Relatos

La ficción de Jaime

Miguel Segura Martín24 min de lectura

Una fantasía, en ocasiones, puede parecer tan absurda y extravagante como un viaje a Marte en el interior de una gran pompa de jabón. Jaime así lo cree, pero es incapaz de poner límites a su imaginación, dando rienda suelta a cualquier utopía que se ponga a su alcance. Sus ensoñaciones son una quimera en perpetuo movimiento; una cadena de logros, unas veces con la ciencia como atrezo de fondo en sus visiones, y el cosmos como destino último, porque es ahí donde todo es posible que suceda. Sabe que aún nadie ha dicho la última palabra acerca de las grandes interrogantes sobre el universo. Sólo hipótesis, conjeturas matemáticas con fórmulas que pocos entienden (o eso creen) y un afán expectante por encontrar algún novedoso descubrimiento que les conduzca a la excelencia y al premio, sin duda merecidos. Pero para Jaime el recorrido es infinito y absolutamente colmado de posibilidades. Está absolutamente convencido de que tras la Teoría General de la Relatividad de Einstein, nadie, hasta ahora, ha enunciado una fórmula más extraordinaria y cautivadora que la del genio.

Es en esa dimensión donde se siente como pez en el agua; océano inmensurable y de perspectivas que nunca, nadie, podrá rebatirle. En su relato interior, en el que él es dueño absoluto de cuanto sucede, siempre tiene a mano un argumento de peso ante cualquier crítica encaminada al desprestigio, o desprecio a su falta de cordura. Nadie en este mundo está legitimado para poner en duda o establecer límites a su fantasía, del mismo modo que nadie lo está para juzgar las aparentes extravagancias sinfónicas de un músico, guste más o menos.

A propósito de la música, Jaime acompaña sus visiones con bandas sonoras de su propia creación. Si en algún momento se asemejan a las que conoce y admira, introduce arreglos sobre la marcha que las hacen únicas.

Las fuentes que alimentan su fantasía no son sólo películas o lecturas gráficas en las que las batallas entre el bien y el mal son el constante argumento. Es un ferviente lector de obras que él denomina atávicas, en las que siempre se muestra un presente conectado a pasados muy remotos y desde donde surgen fuerzas incomprensibles que el protagonista del relato acaba por comprender y en las que algún sabio de edad incierta le inicia.

La sucesión de eventos extraordinarios, fantásticos y misteriosos no tienen fin en su imaginación. Se ha involucrado en misiones espaciales de envergadura. Ha participado en expediciones a los lugares más lejanos e inhóspitos del planeta. Se ha sumergido en lo más profundo de los océanos acompañando a los científicos en los pequeños submarinos de exploración y ha visto criaturas que ni en sueños vería nadie. Todo ello con gran riesgo y peligros imprevistos. Pero eso sí, siempre anónimo e invisible, indetectable gracias a su extraordinario poder, la facultad de estar donde se le antoje sin que nadie nunca perciba su presencia. En ocasiones se para a pensar si no estará quedando atrapado en una suerte de obsesión, pero de inmediato encuentra el argumento adecuado y se aferra a éste como evidencia incontestable.

Ahora, en su desbordante imaginación, es el turno del atuendo fascinante que él denomina envoltura biocuántica configurable, un traje ajustado al cuerpo capaz de interactuar con cada célula de la piel. Eso sí, con intrincadas conexiones al cerebro, pues es ahí donde se hace posible el milagro. Nada queda al azar de oscuros poderes, porque el invento ya tiene previsto la creación de estructuras neuronales encargadas de controlar, vigilar y ejecutar todas y cada una de sus funciones. Esa es su definición a falta de una nomenclatura más precisa, más científica. De mecánica cuántica no sabe absolutamente nada. Se la inventa. A este traje, integrado en las moléculas del cuerpo, le atribuye el poder de la invisibilidad, la facultad de atravesar materia sólida y el don de la ubicuidad, todo ello ejercido de forma instantánea y a voluntad, con el pensamiento funcionando más rápido que la luz. En realidad no se trata de un traje al uso. En este aspecto afina en la descripción. Quiere dejar claro a sí mismo que no es una prenda de poner y quitar. Ya se lo advirtió el misterioso profesor. La radiación de aquel dispositivo con la que le ‘invistió’, sería una envoltura cuántica perpetua. Formaría parte de su anatomía, de todo su ser, por siempre jamás. De modo que le instó a que lo meditara concienzudamente. No habría marcha atrás una vez iniciado el proceso de trasformación e integración de este ‘tejido’ en su cuerpo.

