Alberto ha quedado con un amigo en el parque para ir al Rectorado, un edificio neomudéjar que en su día fue Casa de Correos y Telégrafos y del que yo mismo hice uso en mi juventud en numerosas ocasiones. Ahora es un lugar totalmente transformado en sus interiores y frecuentado por universitarios para asuntos administrativos, entre otras cosas. Quieren recabar información para el próximo curso académico. Se han citado en la glorieta donde se encuentra el monumento al Fiestero, un espacio recogido, rodeado de palmeras de diferentes especies que reparten con generosidad sus sombras en el recinto.
Mediaba la mañana y ya se hacía sentir el aire caliente del terral. Por el cielo se deslizaban con pasmosa lentitud masas blancas de algodón de distintas formas y tamaños. Si a esto unimos el sonido cercano del gorgoteo de la fuente de La Ninfa del Cántaro, que concede al entorno un sabor arábigo y antiguo, descubrimos un escenario ideal para abandonarse a la ensoñación. Es lo que hizo Alberto. Su amigo se retrasaba, pero se resistía a abandonar el lugar. Acababa de descubrir un rincón que no creía posible en medio de la agitación constante de una ciudad grande como Málaga. Y aunque a lo lejos se percibía el rumor del tráfico rodado, los elementos cercanos se le antojaron balsámicos.
Puesto a esperar, decidió hacerlo tumbado sobre uno de los bancos situado a la sombra de las palmeras cercanas. Ojeó a su alrededor. Estaba solo. No le gustaba que le tomasen por un holgazán o algo así. Colocó su mochila en un extremo para apoyar la cabeza y se tendió cuan largo era. Desde su posición podía contemplar el cielo. Las sombras de las palmeras aún eran oblicuas. No habrían de pasar más de dos horas hasta que los rayos del sol alcanzaran la vertical, como una plomada. Recibió en el teléfono un mensaje de su amigo. Un problemilla de última hora le impedía acudir a la cita. No pasa nada. Dentro de un rato se encaminará hacia el Rectorado y más tarde le contará a su amigo lo que le hayan dicho.
Alberto se abandonó a la parsimonia de las nubes. La pareidolia no se hizo esperar. En una de esas nubes creyó ver un rostro familiar, un perfil de mujer con la melena perfectamente recortada en horizontal a la altura de la nuca. ¡Es ella!, exclamó con su voz interior. ¡Es Mónica! ¡Es clavada a ella! Increíble. Ella, ella...’tercera persona’. Ella le contaba. Ella le decía. Ella le hacía reír y también le arrastraba a las elucubraciones más inesperadas. Fue ella la que un día le abrió los ojos a la especulación sobre la ‘tercera persona’ y con ello agitó su mente. Antes de ese momento, Alberto jamás había reflexionado acerca de esa idea, ni siquiera la había intuido por sí mismo, fue ella la que introdujo en su pensamiento la inquietante y hasta perturbadora disquisición sobre ese asunto, aparentemente inocuo y carente de interés. Se veían con cierta frecuencia y Alberto, sacudido en sus cimientos intelectuales, se las arreglaba para invocar el tema. Quería saber más, necesitaba escucharla, a ella, la ‘tercera persona’ que para entonces sentía como la más ‘tercera persona’ de todas las ‘terceras personas’ que hasta su presente habían aparecido en su joven vida. Claro que Mónica, cuando estaba ante él, se le mostraba como ‘segunda persona’ y sólo cuando desaparecía, en sus recuerdos la transformaba inevitablemente en ‘tercera’.
Hace poco más de un año tuvieron su última conversación que versó, como no podía ser de otra manera, acerca de la impenetrable y ya entonces laberíntica cuestión para Alberto. Después de aquel encuentro ella se esfumó para siempre. Nunca hubo número de teléfono, ni mensajes, ni nadie que le dijera “oye, he visto a Mónica, me ha dado recuerdos para ti”, ni nada por el estilo. Simplemente ya no estaba. Se había convertido definitivamente en ‘tercera persona’. Recordó, en ese momento tumbado sobre el banco, que fue ella misma quien se lo anticipó en una de esas ocasiones: “Algún día me convertiré en ‘tercera persona’ para ti y sólo seré un recuerdo entre muchos de los que deambularán por tu memoria”. Al llegar a esta evocación, Alberto no pudo evitar un ligero escalofrío.
