal, a menudo de un solo día.
No es persona que necesite gastar. Como se dijo, a él lo que más complace es zambullirse entre la gente y poner a prueba su ingenio una y otra vez. Superar retos sin que le partan la cara... Y arrancar sonrisas.
Una tarde, caminando por la avenida que transcurre junto al parque, se encuentra de bruces con su amigo Lucas, al que no ve desde hace muchísimo tiempo. Tras los saludos de amistad, Lucas le presenta a sus dos acompañantes, una mujer joven y un hombre con pocos años más. Con argumentos bien dosificados, se ponen al día sobre sus respectivas vidas y como resulta tan ameno escucharlos, los acompañantes de Lucas proponen sentarse en el banco situado a dos pasos de donde están, junto al murete del parque. No tienen ninguna prisa y sí bastante interés en escuchar a los dos amigos. La acera es muy amplia y el ruido del trafico rodado no les obliga a levantar demasiado la voz. A Benito se le enciende la bombilla del consabido “¡eureka!” y sabe de inmediato que tiene ante sí una de esas oportunidades que le hacen feliz.
— Por cierto— arranca de pronto —permitidme que os hable de un personaje curioso que tenemos en el barrio. Le llaman Indio gorrón, y no porque el hombre sea indio, lo que pasa es que tiene el pelo muy negro y ensortijado, la piel negruzca y una delgadez extrema, con los pómulos hundidos. Es un tipo bastante estrafalario y le gusta beber. Lo de “gorrón” lo entenderéis más adelante:
— Se dedica a recorrer las tabernas del barrio. Ya desde la puerta, se da cuenta enseguida qué parroquiano anda algo beodo y a éste se acerca, con la seguridad de que todavía no le conoce. Con cierta zalamería le propone contarle una de sus aventuras, de cuando vivía en la pradera. El parroquiano accede sin demasiada convicción y el Indio gorrón inicia su relato: “Galopaba yo un día por la extensa pradera y de repente apareció un oso enorme. Sin pensarlo dos veces agarré el arco y la flecha, apunté y ¡zas!, le di en tò el bebe”. El parroquiano, algo perplejo, le pregunta “¿qué bebe?” y el otro le responde “un gin-tonic, gracias.” El camarero, que sólo escucha esto último se lo sirve. Pocos minutos después, tras haber apurado el vaso, el Indio gorrón retoma el relato: “Pero eso no es todo, amigo mío. Unos días después, cuando galopaba por la misma pradera, un jaguar enfurecido me salió al paso y casi me tira del caballo. Entonces agarro mi arco, apunto y ¡zas!, le doy en tó el toma.” Con mayor perplejidad si cabe, el parroquiano vuelve a preguntar, “pero ¿qué toma?”, y el Indio gorrón responde de inmediato, “otro gin-tonic, gracias.” El camarero se lo vuelve a servir.
Llegados a este punto, su amigo Lucas y compañía no salen de su asombro y manifiestan serias dudas acerca de la veracidad del relato. Pero eso es ya lo de menos, las carcajadas están en el aire y, tras la despedida, cada cual sigue su camino con la sonrisa dibujada en la cara.
Benito acabó el bachillerato en su edad y con notables resultados, pero no sentía el llamado de los estudios superiores. Pese a que su madre le insistía en ese sentido, Benito, en lo más hondo de su ser, no estaba dispuesto a que su pobre madre tuviera que llevar a cabo sacrificios extras para que él estudiara. Era consciente de que a su madre le quedaban pocos años de vida útil, y con la llegada de la pensión, se resentía la economía de su menguada familia. Desde que su padre desapareciera por siempre jamás, siendo muy niño, tuvo claro que su prioridad habría de ser cuidar de su madre con todas sus energías.