El invento (manual de instrucciones incluido, amén de enseñanza práctica) es el legado de un anciano y estrafalario profesor que, sabiéndose desahuciado, lo ha puesto en sus meritorias manos para continuar su obra, una suerte de relevo que sólo él puede llevar a cabo, nadie más en todo el planeta. Como cabe esperar en este tipo de secretos, jamás dirá nada a nadie, jamás se dejará sorprender o descubrir y jamás lo utilizará para hurgar en la intimidad de las personas en beneficio propio, todo ello con la advertencia de que si alguna vez cayera en manos inadecuadas, podría significar el fin del mundo tal y como lo conocemos. Son argumentos innegociables y el compromiso es a perpetuidad. La obra que él debe continuar comprende el desvalijamiento de paraísos fiscales (sin apropiarse un solo billete) y dejar a los corruptos sin blanca; colarse en reuniones secretas de financieros, políticos corruptos o criminales, y con la información recogida adelantarse a sus planes corrosivos, desbaratándolos; neutralizar misiles y maquinaria de destrucción en todo el planeta; intervenir, sin ser detectado, en agresiones a personas indefensas y un etcétera inabarcable. Un trabajo ingente que le mantendría ocupado el resto de su vida.

Llega un momento en que conjetura con la idea de preguntar al profesor si hay más personas en el mundo al servicio de ese invento, pues considera que es una misión gigantesca y compleja para un solo individuo. Piensa si debería incluir en la pregunta el que, en caso de que haya más participantes, todos serían hombres o habría también chicas. Al tiempo, se pregunta a sí mismo si las chicas también están interesadas en el asunto este de los poderes cuánticos tal y como él los concibe. El profesor le responde, tajante, que poner el invento en más manos es un riesgo que no se debe afrontar. El elegido es él y punto. El poder que conlleva ese revestimiento es más que suficiente para acometer las sucesivas misiones encomendadas. Y es que el misterioso profesor, pese a su declarado desahucio, siempre está a su alcance cuando le necesita.

Jaime, en las reflexiones que intercala en la arquitectura de su imaginación, es consciente de que otros, al igual que él, estarán recreando fantasías semejantes. Todo ese desfile de personajes heroicos con superpoderes que el cine y el cómic han paseado ante la mirada deslumbrando la imaginación, sin duda habrán dado lugar a una legión de visionarios bienintencionados con la íntima aspiración de salvar al mundo de los malvados. Pero Jaime tiene la certeza de que sus logros están muy por encima. Su misión es única. Su cometido, el más importante del universo. Su ‘armadura’ cuántica una creación portentosa destinada sólo a los héroes, a los elegidos por los hados. Absorto en esta deliberaciones, escucha los golpecitos que da su madre en la puerta de la habitación, llamándole para comer.

En la charla de sobremesa la madre le pregunta de vez en cuando por el curso de los estudios que ha iniciado ese año en la universidad. Ha optado por la Física. Más adelante se las ingeniará para entrar en el Departamento de Física Teórica; está convencido de que eso es lo suyo.

No acostumbran a poner la tele mientras comen, pero en esta ocasión la madre la enciende. Es la hora del informativo y quiere ver si mencionan la noticia que escuchó durante la mañana en la radio. Desea hacer partícipe a su hijo, pues se trata de un suceso rodeado de un misterio que está generando mucha alarma entre los habitantes de un pequeño pueblo. Y ella conoce bien a Jaime. Sabe de su singular interés por todos esos sucesos que se muestran envueltos en aura de misterio y nadie parece tener respuestas.

