Relatos

Mi primer bosque

Miguel Segura Martín3 min de lectura

La mañana se muestra espléndida, luminosa. Asomado a la ventana contemplo el pino dorado, majestuoso, desbordado y engalanado de primavera. En lo más alto, un mirlo se enseñorea con sus proclamas diáfanas y encriptadas que otros mirlos responden. Y entonces me vienen a la memoria imágenes de la infancia: Mi primer bosque.

Liberados los niños de la tarea de recoger grosellas y frambuesas en la huerta familiar, corremos hacia la linde, donde el bosque tiene abundancia de puertas. Sólo unos pasos y el primer hallazgo: Un nido a poca altura; mi primer nido. La curiosidad se desata y trepo hasta alcanzarlo. Hay tres huevecillos azules en su interior. Los demás niños, abajo, me chistan y aspavientan con los brazos con evidente alarma. Cuando bajo me dicen que si se tocan los huevos la madre los rechazará. Menos mal que no hice tal cosa. Creo que ese fue el momento en que comenzó la fuerte atracción magnética del bosque. Conseguí después que mis compañeros me acompañaran unos pasos más adentro, cosa que no se nos tenía permitida. Esto hacía crecer la expectación y el deseo de conocer el bosque por dentro, pero sobre todas las cosas (ignoro por qué), sus límites.

Una tarde, acabada la tarea en la huerta, me las arreglé para separarme del grupo, adentrándome sólo en el arbolado. No sé ponerle nombre a las diferentes especies que allí crecían. Los olores, aunque difusos en la memoria, ahora sé que pudieron proceder del mullido suelo en descomposición y el metabolismo intrínseco de diferentes especies de setas, creando una atmósfera fúngica muy seductora. No sentía temor alguno ni presagio de peligros. El silencio reinante y sólo interrumpido (adornado) por aleteos breves. Era como caminar por en medio de una reunión de gigantes que susurraban sin poner su atención en mi, eso creía. Quién sabe. A lo mejor comentaban la audacia de mi incursión. La luz atenuada permitía percibir con mayor detalle la preciosa y antigua estampa vegetal, con haces de luz filtrándose entre algunas ramas. Y en esa luz, una danza de diminutos insectos y partículas fertilizadoras.

Tras un buen rato de caminar sigiloso y expectante, noté más abundancia de luz al fondo. ¿Estaría allí el final del Bosque? Una alambrada metálica me cortaba el paso. Me aferré a ésta y observé. Ante mí se extendía un prado de hierba verde y llano. A lo lejos distinguí lo que parecía el adiestramiento de perros pastores que saltaban vallas y mordían los gruesos y acolchados brazos de los instructores. Sólo me detuve el tiempo estrictamente necesario. Una vez comprendido lo que había al final del bosque, regresé sobre mis pasos un tanto contrariado. En mi pensamiento de niño de nueve años, sentí una suerte de decepción que me hizo creer que el mundo no era tan grande como los adultos decían que era. Incluso ahora, no consigo entender por qué se utiliza el bosque como lugar de miedos y terrores. No es el bosque el que causa el daño; son aquellos, que creen que sus maldades no son reconocidas en la penumbra y así se sienten impunes. Pero los árboles ven, escuchan y se avergüenzan de esas actitudes, sólo es cuestión de tiempo. Los recuerdos que tengo de mi primer bosque, nada tienen que ver con historias tenebrosas. Fui afortunado. Fue un bosque a mi medida, que me enseñó.

El bosque de Erlensee (Alemania), consiguió que más tarde no formara parte de una infancia que asesinaba pájaros con el tirachinas por mera diversión en los `secarrales’ de mi tierra.