Relatos

Intrusos en el espejo

Miguel Segura Martín50 min de lectura

Es de conocimiento general: Si colocamos un objeto entre dos espejos enfrentados, la imagen se reflejará en ambos hasta el infinito. ¿Siempre?

Mario regenta una tienda de antigüedades. Tras la inesperada muerte de sus padres en un estúpido accidente de carretera y ante la incertidumbre laboral del momento, decide hacerse cargo del negocio. Volvían sus progenitores de una boda celebrada en un pueblo del interior, en la serranía. Empezaba a caer una lluvia fina, apacible. Seguramente se sentían solos en la carretera, seguros ante la ausencia de tráfico. El padre de Mario era un conductor veterano y prudente. Su madre también. Han hecho muchos viajes juntos recorriendo el país, buscando antigüedades a buen precio para la tienda. Mario recuerda un viaje a Italia con ellos, Venecia, donde una familia en situación de decadencia, había puesto a la venta buena parte del mobiliario y objetos de todo tipo y de cierta antigüedad. Los precios resultaban asequibles, necesitaban recaudar fondos cuanto antes para salvar el patrimonio familiar de las acuciantes deudas que padecían. Recuerda que en el lote que adquirieron había dos espejos de pie con unas preciosas molduras de nogal. Todo fue adecuadamente embalado y enviado a España a través de una agencia de transportes. De todo esto hace ya bastante tiempo. Mario tenía diez años. De los atestado que llevaron a cabo los agentes de tráfico se concluyó que el responsable del accidente fue el conductor de la furgoneta que surgió a gran velocidad del badén perdiendo el control del vehículo. Es probable que un volantazo hiciera caer el coche de sus padres por el terraplén que había a su derecha, provocando la tragedia. Un estúpido e innecesario accidente que podía haberse evitado si el conductor del otro vehículo no hubiera ingerido la cantidad de alcohol que después detectaron los agentes durante el atestado.

La tienda de antigüedades permaneció cerrada durante largo tiempo, hasta que Mario, recién acabados los estudios, decidió reabrir y ocuparse del negocio que sus padres tanto amaban. Tomó esta decisión a modo de homenaje íntimo sin la certeza de lo que el futuro próximo le pudiera deparar.

Situado en el centro histórico de la ciudad le permite, de momento, un acomodo sin pretensiones. No obstante, terminada su formación en la Facultad de Filosofía y Letras, explora el mercado de trabajo. Pese al impecable currículum que presenta desde hace poco tiempo en empresas, centros educativos y otros ámbitos laborales, sospecha que con la Historia del Arte su futuro es más bien incierto.

Esta tarde, poco antes de abrir la tienda, merienda con sus amigos Carlos y Cristina en el bar de Fernando, próximo al negocio. Les conoció en una asamblea de estudiantes universitarios que trataba el asunto del mercado laboral tras el final de la carrera. Tenían ideas muy afines y eso propició una buena amistad. Como ocurre siempre, la conversación deriva en asuntos muy distintos a los del inicio. Carlos, inclinado a filosofar y a hechos de espinosa disquisición, comenta algo acerca de un video que ha visto esta mañana que trata sobre espejos misteriosos. Tras un breve rato de charla, Mario mira el reloj y se despide con cierta prisa de sus amigos para volver a la tarea.

La tarde transcurre tranquila hasta la hora del cierre. Mientras organiza y limpia, se fija entonces en dos espejos de pie de estilo ecléctico que tiene en un rincón de la tienda y que hasta ahora no habían llamado su atención. Son de madera de nogal, bastante antiguos pero en muy buen estado. De pronto surgen en su memoria recuerdos felices que en pocos segundos se tornan dolorosos. Recuerda a sus padres sonrientes, dichosos, en aquel recorrido que hicieron en góndola. Acaba de recordar que Carlos contaba algo acerca de un video sobre espejos. Lo cierto es que Mario aún sigue inventariando todo el género que hay en la tienda, sobre todo para familiarizarse con cada artículo. Aún no consigue superar la ausencia de sus padres. Comprueba que la puerta está cerrada y corre las pesadas cortinas para aislarse del exterior y evitar miradas curiosas e inoportunas. Lo que decide hacer ahora no admite entrometidos. Los espejos parecen algo pesados pero, sin pensárselo, con un poco de esfuerzo, los sitúa uno frente al otro. La intención es colocarse entre ambos y verse proyectado hacia el infinito. Es una sensación rara y paradójica que recuerda vagamente de la infancia, con tantos Marios idénticos perdiéndose en la lejanía. Pero con tanto trajín no se da cuenta de lo tarde que es. Mira su reloj y se precipita hacia la puerta. Ha quedado con unos compañeros de la facultad. Desconecta la corriente en el cuadro eléctrico y baja el cierre a toda prisa. En el interior de la tienda se produce un tenue y breve resplandor que Mario no puede ver. Mañana será otro día, piensa.

Llega en cuatro zancadas a la terraza del Quitapenas. Sus colegas Víctor, Damián y Rosa ya dan cuenta de sendas consumiciones. Sostienen una estrecha amistad desde la facultad que ahora, además, es más afectuosa debido a la situación por la que está pasando Mario. Esperan a que el camarero le sirva y entretanto le preguntan cómo van las ventas. Concluyen los saludos y van directamente al grano. Arranca Rosa:

— Te hemos llamado porque el asunto merece la pena, creo. Víctor lo ha sabido esta mañana.

— Sí —añade Víctor—, me han dicho de buena tinta que hay cuatro plazas vacantes de auxiliar de sala en el Centro de Arte Contemporáneo y que todavía no están cubiertas.

Mario reflexiona un instante. Opina con cierta inseguridad:

— Tengo entendido que para esas plazas suelen contratar a personas con cierto grado de discapacidad ¿no es así?