La noticia, en sí misma, podría pasar por un suceso de escaso interés y que podría ocurrir en cualquier entorno rural, en pueblo pequeño del interior y rodeado de río, bosque y montaña. De hecho, Jaime da cuenta de su comida sin prestar demasiada atención a la pantalla. Esta noticia habría pasado desapercibida para los medios si no fuera por el elemento ‘desaparición’ que conlleva, y que, en poco tiempo, despierta la fascinación general: dispositivos de búsqueda y enviados especiales al lugar del suceso para cubrir franjas informativas en las que cada cual busca obtener un dato en exclusiva, a ser posible en riguroso directo.

En uno de estos pueblos, con las características que se describen más arriba, un grupo de adolescentes acude los fines de semana, ya de noche, a una vieja edificación de piedra en las afueras, junto al río, para hacer gala de su intrepidez. En el pueblo han llamado desde siempre a esta construcción El Castillo y, cómo no, le han atribuido presencias fantasmales, gritos nocturnos y antiguos y extraños sucesos difíciles de probar. Pero lejos de amedrentar a los más jóvenes, con el tiempo no han hecho más que alimentar su natural curiosidad y estimular el arrojo propio de esa edad.

La noche en cuestión, un grupo de cinco amigos y amigas, se proponen lo que hasta ahora nadie ha hecho, que no es otra cosa que entrar en el interior del edificio, demostrar así su valentía y comprobar in situ las fantasmagóricas historias que les han contado siempre.

Entraron sólo tres de ellos pero llegado el momento de volver al pueblo, únicamente salieron dos; una de las chicas se quedó dentro. Se asustaron. La llamaron a voces, insistieron con llamadas y mensajes con el móvil, sin obtener respuesta alguna. Había que entrar de nuevo y buscarla. Podría haber sufrido algún percance, algún tropiezo y haberse hecho daño. El edificio es muy antiguo y el interior absolutamente oscuro. Ni siquiera con la linterna de los móviles podían ver con claridad lo que ahí dentro había, amén de la cantidad de polvo insalubre que se extendía por doquier. Además, corría el tiempo en el reloj. Ya no se mostraban tan intrépidos. El miedo hizo acto de presencia. Una de las chicas sugirió que lo mejor era volver al pueblo y pedir ayuda, aún a sabiendas de que recibirían serias reprimendas. Los demás (algunos a regañadientes) optaron por hacerle caso. Lo más sensato en ese momento era regresar y dar la voz de alarma.

Acabado el informativo, Jaime se encierra en su habitación. Tiene que resolver y comentar algunos problemas de física para el día siguiente. Es bastante disciplinado con el estudio. No se pone a otra cosa sin acabar con lo que considera es su prioridad. Es consciente del esfuerzo que hace su madre para que pueda ir a la universidad y se ha prometido no defraudarla. La admira y la tiene por persona valiente, sobre todo desde que perdió a su padre, hace ya dos años, en un estúpido accidente múltiple de tráfico con consecuencias dramáticas, no solo para ellos, su familia.

Termina su trabajo y enseguida se conecta a Internet. Encuentra la noticia de la desaparición. No hay datos diferentes a los que escuchó mientras comía, pero esta información muestra fotos de ese misterioso castillo, fotos del exterior. Se percata enseguida de que el tal castillo no es sino una antigua y gran mansión que el artículo describe como de un estilo semejante al victoriano y que debió pertenecer a una familia de alcurnia de hace al menos un par de siglos.

En las fotos se aprecia que el edificio permanece cerrado a cal y canto. Puertas gruesas de madera dura y las contraventanas cerradas y aparentemente inexpugnables, y todo rodeado de muros, setos y árboles de gran tamaño. Jaime se pregunta por dónde se colarían estos chavales. En la noticia no se dice nada al respecto. Seguramente se habrá abierto una investigación y todavía no se ha filtrado nada a la prensa. Otra cosa de la noticia que le llama poderosamente la atención es que esta chica lleva desaparecida en esa casa tres días. ¿Cómo es posible que hayan tardado tanto en contarlo? No quiere perder el tiempo elucubrando una respuesta.