Los recuerdos que guarda del instituto no son precisamente los mejores. Ahí supo en qué consistían la deslealtad y las ofensas gratuitas. A menudo imaginaba que la universidad podría ser una prolongación de todo aquello y, por tanto, se cerró en banda. Buscaría trabajo y contribuiría así a sacar adelante su casa. El carácter noble de su espíritu, herido en esos años, le condujo a una peculiar introversión. Se decía a sí mismo que no era una persona insociable sino asociable. Estos términos los había reflexionado en profundidad, llegando a la conclusión de que sería un tipo que debía acercarse a los demás, no para utilizarlos, como suelen hacer muchos, sino para ofrecer lo mejor de sí de manera inteligente.
Hace unos años, cuando tuvo conocimiento de una oferta de empleo público con plazas de subalternos para el ayuntamiento, entregó la solicitud y ahora se dedica a estudiar para intentar conseguir una de esas plazas. Acoge cualquiera de las ofertas de empleo temporal que le salen al paso, pero no deja arrinconado el temario, sus apuntes y libros que ha recopilado para preparar a fondo las oposiciones. Para despejarse, da largos paseos por la ciudad mientras contempla el devenir del mundo a su paso.
Una mañana su madre le encarga ir a la farmacia para retirar uno de los medicamentos que forma parte de su tratamiento. En la farmacia tiene lugar un hecho tan jocoso, que Benito se lo cuenta a su madre en cuanto regresa. Hacer reír a su madre es lo que más valora por encima de cualquier cosa.
— Mira, mamá, resulta que una señora a la que atienden delante mía, lleva una receta en la mano y le dice a la farmacéutica: “Fíjate, Isabelita, pué no ma mandao la doctora unas pastillas pa-hacé-el-amor...” “A ver, Encarna, déjame ver la receta”, solicita la farmacéutica. Cuando la lee, le responde: “Encarna, cielo, lo que la doctora te ha recetado es pa-ra-ce-ta-mol.” La madre de Benito ríe abiertamente. Su hijo siempre aparece con alguna anécdota graciosa dispuesto a compartir y alegrarle el día, pero ella lo conoce bien y en ocasiones como esta detecta un tic de compasión en sus ojos. Sabe que no le gusta reírse de los defectos de la gente, de su ignorancia o de sus torpezas, “pero este suceso es digno de ser contado”, concluye para sí.
De niño, Benito tenía algunos compañeros de juego que eran auténticos Jaimitos, entre ellos su amigo Lucas, —el que saludó en la avenida, junto al parque—. En ocasiones, —esto es, casi a diario—, se sentaban en los escalones del portal y competían a ver quién contaba el chascarrillo más hilarante. Cabe suponer que de ahí le viene su afición por el chiste. Conserva en la memoria instantes memorables, aunque algunos aderezados con demasiado picante. No conseguía entender dónde escuchaban sus amigos cosas semejantes. “Seguro que en sus casas”, concluía para sus adentros. Todavía recuerda uno de esos chistes infantiles que le hizo reír a carcajadas. Su amigo Lucas lo contaba así: “Un niño pasa con su bici por delante de la iglesia. El cura, que está en la puerta, le dice: oye chaval, ¿por qué no entras y escuchas la misa? El niño le responde: “es que si dejo la bici en la calle me la van a robar”. “Hijo, por eso no te preocupes —le dice el cura—, el Espíritu Santo te la cuidará.” El niño, convencido, entra en el templo. A mitad de la misa el cura exclama: “¡El Espíritu Santo está aquí, con todos nosotros!” En ese momento el niño, muy angustiado, grita: “¡Entonces, ¿quién está cuidando mi bicicleta?!”
Su amigo Lucas se sabía un montón, y cuando empezaba, no había quien lo parara. Las risas de los chavales invadían la calle y ascendían escaleras arriba tranquilizando a las madres, que los sabían sentados en los escalones del portal sin hacer travesuras, a veces con consecuencias.