— Totalmente cierto —responde Damián—. Lo que pasa es que en esta ocasión no se ha presentado casi nadie, que además, ostente el requisito del grado en Historia del Arte que exigen en el Centro, sería una oportunidad, ¿no te parece? Es por seis meses. ¿Te imaginas los cuatro trabajando allí?

En ese momento pasa un ángel sobre sus cabezas que, en completo silencio, cavilan, calculan y especulan ante esa posibilidad. El único que parece tener serias dudas es Mario:

— Dicho así suena bien pero, ¿Qué pasa con la tienda? ¿Puedo tenerla cerrada otra vez tanto tiempo?

— ¡Pues claro! —exclama Damián, siempre sonriente— ¡No tienes artículos perecederos! Además seis meses pasan rápido, después ya veremos.

Todos ríen la broma. Quedan para el lunes por la mañana en la puerta del Centro de Arte.

Mario se dirige con paso lento y meditabundo hacia la tienda. Queda a un par de calles. Quiere recoger la bici para volver a casa. A solo unos pasos de la corredera cree ver un tenue filo de luz en la parte baja, —en el umbral— junto al escalón. ‘Estoy seguro de que desconecté la corriente’, piensa para sus adentros. Cuando entra, la oscuridad es casi absoluta. La tenue luz que entra desde la calle le permite ir hasta el cuartillo donde guarda la bici. Cuando se dispone a salir nota una sutil fluorescencia por el rabillo del ojo en el lugar donde están los espejos. ¡Bah! Será algún reflejo del exterior que se ha colado por entre la cortina, especula. Será mejor que coloque bien los espejos no sea que mañana algún cliente tropiece.

El día siguiente es sábado. Sólo trabaja por la mañana. No tiene sentido que un negocio de este tipo tenga el mismo horario que los supermercados. ¿Quién va a querer comprar una antigüedad un sábado por la tarde? Se pregunta una y otra vez desde que se ha hecho cargo del anticuario. Los sábados le gusta desayunar en Casa Aranda. Chocolate con churros. Ese desayuno le levanta la moral.

Una vez en la tienda, se sienta en un extremo del ínfimo mostrador y repasa facturas, albaranes y comunicados de bancos, recibos y publicidad. Un consorcio juramentado para sorberle hasta el último céntimo. Se pregunta cómo sus padres sobrevivieron tantos años con un negocio así. Tal vez en esos tiempos la gente compraba más antigüedades, o quizá es cuestión de suerte, y la mía no termina de arrancar. También consulta el fichero. Su madre era quien se ocupaba de abrir una ficha para cada unos de los objetos que hay en la tienda: Lugar de procedencia, resumen histórico —si lo había—, características del material, precio y cuanto pudiera ser de interés. Hay clientes bastante exigentes que lo quieren saber todo acerca del género que les interesa, y una información lo más exhaustiva posible favorece la venta y la curiosidad del cliente. Mira su reloj: ¡Uf! ¡Las doce todavía!

Entra una señora con aparente ostentación en sus maneras. Tras los buenos días de cortesía se pasea lentamente por los cortos pasillos observando con detenimiento aquí y allá. Al cabo de un rato, Mario, que conoce bien el cumplido profesional, se dirige a la cliente y amablemente le pregunta si le puede ayudar en algo. Justo en ese momento la mujer observaba con curiosidad los espejos de pie junto a la pared:

— Dígame joven, ¿son muy antiguos estos espejos? ¿Van a juego? Es que como parecen iguales... Y, ¿qué precio tienen?

— Pues verá, son de principios del siglo veinte, 1920 aproximadamente, de origen veneciano. Son piezas sueltas, quiero decir que no van a juego. Los marcos están realizados en madera de nogal y el precio de cada uno es de trescientos cincuenta euros. Como puede ver, tienen una calidad extraordinaria en el reflejo.

— Ya lo creo, de eso me doy cuenta, me veo tal y como soy, y no esos de las tiendas de ropa, que a veces me asusto de lo delgada que me descubro. Eso es para que te vayas contenta con lo que compras. Nos toman por tontas.

A Mario le hace gracia el comentario y le dedica una amplia y veraz sonrisa.

La mujer se acerca al espejo de la izquierda, casi pegando la nariz, como queriendo ver algo más allá del vidrio.

— ¿Se da cuenta, joven, que este espejo, a diferencia del otro, parece tener una tonalidad un tanto verdosa?

— Sí, es una decoloración muy sutil, pero tiene razón. La verdad es que no me había percatado hasta ahora. Es posible que la proporción del azogado en el reverso sea ligeramente distinta, no se me ocurre otra explicación.

— Pues nada, joven, un placer conocerle y hablar con usted. Lo consulto en casa y ya veremos. Me controlan el gasto como si fuera una tarambana. Llegar a mi edad para esto ¡Señor!

Una vez se marcha la señora, Mario se sitúa ante los espejos alternando la distancia y corrobora la diferencia en la tonalidad. Curioso, muy curioso, se dice. Mientras contempla los espejos intenta recordar con precisión qué fue lo que contaba Carlos acerca de ese video. Cuando tiene el pensamiento puesto en la tienda la atención hacia los demás se le dispersa sin darse cuenta. Tengo que obsesionarme menos con este asunto, se dice a sí mismo, y marca en el móvil el teléfono de Carlos. Suena el consabido mensaje de “te llamaré en cuanto pueda”.

¡La una y media! ¡Hora de cerrar! Exclama en voz alta como si alguien pudiera escucharle. Agarra la bici y se dirige hacia la puerta. Antes de desconectar la electricidad echa un último vistazo a la tienda para comprobar que todo está en orden. Al pasar la vista por donde están los espejos observa que la tonalidad verdosa adquiere una sutil fosforescencia. Se queda un tanto atónito. Una vez más argumenta para sus adentros que se trata de algún reflejo del exterior. Tiene tantas ganas de irse que no le apetece hacer averiguaciones de ningún tipo.

De camino a casa, un poco antes de llegar, se detiene en un establecimiento de ‘comida para llevar’. Hoy siente mucha pereza para hacerse el almuerzo. Compra un par de envases con raciones diferentes, algo de pan y unas latas de refrescos.