Tras terminar la consulta en Internet, Jaime se tumba en la cama. Hace algún tiempo que ha adquirido este hábito. Cierra los ojos y deja vagar la imaginación a su albedrío. Sólo cuando encuentra un hilo del que jalar, retoma el asunto de su vestidura portentosa y se sumerge de nuevo en el relato que está construyendo, ‘sólo para sus ojos’. Ahora tiene uno del que tirar. Este suceso de la chica desaparecida le ha generado mucha inquietud y despierta en él la responsabilidad del héroe que ayuda al mundo. Generalmente no usa cascos para escuchar música, eso le distrae de su cometido, y es con el silencio de su habitación cuando mejor se concentra.

Se lanza al rescate de la chica desaparecida.

En sus acciones, no necesita dispositivos de búsqueda, mapas ni coordenadas. Basta con visualizar el lugar y se transporta de forma instantánea. Sólo con poner en su mente la imagen de la mansión, el pensamiento le traslada hasta ese lugar a una velocidad superior a la de la luz, como quedó dicho.

Surge en medio de una gran sala con mobiliario antiguo, de maderas nobles, y hay grandes cuadros al oleo en todas la paredes, retratos de cuerpo entero en posturas erguidas, exhibiendo lujos y nobleza. Pese a ser noche cerrada, Jaime descubre al instante que posee visión nocturna; otra extraordinaria virtud de su dermis cuántica. La percepción es luz cenicienta. No podía ser de otra forma, dada la gruesa capa de polvo que lo cubre todo. Al mismo tiempo tiene la certeza de que afuera el entorno está iluminado por la luz de la luna llena, a pesar de que no se filtra en la estancia ni por una sola rendija.

Decide en primer lugar escrutar la sala. Paredes, molduras, estantes o figuras susceptibles de ser giradas y que abran puertas ocultas. Se acerca a una especie de gran armario para investigarlo. Ya se sabe: detrás de una puerta podría haber otra puerta y otra más. Pero en el interior sólo hay polvo. Al cerrar, levanta una tenue nubecilla que le sube hasta la cara. El potente estornudo resuena por toda la estancia. La perplejidad no se hace esperar: Él es una entidad incorpórea, cómo es posible esto. No importa. En su próximo encuentro con el profesor deberá preguntarle. Si en su envoltura prodigiosa existen limitaciones, necesita conocerlas de inmediato. No puede aventurarse en misiones que comporten algún tipo de riesgo, por insignificante que pudiera parecer.

Recuerda ahora, que la información de Internet daba cuenta de la labor de búsqueda de los agentes en el interior de la casa. Incluso habían traído a un arquitecto y a un aparejador para llevar a cabo un peritaje del edificio y así poder detectar algún espacio oculto confrontando el exterior con el interior, ya que no había planos en los que poder consultar las distintas dimensiones. Pero, tras un exhaustivo examen, nada encontraron. Así pues, las deducciones de Jaime le hacen concluir que su búsqueda debe ser bajo el suelo. Ya encontraron accesos a tres sótanos diferentes, donde nada había. Él intuye que hay algo más. Nadie desaparece así como así en el interior de una casa por grande que sea, y nada apunta a que se la llevaran de ahí. Tiene que estar en alguna parte y él la encontrará. Se detiene unos instantes. Necesita pensar. Atravesando los muros, tanto en la planta de abajo como las de arriba, registraría la mansión en pocos minutos, pero eso ya lo han hecho otros. No hay tiempo que perder.

En estas cavilaciones anda cuando, inesperadamente, recuerda el episodio del estornudo. De pronto le asalta una terrible sospecha, una intuición que antes pasó por alto: con el espasmo, su entidad cuántica ha saltado a la dimensión real de la materia; ahora, aunque conserve intactas todas las funciones, él existe, él está y pisa el suelo de la casa. Entonces, el Jaime que está tumbado en la cama, ¿continúa allí o se ha traslado con él? Ahora mismo no tiene forma de corroborarlo; ya lo hará más tarde, aunque no tiene ni idea de cómo podrá hacer algo así.