Otra de las historietas de Lucas que recuerda Benito, sucede a las puertas de un psiquiátrico: “Un coche se avería justo delante. Sobre el muro hay tres internos asomados. Cuando se baja el conductor, uno de ellos le dice: “Oye, si quieres yo te puedo ayudar con la avería”. Los otros dos sonríen de forma bobalicona. El conductor asiente y le pregunta qué debe hacer. El interno, muy metido en su papel, le da instrucciones: “Primero levanta el capó, saca la tercera bujía, la soplas y le pasas el trapito, y la vuelves a colocar, ya verás...” El conductor hace lo que le recomienda. Cuando ha colocado la bujía, da al contacto y el coche arranca a la primera. Entonces, un tanto eufórico (e intrigado), interpela al interno y éste le responde asegurando que es mecánico. El conductor le pregunta que qué hace un talentoso como él metido en ese sitio y acto seguido le promete que vendrá mañana mismo, lo sacará de allí y lo llevará con él, que tanto genio no se puede desperdiciar. Justo cuando va a subirse al coche, el interno le lanza un ladrillo a la cabeza. El conductor, absolutamente aturdido, le demanda por qué ha hecho eso. Y el interno, muy serio, le responde: “¡Para que no se te olvide que mañana tienes que venir!”
Así era su compañero Lucas, nunca paraba de contar historietas y hacer reír a sus amigos. En esa ocasión, cuando se encontraron en la avenida, lo notó algo diferente. “Claro, es que con los años, todos cambiamos”, se dijo, “pero aún conserva su peculiar y contagiosa forma de reír.”
Benito, en su habitación, con los codos hincados sobre la mesa, está absorto contemplando los apuntes, con la mirada perdida. No se quita a Lucas de la cabeza. Recuerda que, a veces, contaba chistes tan surrealistas que, de malos que eran, acabábamos desternillándonos. Había uno que contaba repetidamente: “Doscientos mil indios van llorando por el desierto. Alguien se les acerca y pregunta por qué están llorando. Uno de los indios que está más cerca responde, inconsolable: “es que nos hemos perdido...” No importaba que lo contase una y otra vez. Cada ocasión era como si fuera única; siempre provocaba la risa. Otro de sus favoritos lo iniciaba preguntando antes: “¿Sabéis el de las notas?” Lo sabíamos de memoria, pero todos callábamos con expectación. Y se arrancaba: “Un niño llega a casa y le dice al padre: ¡Papá, papá, traigo dos noticias, una buena y otra mala! ¡La buena noticia es que he sacado un diez en el examen! El padre, con cara de felicidad, pregunta: “¿Y la mala?” El niño responde: “¡Que es mentira!”
Tanto pensar en Lucas, resulta inevitable que le venga a la memoria el recuerdo de su cómico favorito, el ya desaparecido y genial Chiquito de la Calzá. Ha visto en video muchas de sus actuaciones, una y otra vez, no se cansa nunca de escucharle y verle caminar dando saltitos con la mano en el costado y los hipidos entre frase y frase: “Ese pecadol, ese fistro de hombre tan honrado, tan honrado, que encontró un trabajo y lo devolvió, ¿te das cuen?”
Benito ha imaginado muchas veces que él mismo debería hacerle un homenaje, aunque no imagina cómo ni de qué manera. En su interior se conforma con conseguir que alguien sonría por alguna de sus ocurrencias.
Que nadie piense que Benito anda siempre a carcajadas o contando historietas jocosas. También tiene sus momentos bajos. Pero, incluso en esos lapsos en los que se siente más sensible, no puede evitar acordarse del último que ha escuchado o le han contado; es que no hay tregua en su cabeza: “Dos tipos muy vagos, muy vagos, están sentados en un banco del parque. Justo debajo del banco que tienen enfrente, observan un billete de cincuenta euros en el suelo, y le dice uno al otro: ¡vaya suerte que va a tener el que se siente en ese banco, ¿no te parece?”