La mesita baja junto al sofá, una película, y tras el almuerzo, se arrellana a pierna suelta. Se queda dormido, mientras que en la tele los personajes siguen con su historia ajenos al mundo.

Justo antes de despertar, una pesadilla le tiene atenazado: un insecto gigantesco revolotea con un zumbido amenazador sobre su cabeza. Es el móvil, vibrando como si no hubiera un mañana.

— ¡¿Carlos?! ¡Menos mal que llamas! ¡Estaba teniendo una pesadilla muy siniestra!

— Seguro que te has dormido recién comido. A veces pasa.

— Oye, ayer contabas algo sobre un video que viste y que tenía que ver con espejos. Con tantas cosas que tengo en la cabeza no consigo acordarme de lo que dijiste.

— ¡Bah! no te preocupes, nada importante, aunque me pareció bastante curioso. Al parecer un tipo, mientras se afeita ante el espejo, le asoma por detrás la imagen de un anciano con los ojos muy abiertos. Después cuenta que su aspecto no parecía amenazador, pero que se le desataron todos los infiernos en las tripas, ya sabes.

— Sí, es bastante curioso, no es para menos. El caso es que en estos dos últimos días algo extraño está pasando con uno de los espejos que hay en la tienda y me está generando cierta inquietud. Son cosas mías, lo sé, estoy un poco de los nervios. Me estoy planteando cerrar la tienda por un tiempo para acceder a un trabajo en el Centro de Arte Contemporáneo, si es que lo consigo. Unos compañeros de facultad me aseguran que tenemos bastantes posibilidades. Hemos quedado el lunes en el museo.

— Es una buena noticia, Mario, espero que lo logréis, los cuatro. Otra cosa, si quieres, Cristina y yo nos pasamos por la tienda el lunes y nos muestras el espejo y ‘eso tan raro’ que dices, ya sabes que me encantan las historias de misterios. ¿Te viene bien por la tarde, después del cafelito en lo de Fernando?

— Me parece estupendo. Gracias por llamar, Carlos. Nos vemos.

Lunes, nueve de la mañana.

Mario llega el primero. Tiene por costumbre ser puntual. Todavía no están abiertas las oficinas del Centro. A los pocos minutos aparecen Rosa, Víctor y Damián.

— ¡Joder, tío! ¡No he pegado ojo en toda la noche!— Exclama Damián visiblemente nervioso.

— Yo tampoco— responde Mario. Tenemos que estar tranquilos y aparentar como si esto lo hiciéramos todos los día. ¡Ah! y nada de hacerse el gracioso.

— Eso va por ti, Dami— interviene Rosa muy sonriente.

Parece la más tranquila de todos y, antes de que ninguno de ellos pueda reaccionar, se dirige a la entrada. Ha visto como el guardia de seguridad abre la puerta.

— ¡Vamos allá, chicos, el Centro es nuestro!

El guardia de seguridad les acompaña hasta el despacho de la directora.

— Tenéis que esperar, aún no ha llegado, les comenta con amabilidad señalando unos asientos.

Poco rato después aparece una mujer que, sonriente, se les acerca y les extiende la mano:

— Emilia García, soy la directora de este Centro, vosotros debéis ser los aspirantes a las plazas, supongo. Por favor, llamadme Emilia, pasemos al despacho.

Sin esperar respuesta alguna, abre la carpeta que contiene sendas solicitudes y mira a los cuatro amigos de hito en hito, una especie de escaneo mental intentando saber más de lo que los cuatro aparentan.

— Vuestros currículos son realmente excelentes y vuestro aspecto me gusta. Debo informaros que a lo largo de la mañana tengo algunas entrevistas más y hasta que no termine este protocolo no podré confirmaros nada. Es más que probable que durante la tarde ya haya tomado una decisión. Estad pendiente del teléfono. Esto va más deprisa de lo que a mí gusta, pero un malentendido en el programa de exposiciones está provocando este pequeño caos que sin duda quedará resuelto de forma satisfactoria.

Esa tarde, a primera hora, la directora les anuncia la admisión a los cuatro y les convoca en su despacho urgentemente.

— Os paso este formulario que debéis cumplimentar. Al final se indica una última documentación que tenéis que aportar cuanto antes. La idea es que empecéis dentro de dos días. El miércoles es el montaje de una exposición y se hace necesario que estéis ya funcionando con nosotros. De la exposición no os preocupéis, se encarga una empresa, pero tenéis que familiarizaros con las salas de inmediato. ¡Enhorabuena, chicos! ¡Bienvenidos a bordo!

La directora, en un breve recorrido, les muestra las interioridades del museo, las distintas salas —una de ellas con exposición permanente— y otras dos donde se montará El Secreto de los Espejos, de un artista alemán.

Mario es que es oír la palabra espejo y ya se echa a temblar. Está empezando a parecerle que son demasiadas coincidencias, pero no comenta nada con sus amigos. No quiere implicarlos en un asunto que, probablemente esté empezando a ser un delirio suyo y tampoco quiere que se burlen. Se despiden y quedan para el miércoles. La jornada de trabajo empieza a las siete y media.

Lunes cinco de la tarde.

Cristina y Carlos ya esperan en el bar de Fernando con sendas tazas humeantes. Cuando llega Mario, se le quedan mirando con cierta expectación. Esperan la confirmación acerca del trabajo en el Centro de Arte Contemporáneo. Mario no se hace esperar y les cuenta los pormenores. Los tres lo celebran con risas. Incluso menciona el asunto de los espejos, la exposición, el artista alemán. Carlos se torna un tanto pensativo y le brillan los ojos, ¿aventura a la vista?

Mario entra en el establecimiento para saludar a su amigo y paga los cafés. De camino a la tienda le pide a Carlos que vuelva a relatarle la historia esa del video y del anciano con los ojos abiertos. Le cuesta creer que algo así suceda. La gente ya no sabe con qué sandeces entretenerse para después subirlas a internet.