Si, ahora pisa el suelo y con ello se percata de que hay pisadas por todas partes. Inmediatamente deduce que son de las personas que entraron a buscar a la chica; tuvieron que forzar la cerradura; lo registraron todo. Piensa que algo han pasado por alto, algo se les ha escapado y él debe encontrar la pista, una señal oculta, lo que sea; él puede hacerlo. De ahí no se irá hasta haber resuelto el enigma.

Recorriendo la sala contigua, observa un estante junto a uno de los ángulos de la estancia. Calcula que tiene un metro y medio de ancho y deduce que la altura es bastante normal. Los techos son muy altos y una elevación mayor haría parecer al estante incómodo para su uso. No hay nada en sus baldas, sólo polvo. Sin embargo, en el lado izquierdo, más cercano a la pared perpendicular que forma el ángulo, hay una leve marca en la madera; falta polvo en esa parte. Se acerca. Tras observar a muy corta distancia, deduce que lo que ahora está viendo bien podría ser el rastro de una mano. Echa otro vistazo al suelo lleno de pisadas. El hueco que hay entre el mueble y la pared mide exactamente lo que mide una baldosa, y esta baldosa en particular, inexplicablemente está limpia de polvo. Le late el corazón algo más aprisa; su intuición le dice que está a punto de descubrir algo. Pisa suavemente la baldosa y se oye un clic en el estante, como si un resorte hubiese sido liberado. Pone la mano en la parte donde falta el polvo y tira hacia sí. El estante cede ligeramente. Ahora tira con más fuerza y aparece un acceso por detrás, oscuro y con olor a humedad, como de aire insano. Con su visión nocturna puede ver un tramo de escalera que se pierde en un recodo. Tras la esquina del muro, otro tramo más que desemboca en un corto pasillo, al final del cual, una puerta de madera desvencijada y con evidentes signos de carcoma, franquea el paso. No hay más puertas, sólo muros con verdín y rastros de hilos de agua que se han filtrado a través del muro. El olor es cada vez más penetrante y desagradable. Jaime empuja la puerta con no poca precaución pero con determinación. Ya se dijo: nunca se sabe lo que puede haber tras éstas. La puerta cede con lamento de goznes. Ahora el hedor es insoportable. Jaime tiene ante sí una pequeña estancia con una especie de camastro en el centro, junto a la pared, y sobre éste un bulto cubierto con una vieja manta. El silencio es total. Se acerca y coge una esquina de la manta, levantándola con sumo cuidado. Lo que ve le sacude de arriba abajo; una mezcla de estupor y compasión le invade al contemplar el rostro de una chica. Totalmente pálida, los pómulos acentuados, el cabello enmarañado y una lividez propia de los muertos, pero ella no lo estaba, aún. Jaime lo comprueba acercando el oído, ahora acrecentado, a su boca y percibe su levísima respiración. No hay tiempo que perder. Al retirar por completo la manta para terminar de comprobar su estado, evidencia con mayor compasión si cabe, la inmundicia que la chica había tenido que liberar sin poder hacer otra cosa. No estaba atada a ninguna parte, pero algo debió dejarla inconsciente todo este tiempo. Parece dormir profundamente, pero Jaime es consciente de que la vida está abandonando su cuerpo. Sin pensarlo dos veces, la vuelve a cubrir con la manta y la levanta con sus brazos. Apenas siente el peso de su cuerpo.

