Recuerdo los veranos de entonces como largos y bochornosos, y los polos de fresa helados hechos de forma artesanal por la familia de la casa de enfrente a la nuestra. También elaboraban un helado cremoso con sabor a vainilla para poner sobre un cono de barquillo, que después vendían por el barrio con el carrito fabricado con dos ruedas de bicicleta. Era tiempo de pobreza y cada cual se las ingeniaba para salir adelante, pero lo que nos ofrecían en la calle era siempre de la mejor calidad y procesado de forma impecable y honesta. Había quienes hacían embutidos y aquellos que, en la temporada correspondiente, nos traían chumbos enfriados con hielo, almendras y madroños ensartados en juncos
Al llegar la noche, en cuanto el último azul se tornaba azabache, las aceras se inundaban con sillas de anea y abanicos. Tampoco faltaba el bienaventurado botijo de arcilla blanca con su agua fresca. Mientras los adultos daban rienda suelta a sus disertaciones, la chiquillería corríamos y gritábamos con total libertad. En ocasiones sustituíamos el juego por las historias de miedo. Siempre había alguien algo más mayor que nos reunía en algún escalón y nos embobaba con relatos terroríficos, sin que quitáramos la vista de las salamanquesas que se movían a ratos en la parte alta de las paredes de cal. A la hora de dormir, mirar debajo de la cama era un protocolo de obligado cumplimiento.