Una vez en la tienda, colocan los espejos uno frente al otro a suficiente distancia. Carlos pide ser el primero en asomarse. Se mira en el espejo de la derecha; la consabida fila interminable de él mismo. Pero, cuando se gira hacia el espejo de la izquierda, su reacción es de absoluto estupor y pánico. Como si tuviera un resorte en los pies, salta hacia Mario y Cristina con la cara desencajada, pálido, gritando improperios:

— ¡Joder! ¡Mierda! ¡Esto no puede estar pasando! ¡Hay una vieja horrible detrás de mí!

Cristina y Mario se han asustado de forma visible, pero al instante, Cristina empieza a reírse de forma un tanto nerviosa. Cree que Carlos está bromeando y acaba de inventarse lo de la vieja. Pero Carlos insiste:

— ¡Que no, que no, que es en serio! ¡Yo creo que deberíamos irnos ahora mismo de aquí!

— ¡Alto, de aquí no se mueve nadie! — Exclama Mario, también con sonrisa nerviosa.— ¡¿O es que me vais a dejar aquí sólo con este marrón?!

Haciendo alarde de valentía, Mario se coloca entre los espejos y mira directamente en el espejo de la izquierda. Si Carlos ha botado como un muelle, Mario es como si una mano invisible le hubiese dado un brusco empujón. Está pálido y tiene los brazos con piel de gallina. Tirita de puro miedo. Carlos le pregunta por su visión.

— ¡No os lo podéis creer! ¡Esto no está ocurriendo! ¡Detrás de mí he visto un anciano con los ojos cerrados, no parece una amenaza, más bien se le ve tranquilo, pero verlo asomar por detrás de mi hombro…! Creo que se me ha descompuesto el vientre.

Carlos confronta su visión, ahora con más control:

— Me resulta familiar el aspecto de esa vieja. De pronto me he acordado de ‘la vieja bruja de Blancanieves’ que no me dejaba dormir por las noches y me tenía muerto de miedo cuando era pequeño. Carlos guarda silencio y mira a Cristina. Los tres se miran sin saber cuál es el siguiente paso que deben dar. Cristina sospecha que ahora es su turno, pero se ha asustado mucho con la reacción de Carlos y de Mario.

— Venga Cristina, ánimo, te toca —la anima Mario— a ver quién te sale a ti, no nos dejes en ascuas. Sólo son imágenes no te va a pasar nada. Un poco de canguelo y ya está, venga.

Cristina, de carácter más sosegado que sus compañeros, se introduce en el espacio entre los espejos mirando al suelo. Cuando levanta la vista se queda inmovilizada, a punto de dar un grito, pero se contiene, algo llama poderosamente su atención, la muchacha que ve tras ella está completamente cubierta de abejas, sólo se ven los ojos, abiertos, amistosos, le parecen familiares. No soporta más la visión y sale de un salto de entre los espejos. Carlos y Mario están ansiosos por saber, pero Cristina está intentando recuperar el aliento.

Tras relatar Cristina su visión, los tres permanecen en silencio. No saben qué decir. No conocen explicación alguna, salvo una, al unísono: ¡¿estamos viendo fantasmas?!

Mario toma entonces la iniciativa.

— En vista de que ninguno de nosotros tenemos ni puñetera idea de lo que está pasando, creo que lo mejor es que coloquemos los espejos en ese rincón donde estaban e intentemos buscar información por algún medio. Yo no conozco a nadie a quien preguntarle ¿y vosotros?

Ambos responden moviendo con perplejidad la cabeza de un lado al otro.

Carlos propone entonces volver a entrar y grabar un video con su móvil.

— Es por tener una prueba para el caso de que encontremos alguien a quien preguntar— argumenta.

— Creo que es mejor que no juguemos con estas cosas. Hacemos lo que ha propuesto Mario y lo dejamos estar— responde Cristina todavía impresionada.

Una vez en el rincón, Mario les echa una tela por encima.

— ¡Uf! Menos mal que no ha entrado ningún cliente. No quiero ni imaginar lo que habría pensado de nosotros al ver nuestras caras de terror— comenta Mario.

El tiempo pasa de manera tan insólita, ya sólo falta menos de una hora para cerrar. Cristina propone ir a tomar algo y hablar un rato sobre lo que ha ocurrido. Necesita relajarse y también necesita tratar de entender, por poco que sea, qué significa lo que ha visto en ese espejo. Los demás aceptan. Cierran la tienda y se van a la terraza del ‘Quitapenas’.

Apenas transcurridos veinte minutos, aparecen los tres compañeros de Mario.

— ¡Qué pasa Mario!, ¿va todo bien? acabamos de pasar por la tienda y nos ha preocupado verla cerrada, ¿estás bien?

— No os preocupéis todo está bien, o eso creo. Sentaos, tenemos algo que contaros. Ellos son Cristina y Carlos— Responde Mario mientras levanta la mano hacia el camarero, que ya ha cogido una mesa para acoplarla junto a la que tienen.

Tras el relato, los compañeros de Mario miran a los tres alternadamente y se miran entre ellos. En sus caras se adivina que no dan crédito a cuanto acaban de oír. Otro ángel sobrevuela sus cabezas. Es Rosa quien rompe el incómodo silencio:

— Es muy curioso, realmente curioso todo esto que nos contáis. ¿Os acordáis lo que nos dijo esta mañana la directora del Centro sobre la exposición de los espejos? He buscado información en internet. El artista es un tal Wolfgang, alemán, y por lo que he leído, su exposición ha tenido muchísima aceptación en los lugares donde la ha mostrado. ¿No os parece demasiada casualidad?

— Pero Rosa, ¿de qué estás hablando, dónde ves tú la casualidad con lo que nos acaban de contar?— quiere saber Damián— lo más probable es que esa exposición la hace con espejos viejos comprados, de abuelos y tatarabuelos de quién sabe quién y seguro que esa exposición se parezca bastante a un anticuario, disculpa Mario por lo de anticuario, pero es que hay gente que se cree artista y expone cada cosa.