Fue ella la que le llevó a los orígenes del argumento la última vez que conversaron, en la terraza de los Baños del Carmen. A Mónica le encantaba ese lugar, decía que le recordaba a una isla griega en la que estuvo una vez. Ella era del interior. Alberto ya no recuerda de dónde, si es que alguna vez se lo mencionó, pero parecía tener cierta experiencia y sensibilidad con rincones próximos al mar. Ese día, su conversación con ella albergaba la desazón de las cosas que llegan a término y por ello inquirió con mayor afán. Tenía la certeza de que no habría otra oportunidad. Todo lo que ella le dijo entonces, lo ha recordado hasta ahora palabra a palabra:
“El origen de la ‘tercera persona’ está, con toda seguridad, en el principio de la humanidad, cuando alguna de aquellas criaturas atribuyó las vicisitudes de su existencia a algún poder del cielo, como la tormenta, el rayo o el mismo Sol o la Luna, no digamos la infinitud de luminarias que emergían, cada día, en el cielo nocturno. Tengo la certeza de que posteriormente, alguno más listo que los demás, un aventajado (o aventajada), le otorgó semejanza antropomórfica y le confirió el carácter de poderosa deidad a la que había que temer y servir, concediéndose ellos (‘terceras personas’) el privilegio de ser sus representantes ante el grupo. A falta de nombre simplemente aludían a Él como poder supremo, con cualquiera de los sonidos o berridos con los que presuntamente, al principio, pretendían comunicarse. Él, ‘tercera persona’, el Todopoderoso, ‘tercera persona’, el Gran Hacedor, ‘tercera persona’ y así sucesivamente hasta que aparecieron Ellos y también Ellas. Imagino que para entonces empezarían a llamarlos Dioses y Diosas, tras muchos siglos de someterse a sus poderes. Los griegos son un claro ejemplo, aunque antes que ellos ya lo hicieron otros pueblos. Mataron y se dejaron matar en defensa de la supremacía en la que creían y a la que veneraban. Claro que esta hipótesis podría parecernos la más lógica, la más verosímil. Pero, ¿qué pasaría si introdujéramos en la ecuación la llegada de alguna civilización evolucionada procedente de las estrellas y ayudaran a aquellas indefensas criaturas a comprender la vida y el modo de mejorarla? Ellos, ‘tercera persona’ del plural venidos de las estrellas, los que inevitablemente serían considerados Dioses y por tanto poderes del cielo. Da igual. No cambiaría nada el resultado de dicha ecuación. La cuestión es que desde aquellos inicios, de los que no se tienen pruebas, la humanidad ha sentido la necesidad de someterse al amparo de la ‘Tercera Persona’: Él o Ella, deidades en las que delegar las incertidumbres de sus destinos. Muchas batallas y genocidios se han librado en nombre de esas ‘Terceras Personas’ invisibles, terribles y justicieras que nadie jamás ha visto ni ha podido demostrar su existencia. Para mí, la única ‘Tercera Persona’ válida y existente es el Cielo, que contiene todos los secretos y todas las respuestas del Universo. Es ‘ahí’ donde debes buscar, Alberto, eso podría hacer un poco más feliz tu existencia”.
Alberto sentía que su corazón se aceleraba con aquel recuerdo. A pesar de que entendía cada una de aquellas palabras, la esencia se le escapaba una y otra vez y la conclusión se le antojaba extremadamente huidiza, como una mariposa que no se deja atrapar. Comenzó a sentir sofoco, y al llevarse las manos a la cara, la sintió caliente. Eso le alarmó y se incorporó de un salto. El sol había sobrepasado las copas de las palmeras derramándose inclemente sobre su cabeza. Buscó de inmediato una sombra y volvió a sentarse. Tenía la boca seca y creyó que sería incapaz de articular palabra alguna. Es lo que suele ocurrir con el terral. La garganta se reseca y se moja la espalda. Al incorporarse sintió resbalar gruesas gotas de sudor por el costado. Entonces recordó, para su alivio, que llevaba un botellín de agua en la mochila. Ya hacía rato que había dejado de estar fría, pero le pareció que le devolvía a la vida.
Se demoró todavía un buen rato al amparo de aquella sombra, aunque el aire entonces le pareció más caliente. Y se sorprendió con cómo había transcurrido el tiempo. Aún tenía margen. La Rectoría no cerraba hasta las 14:00 horas. Necesitaba repasar una y otra vez las palabras de ella, su amiga, su ‘tercera persona’, la enésima vez que recurría a sus recuerdos para entender y apaciguar las inquietudes que se negaban a abandonarle. La única certeza que sintió es que desde entonces las ‘terceras personas’, las que no están presentes pero a las que en ocasiones se alude, le genera dudas y hasta incertidumbre cuando alguien las menciona en su relato, relato que le resulta de difícil verificación por no estar presente esa ‘tercera persona’ y no haber modo de comprobar la certeza que el interlocutor ha puesto en su boca. Por otro lado, le irritaba que se estuviera generando en él una actitud de desconfianza que a todas luces parecía injustificada.
Dos personas mayores, sujetando la correa de sendos perritos y charlando distraídamente, se aproximaron a la glorieta buscando un rodal de sombra donde descansar un rato. Los animalitos, jadeando y con la lengua colgando, parecían sufrir el sofocante terral. Alberto concluyó para sí que no era la mejor hora para pasear con esos perritos. Se levantó, saludó a los recién llegados y se dirigió hacia el paso de peatones para cruzar el Parque en dirección a la Rectoría. A pocos metros del semáforo, en el quiosco, compró otra botellita de agua, esta vez fría, y la disfrutó como quien encuentra un manantial en pleno desierto.
La persona que le atiende en primera instancia en el mostrador de información, le señala otro punto de atención al usuario al fondo de la sala: “Es aquella señorita de la blusa blanca; ella aclarará todas tus dudas”.
Alberto se dirigió susurrando por lo bajo hacia el otro mostrador (había unos cuantos): Pero tenía que ser ella, otra vez la ‘tercera persona’, podía haberme dicho su nombre y ya está, pero están por todas partes, creo que algo conspira contra mí.
Le gustó la atención que recibió por parte de aquella ‘tercera persona’. Le informó cabalmente de todos los requisitos para la nueva matriculación y le obsequió con una sonrisa de las que no se olvidan. Por un rato se olvidó de su laberinto mental y se sintió realmente contento, y fresquito, gracias al aire acondicionado. Se apartó de la zona de mostradores y llamó al amigo para informarle. Al despedirse añadió: “Y me ha atendido la ‘tercera persona’ más simpática que he conocido nunca”. El otro lado del teléfono quedó en silencio. Imaginó Alberto la cara de perplejidad que se le habría quedado a su amigo.