En el exterior hace frío. Necesita algo más para cubrirla. Qué hacer. En la mansión no habrá ni una mísera colcha. Deposita con mucho cuidado el cuerpo sobre la losa fría, ante la entrada de la mansión. Sin dudarlo, se traslada como un relámpago a su habitación para coger mantas; ya había descubierto que podía transportar cosas consigo, y que éstas adoptaban de inmediato las mismas propiedades que su traje. También agarra el móvil. Regresa en pocos segundos. Todo está en silencio. La luz de la luna ha convertido el entorno en un lugar siniestro, si es que no lo era ya antes. Mientras cubre el cuerpo de la chica cae en la cuenta de que, cuando llegó a su habitación, su cuerpo no estaba tendido sobre la cama; sencillamente no estaba. Dada la urgencia del momento, decide dejar ese asunto para más tarde. Llama a emergencias para que acudan cuanto antes: “La chica desaparecida está viva pero muy grave. Quien yo sea no importa ahora. Dénse prisa”.

Pasado un buen rato, al oír la sirena y ver a lo lejos los destellos anaranjados y azules, decide esconderse tras unos árboles de tronco grueso en cuanto comprueba que los vehículos ya están lo suficientemente cerca.

Con el sentido auditivo acrecentado, puede oír a los sanitarios y a los agentes: “Tiene el pulso muy débil; está deshidratada; la tensión está muy baja; y un hallazgo inquietante: sobre la yugular, dos pequeñas heridas, una junto a la otra, como de mordedura”. Uno de los agentes le habla, pero se da cuenta enseguida de que está inconsciente. No insiste.

Una vez que consiguen estabilizarla, la colocan sobre la camilla y la introducen en la ambulancia. “Es hora de largarse de aquí”, se dice así mismo. En menos de lo que tarda un pestañeo, Jaime vuelve a estar en su habitación. Abre los ojos y recupera la familiar sensación de la realidad, la de todos los días, la suya propia, tendido en su cama.

Al día siguiente permanece atento a las noticias. Su madre con él. Ya sabía que estas cosas despiertan en su hijo la curiosidad. Pero no dijeron nada que Jaime ya supiera. Eso sí, como él dejó el estante separado de la pared, habían encontrado el acceso al sótano siniestro, donde la policía científica ha estado recopilando indicios vitales para la investigación. Según el informativo, lo único encontrado junto al camastro, es un cuenco de cerámica con cenizas en su interior. La chica permanece en cuidados intensivos. También están intentando averiguar la procedencia de la llamada a los servicios de emergencia. ¿Habría sido el propio secuestrador, compadecido por la pobre chica? Esto último molesta sobremanera a Jaime. Piensa que no están enfocando correctamente la investigación. Pero bueno, son cosas de la prensa sensacionalista. Los investigadores seguro que encuentran la respuesta; en cuanto la chica despierte y esté en condiciones de contar lo que recuerde. Con estos pensamientos y otros, se quedó dormido.

Al día siguiente, cuando la madre le llama para el almuerzo, entra resoplando en el salón. Su madre le interroga con la mirada y Jaime exclama en voz alta: “¡Uff! ¡Esto de ser superhéroe es muy quemante, mamá!”

Ella le mira con cierta perplejidad. Intenta adivinar el significado de sus palabras, pero desiste. Entrar en el universo complejo de Jaime puede ser agotador.

No encienden la tele. Jaime ya se ha informado a través de Internet y su madre, por los informativos de la mañana en la radio.

Tras dos días en cuidados intensivos, la chica ha despertado, aturdida y muerta de miedo. Apenas si recuerda lo sucedido. Sensaciones dispersas que todavía tardará un tiempo en darles coherencia. Los medios no facilitan su nombre ni dato alguno sobre ella. Los padres han hecho una petición expresa para que prevalezca el anonimato de su hija. No hacía falta. La orden ya ha sido dada por la Fiscalía; se trata de una menor, por tanto prevalece su privacidad. No obstante, continúa la investigación. Hay en el caso unos interrogantes de tal inquietud, que es preciso darles respuesta cuanto antes y los investigadores no saben ni por dónde empezar. Es preciso que la víctima cuente lo que recuerde lo antes posible. Pero la doctora que la atiende no está dispuesta a que se la moleste todavía. Y Jaime, que ya intuía que todo esto podría pasar, se cuela en las reuniones de los investigadores (invisible, por supuesto) para ver qué información puede pescar. Comprueba que, nada de nada.