Mario mueve la mano en su dirección restando importancia al comentario.

— Eso se llama prejuicio Damián—, responde Rosa un tanto airada. —En esa información, que no he acabado de contaros, se dice que es un mago de los espejos y que deja a los que acuden a verla con la boca abierta, que hasta que no se presencia no se tiene idea de lo que tienen delante. Algo tendrá esa exposición ¿no?

— Bueno, como vamos a trabajar allí, tendremos oportunidad de comprobarlo en primera línea— intercede Víctor. Lo que sí está claro es que, lo que acabáis de contar me ha dejado un poco tocado. Creo que esta noche no voy a pegar ojo y tendré pesadillas horribles, me conozco.

— ¡Uuuuuuu!— Damián, moviendo sus manos junto a las sienes y con los ojos muy abiertos, ulula en dirección a Víctor con la intención de restar importancia a su temor. Todos ríen.

Miércoles siete y media de la mañana.

El guardia de seguridad acompaña a los cuatro compañeros. Tiene instrucciones precisas para ellos. Antes de nada, les entrega sendas bolsas con el atuendo que deben vestir y les indica un recinto donde cambiarse, una especie de vestuario-cuarto trastero-aseos y lugar de descanso. Pantalones azul oscuro y camisa blanca con corbata, todas las prendas con el logotipo del Centro sobre el bolsillo de la camisa, en el lado izquierdo. Expresan de forma unánime que la corbata está demás, pero todos se la ponen. Tiene un elástico que queda oculto bajo el cuello de la camisa. Rosa argumenta que, de esa manera, los visitantes pueden identificar al personal del Centro por si necesitan información de algún tipo. Sus compañeros asienten un tanto resignados. Acto seguido, el guardia de seguridad les indica a cada uno el lugar que deben ocupar en cada sala, y les recuerda las instrucciones que recibieron por parte de la directora la tarde anterior.

A Mario le asignan la zona donde se encuentra la sala más grande junto a otra adyacente. Ambas están rodeadas de paneles que ocultan el montaje. A las ocho y media comienzan a llegar las personas que disponen la exposición. Voces, ruido de carretillas, golpes, y un trajín ensordecedor invaden el Centro. Todo el mundo parece saber qué tiene que hacer. Mario consulta al guardia de seguridad si abrirán más tarde, nadie les dijo nada al respecto. El guardia le pide que no se preocupe. Las puertas abren a la hora de costumbre. La parte más ruidosa la terminan enseguida. Se les acerca un hombre sonriendo y alargando la mano con intención de saludar:

— Hola, me llamo Wolfgang, soy el responsable de la exposición. En unos minutos comenzamos la distribución del material, es relativamente silencioso. Por favor controlen al máximo la curiosidad de los visitante, la importancia de esta muestra radica precisamente en la sorpresa. Muchas gracias.

Por su aspecto nórdico y el visible acento, Mario concluye que se trata del artista alemán.

Son las diez. Un nuevo guardia de seguridad acaba de incorporarse. Mientras uno abre las puertas del Centro, el otro toma posición en el lugar estratégico para la vigilancia: “Control de Seguridad”. Un cartel indica el paso obligatorio por el arco detector y el escáner para bolsas, bolsos y mochilas

Mario ve acercarse a Rosa. Es su relevo para el tiempo de desayuno. Mario le transmite las instrucciones del alemán y se aleja a toda prisa. Dadas las condiciones del trabajo, no disponen de mucho tiempo, la falta de personal les impide disfrutar de la media hora reglamentaria. Se les compensará, les dijo la directora. Con esa exposición tan próxima en el tiempo, no son posibles más contrataciones, de momento.

La mañana transcurre con absoluta calma. Los visitantes son escasos. La mujer de la limpieza acaba la tarea de pasar la mopa y guarda los utensilios en el cuartillo.

A la una y media, uno de los vigilantes se dispone a cerrar las puertas, mientras que su compañero recorre las salas invitando a los visitantes a abandonar el Centro. Abrirán nuevamente a las cinco y media de la tarde.

Mario se reúne con sus compañeros en la salita. Tienen dudas sobre qué hacer con el tiempo del almuerzo. Algunos de ellos viven lejos, tal vez no compensa ir y volver, eso sin contar el gasto de autobús y Mario hoy no ha traído la bici. Damián propone que tal vez lo mejor es pedirse un bocata o alguna ración para compartir en la terraza que está a dos pasos de allí, así tienen más tiempo para descansar. Mientras salen de la salita, se cruzan con el artista alemán. Se detiene un instante para saludar y les comenta que ellos siguen con la tarea, deben dejar lista la exposición a la hora del cierre del Centro. La inauguración es mañana jueves.

Rosa, en un arranque de curiosidad, le pregunta al alemán qué piensa acerca de las imágenes que algunos afirman que se les aparece por detrás cuando se miran en un espejo. El artista alemán les brinda una amplia sonrisa y una respuesta que no esperan:

— Muchas veces son invenciones de la gente para tener algo que contar en las redes, pero son muchas más las ocasiones en que esto sucede de verdad. ¿Habéis oído hablar alguna vez de los seres inorgánicos? Es largo de explicar pero haberlos los hay. ¡Oh! perdonad, no me he presentado, me llamo Wolfgang Amadeus…

Los cuatro compañeros, que están con la boca abierta desde que el artista comienza a hablar, ahora además, están estupefactos y expectantes esperando oír el segundo apellido.

El alemán prorrumpe en una sonora carcajada al contemplar las caras de los cuatro.

— Os pido disculpas, me pasa con todo el mundo. No puedo resistirme a imitar al agente 007 cuando hace su presentación, ya sabéis, esa pequeña pausa antes de decir su nombre, sólo que yo lo hago con el segundo apellido. Si vierais las caras que habéis puesto. Mi segundo apellido es Schneider, Wolfgang Amadeus Schneider, nada que ver con el gran músico. Todos le ríen la gracia. Pero Wolfgang se torna circunspecto y se dirige a Rosa mostrando más interés por la pregunta. Los cuatro se miran con complicidad e intuyen de manera simultanea que esta puede ser una magnífica oportunidad para consultar con un experto en espejos. Como si se entendieran mentalmente, Mario comienza el relato del espejo del anticuario sin omitir un solo detalle. Todos miran a Wolfgang con cierta ansiedad esperando una reacción.

— Chicos, se me acaba de ocurrir una idea. Puede que parezca un tanto descabellada, pero puede ser un gran pelotazo en esta exposición. ¿Podemos vernos después y hablarlo?

— Nosotros vamos a tomar un bocata a pocos metros de aquí— ataja Damián— ¿por qué no te vienes?

Wolfgang duda un momento, —doy un par de instrucciones a mis compañeros de montaje. Queda muy poco, no creo que suponga algún problema. Esperadme.

Una vez en la terraza Wolfgang les pone al corriente:

— Mario, ¿es posible que me cedas los dos espejos para exponerlos? Estarán en el último lugar del recorrido, algo así como la guinda de la tarta, o como se diga. Te puedo pagar algo en concepto de alquiler si te viene bien, y si algo le pasa a alguno de ellos, yo me hago cargo de los gastos, tienes mi palabra.

Los compañeros de Mario le miran con expectación moviendo compulsivamente la cabeza de arriba abajo en un claro gesto de aprobación. Mario valora mucho la sensatez de sus compañeros, aunque en esta ocasión parece ser cualquier cosa menos sensato.

— Pero, ¿así, sin más, sin comprobar que lo que te contamos es cierto?¿Y si no funciona con la gente? ¿Y si no curre nada cuando se pongan delante?

— Confío totalmente en lo que me contáis. No pasa nada. Siempre queda el recurso de verse multiplicado hasta el infinito, seguro que hay mucha gente que no ha tenido esa experiencia.

— Vale, para cuando los quieres— interpela Mario. La respuesta es inmediata:

— Para ahora mismo. Deben quedar expuestos esta misma tarde. Ya sabéis que mañana es la inauguración. El Centro no abre de nuevo hasta las cinco y media, tenemos tiempo de sobra, lo digo por vosotros que tenéis que trabajar esta tarde. Entre todos los cargamos en mi furgo y estamos de vuelta en un periquito.

¡Periquete! —corrige Rosa— pe-ri-que-te. Pues venga, a qué esperamos, nos terminamos el bocata por el camino. Esto va a ser increíble ¿no os parece?

En apenas veinte minutos, ya están en la tienda envolviendo concienzudamente los espejos con unas mantas un tanto desgastadas. El vehículo está estacionado en la calle adyacente. Introducen la preciada carga y se ponen en marcha. Cuando los compañeros de Wolfgang se llevan los espejos al interior, aún les sobra tiempo para volver a la terraza y tomar café. El frenesí con que han hecho el traslado de los espejos, les ha dejado un tanto exhaustos. Se piden una porción de tarta para acompañar el café.

Miércoles cinco y media de la tarde.

La tarde transcurre con total normalidad. Mario siente la incontenible tentación de mirar por una de las rendijas entre los paneles, pero recuerda las palabras de Wolfgang y se contiene. Hecha una mirada a su móvil y ve una llamada perdida. Es de Carlos. Por la hora deduce que fue durante el tiempo de descanso. Carlos sabe por Mario que en horario de trabajo deben tener los móviles apagados. Nada de llamadas ni mensajes. Se guarda el teléfono antes de que alguien le sorprenda. Ya llamaré cuando salgamos, se dice a sí mismo.

Miércoles ocho de la tarde.

El protocolo del cierre del Centro se pone en marcha. Tras cambiarse de ropa, los cuatro amigos se dirigen hacia la salida, saludan a los vigilantes y salen al exterior. Fuera, a poca distancia están Wolfgang y sus compañeros de montaje que les saludan jovialmente. Todos parecen realmente contentos. Una vez más han logrado su cometido en el montaje de la exposición.

Pero Mario no sonríe. Con la mirada les interroga uno a uno buscando algún indicio en relación al espejo de las apariciones. ¿Se habrán mirado en ese espejo? Wolfgang percibe su inquietud. Le toma del brazo y le aparta unos metros del grupo.

— No debes preocuparte, ese espejo sólo funciona cuando tiene al otro enfrentado, y yo me he ocupado de situar los espejos y de que ninguno de los compañeros se asomara.

— Entonces ¿lo has visto? ¿Lo has comprobado?— Interpela nervioso Mario.

— Si, sólo fue un instante, pero me sacudieron los demonios. ¡Verdammt noch einmal! No me gustó lo que vi. Despertó en mí ciertos recuerdos bastante desagradables. Ese espejo tiene la propiedad de mostrar al observador evocaciones confinadas en la memoria, generalmente desagradables, insufribles, a cada cual la suya, pero, como te digo, no funciona sin el otro espejo enfrente, parece como si la imagen aparecida necesitara del otro espejo, aunque no se refleje en él. Sumamente curioso y excepcional. No he visto cosa igual en mi vida. ¡Mein Gott! He recorrido países no sólo buscando espejos raros para mi colección, sino las historias que los acompañan. Veremos a partir de mañana qué sucede. La exposición es una muestra de prestidigitación basada en los espejos, un divertimento, de modo que, cuando el visitante llegue a este punto, se lo tomará como un truco, como una ilusión óptica muy sofisticada. Seguro que todo va a ir divino. ¡Ah! Otra cosa. En cuanto haya oportunidad os confesaré lo que sé de los ‘inorgánicos’, como os dije. Tener las cosas claras es importante, aunque este asunto nos sobrepase a todos.