En las noches siguientes se traslada a la mansión, absolutamente sigiloso, y la recorre de punta a punta. Ni una mota de polvo se mueve de su sitio. Ningún ruido o sonido extraño. Con su oído acrecentado puede notar la más mínima alteración en el aire, hasta los pasitos de una araña en su tela, y todo indica que en ese lugar sólo está él. Absolutamente nada más.

Han pasado otros cinco días. La chica ya está en condiciones de hablar con los investigadores. La noche del suceso, cuando vio que sus amigos salían de la mansión, ella decidió curiosear unos minutos más. Sentía la sensación de que algo habría de descubrir que haría de esa noche un momento memorable. Destacaría entre sus amigos como una valiente. Cuando entró en la estancia donde se encuentra el estante ya mencionado, la sobresaltó un ruido sordo, como lejano, pero al mismo tiempo notaba que algo se aproximaba, que ya estaba muy cerca de ella. Sin pensarlo, se escondió en el hueco que vio entre el estante y la pared. Es de constitución delgada; le pareció el mejor escondite, entre otras cosas, porque no había más sitios donde ocultarse. Al momento de pisar la baldosa, oyó el clic y notó que el estante se separaba ligeramente de la pared. Tiró un poco más y descubrió el acceso. Encendió la linterna del móvil y cerró tras de sí. Oyó otro clic. Bajó las escaleras y entró en la habitación del fondo pensando que tal vez por ahí habría alguna salida. Estaba muy asustada. Lo que recuerda a partir de ese instante es absolutamente confuso. Algo o alguien (no podía establecer la diferencia), la inmovilizó, la amordazó para que no gritara y la tumbó sobre el camastro, que no vio un instante antes. El móvil le fue arrebatado. La luz de la linterna se apagó. Inmovilizada como estaba, pudo sentir cómo una presencia depositaba en el suelo, junto a la cama, un recipiente del que emanaba una especie de humo que subía hasta su cara. Le pareció una materia vegetal que se quemaba. Al inhalarlo, perdió la consciencia. No recuerda nada más.

Como cabe esperar, la declaración de la chica ante los investigadores, acaba filtrándose a los medios. Se desatan por todas partes las especulaciones más perturbadoras. Las tertulias en las cadenas más sensacionalistas no dan abasto en ceder el micrófono a una galería de personajes de lo más variopinto. En los bares, en las tiendas, el autobús o el mercado, no se habla de otra cosa. Hasta los hay que saben perfectamente lo que ha pasado y el modo de resolver el misterio, que si lo piensas bien, no es nada de otro jueves. Hasta el equipo forense no se atreve a pronunciar la palabra maldita, para explicar las dos heridas pequeñas en el cuello.

Jaime sigue por Internet todo cuanto se dice al respecto. Lo de la tele no le interesa lo más mínimo. Cuando le parece, hace nuevas incursiones a la mansión, por si en una de esas, se tropieza con algo que le ayude a esclarecer tan enigmático suceso. Pero algo le sacude sus adentros. Si él posee el poder de la invisibilidad y puede moverse a su antojo por cualquier parte, esa ‘cosa’ que atacó a la chica, bien pudiera poseer cualidades semejantes. Esa conclusión le estremece. De pronto se siente vulnerable y concibe el universo como un lugar infinitamente grande y peligroso. Sabe que no está sólo. Tiene a su profesor que, a partir de ahora, tendrá que explicarle y aclararle un montón de cosas. Se dice que a esta envoltura suya le falta algo que no alcanza a comprender y eso le deja a merced de lo desconocido.

A falta de algo nuevo, las tertulias siguen su recorrido. No así los informativos, que de guerras y corrupciones, aún queda mucho por decir. Lo que sí es un hecho es que, en ese pueblo, los jóvenes han desistido en sus incursiones a ese siniestro lugar. Han aprendido bien la lección. Jaime es el único que de tarde en tarde, o mejor dicho, de noche en noche, se da una vuelta por allí. No está dispuesto a dejarse atenazar por el miedo ni amedrentar por perversas entidades invisibles.