Todos se despiden entre sí. Mario y sus compañeros deciden irse a casa. Se sienten un tanto fatigados. No les apetece ir a tomar algo. Mario recuerda la llamada perdida de Carlos y le llama. Le cuenta el asunto de los espejos y le recuerda que mañana jueves es la inauguración, por si quieren acercarse a verla. Tendrá que ser a partir de las once. Antes hay un protocolo con la asistencia de autoridades locales que ofician el acto de apertura. Se prevé que la exposición dure un mes, aunque algo me dice que no va a ser tanto tiempo. Carlos, que ya intuye lo que Mario quiere decir, activa el altavoz y comenta lo que piensa. Cristina con él, ambos coinciden en la idea:

— Creemos que deberías deshacerte de esos espejos cuanto antes, y mira, ahora que los tiene ese artista alemán, pues nada, que se los quede. Puedes llegar a algún acuerdo con él y ganar un dinerito, que seguro te viene de perlas ¿no?

— Es horrible lo que te devuelve ese espejo, es terrorífico— agrega Cristina —de verdad, creemos que eso sería lo mejor. De todos modos iremos a la exposición, tenemos mucha curiosidad, pero lo de pasar de nuevo por el espejo, ni hablar, yo al menos me salto esa parte.

Tras la despedida, Mario se encamina hacia la parada del bus. Aún no se decide a venir al trabajo en bici, pero lo hará, sin duda. Todavía hace calor y llegar sudando al Centro no le parece lo más adecuado.

Jueves siete y media de la mañana.

Cuando el guardia de seguridad abre para la entrada del personal, la directora ya les espera para repartir instrucciones:

— Como sin duda sabéis, el Centro se abre a las once para el público. En torno a las diez viene un pequeño séquito de la Autoridad Municipal. Yo misma junto con Wolfgang, el artista, explicamos someramente el contenido de la exposición, unas palabras —supongo que del Alcalde— las consabidas fotos de la prensa local y ya está. El protocolo es siempre más o menos el mismo, esto no es el Museo del Prado. Nada más. Cualquier duda que os surja me lo consultáis a mí en persona. ¿Alguna pregunta? Rosa levanta la mano.

— Emilia, ¿estas personas hacen el recorrido de la exposición?

— Creo que no Rosa ¿te preocupa que eso ocurra?, normalmente vienen con el tiempo muy ajustado. Son personas con una agenda muy estricta. Es una presencia para dar relevancia al evento y punto.

— Sólo es curiosidad, Emilia.

Todos marchan al vestuario para cambiarse. Una vez en el cuartillo, dan rienda suelta al nerviosismo que llevan conteniendo desde hace un rato. Víctor, el más aprensivo de los cuatro, comenta que tiene el vientre algo alterado, lo que provoca la risa de los demás. Pero él no está para bromas. Rosa le recomienda una tisana de tila con manzanilla. El primer día descubrió en un pequeño mueble un calentador de agua, algunos paquetes de infusiones diversas y hasta un paquete empezado de café cerrado con una pinza de la ropa. Sin esperar respuesta, se pone a calentar un poco de agua y le prepara el bebedizo. Víctor lo bebe de buena gana y todos se relajan visiblemente. A continuación cada uno se dirige a su puesto de trabajo.

Wolfgang ya anda trajinando entre los elementos de la exposición revisando detalles de última hora. Saluda a Mario desde el extremo de la sala.

— ¡Hola Mario! ¡Qué, ¿preparado para el acontecimiento del siglo?

— ¡Del siglo…del milenio…y qué se yo…! Estamos muertos de miedo, te lo aseguro.

— ¡Venga, hombre, que no es para tanto! ¡Ya veréis como todo sale perfecto!

Justo en ese momento asoma la directora.

— ¿Pero qué son esas voces tan temprano? ¿Qué os traéis con eso del miedo y el acontecimiento del siglo?, me ha parecido escuchar.

— ¡Bah! No te preocupes Emilia, cosas nuestras, cosas de artistas.

— ¿Artistas? Mario, no tenía ni idea de que fueras artista…qué sorpresa.

— No, no…si yo no…lo que sé de Arte es lo que he aprendido en los manuales de la facultad, nada más.

— Bueno chicos, relajaos, ya sé que hoy todos estamos un poco alterados, siempre ocurre cuando inauguramos. Dentro de un rato volvemos a la normalidad de cada día.

Jueves diez de la mañana. Inauguración.

Agentes de la policía local hacen acto de presencia. Eso significa que detrás viene la comitiva. La directora les aguarda en la entrada. Unos metros más allá está el artista alemán. Tras los saludos de rigor, se aproximan a la sala donde comienza el recorrido de los espejos. Los paneles ya fueron retirados y ahora se tiene una visión más global de lo que allí se ha montado. Un sistema de cintas en paralelo a la altura de la cintura y un ancho que sólo permite el paso de una persona, delimita y señala el recorrido establecido. Es el turno de Wolfgang que, junto a la directora, comienza la ilustración de su obra.

Explica en primer lugar el inicio del recorrido, el “Rincón Egipcio”. Aunque es una hipótesis que no se ha podido demostrar, se cree que los antiguos egipcios llevaban la luz del sol hasta lo más recóndito de las construcciones donde trabajaban utilizando espejos que reflejaban la luz de uno a otro. Hay dos filas paralelas de siete espejos cada una enfrentados entre sí. Miden unos setenta centímetros de altura y con el ángulo preciso para que desde el primer espejo, la luz se refleje en el siguiente de enfrente y así sucesivamente, hasta manifestar sobre un lienzo blanco que cuelga en la pared una imagen turbadora y de aspecto antiguo, de color sepia. Parece el daguerrotipo de alguien que hubiese fallecido hace tiempo. Lo inquietante es que al principio de la fila de estos espejos no hay nada que permita ser reflejado; tampoco se aprecia proyector de ningún tipo.

La siguiente muestra se identifica con un rótulo que reza “Espejo con Memoria”. Se trata de un espejo veneciano con moldura de estilo clásico en cristal de roca tallado, muy elaborado. El visitante se sitúa a dos metros de distancia y mira su reflejo durante unos segundos. Al retirarse, observa cómo su imagen permanece unos instantes sobre la superficie del vidrio.

El “Espejo Fiel” es otra curiosidad que también causa asombro en los presentes. Dos espejos rectangulares de unos sesenta por treinta centímetros, unidos en ángulo recto por el lado más largo que, con un mecanismo oculto, gira lentamente. Delante, a poca distancia, una peana de madera sostiene una pequeña escultura que representa una venus. Cuando los espejos están en situación vertical, reflejan la venus en las caras de los espejos, pero cuando los espejos adoptan la posición horizontal, la imagen aparece invertida entre los dos espejos. Uno de los más llamativos es el que refleja un lienzo pintado al óleo. El cuadro está girado del revés. Tiene un pequeño orificio por donde ha de mirar el visitante y ver mostrado en el espejo la obra pictórica con un realismo inaudito, además de un efecto tridimensional inesperado.

Transcurre la presentación ante espejos que causan asombro, espejos cóncavos, convexos, de estilos muy variados y con apariencias que van desde lo tenebroso del espejo azteca de obsidiana hasta lujosos y luminosos espejos isabelinos, cada uno con su singularidad y su misterio que toca al visitante desentrañar con la imaginación. Al final del recorrido y a modo de salida están los dos espejos de Mario, enfrentados a metro y medio de distancia. Un cartel avisa: “Espejos Paralelos”. Mirar primero el espejo de la derecha, después, el de la izquierda”.

La comitiva parece unánime en sus manifestaciones de asombro y felicitan al artista y a la directora. Sin duda es una exposición magnífica y muy interesante. Aún no han salido del recinto cuando ya entran los primeros visitantes. Mario, como responsable de esa sala, les indica el procedimiento del recorrido. La directora le pide a Víctor que acompañe a Mario como refuerzo, parece que la mañana va a estar concurrida. En ese momento ve entrar a Carlos y a Cristina. Pasan por el control y se acercan a su amigo. Se saludan y quedan a la hora del cierre.

Los espectadores inician el trayecto y comienzan a verse los primeros gestos de asombro. “El Círculo”, está formado por diez piezas con moldura de forja que alternan el espejo cóncavo y el convexo con sutiles diferencias en sus curvaturas. El observador, al girar sobre sí mismo, se descubre en una secuencia de cómicas transformaciones que les provoca la carcajada. La fiesta está servida. En pocos minutos crece el bullicio, los comentarios, las risas y el grito final. Lo que cada persona ve en los espejos de la salida, resulta imposible de narrar. A medida que salen del recorrido, se forman corrillos donde cada cual —bastantes de ellos con la cara desencajada—, intentan describir lo que acaban de ver. Con risa nerviosa tratan de ocultar el miedo que acaban de experimentar y concluyen que eso no es más que un truco. Mario, desde su puesto, no les quita ojo, está preocupado por lo que pueda suceder. Distingue a Wolfgang, que está haciendo lo mismo y al cruzarse sus mirada, éste le hace un guiño de complicidad. Todo va bien.

De repente, unos gritos desaforados invaden el recinto. Todos miran hacia el final del recorrido. Una señora vestida de rojo destaca de entre la gente que se agolpa junto a los dos espejos. La señora gesticula gritando improperios, maldice, insulta, parece fuera de control. Uno de los vigilantes y Mario mismo se acercan para controlar la situación. Al poco acude la directora y entre todos tratan de calmar a la mujer y averiguar que sucede. La mujer no quiere hablar con nadie. Se abre paso a empujones hasta la salida y se pierde en el exterior. Cuando vuelve la calma, la directora demanda del vigilante y de Mario una explicación sobre lo sucedido. El vigilante argumenta que seguramente se trata de una persona histérica que ha visto algo que le ha asustado. Pues como no sea su cara, añade con sarcasmo. La directora le dedica una mirada de amonestación. En cuanto a Mario, que se ríe con la ocurrencia del vigilante, se encoge de hombros y dice no tener ni idea, mientras palidece visiblemente, cosa de la que nadie se percata.

Jueves una y media de la tarde. Hora de cierre.

Una vez en la calle, Wolfgang se reúne con Mario y sus compañeros. Carlos y Cristina, que hace ya un rato que han salido, se unen a ellos. Desconocen los detalles de lo que ha sucedido dentro. Les comentan el episodio de la señora de rojo. Algo en sus miradas denota que algo así cabría de esperar.

— Confío en que la directora o los vigilantes no sepan nada sobre nuestros espejos. Hay que aguantar todo lo que se pueda. Lo de esta mañana es una raya en el agua y, además, creo que eso le da más emoción a la exposición, ¿no os parece?— argumenta Wolfgang.

Mientras cada cual aporta su opinión, Carlos y Cristina cogen del brazo a Mario y se distancian un poco del grupo. Quieren saber algo sobre la sugerencia que le hicieron acerca de desprenderse de los espejos. Mario no las tiene todas consigo todavía. Decide que es mejor esperar un poco. Pero tiene claro, que si sucede algo parecido a lo de la mujer de rojo, no se lo va a pensar dos veces.

Tras este improvisado debate, todos acuerdan ir a comer algo a la terraza próxima al Centro, donde prolongan su parlamento.

Jueves cinco y diez de la tarde.

El grupo se dispone a entrar en el Centro para la jornada de la tarde. Se quedan pasmados ante la cola de visitantes que ya espera cerca de la entrada. El ambiente es de bullicio y expectación. Parece evidente que se ha corrido la voz a través de las redes y todo el mundo quiere estar en primera fila. Wolfgang no parece tan sorprendido como los demás, aunque confiesa que no lo esperaba tan pronto:

— ¡Mein Gott! El mismo día de la inauguración; esto si que es una pasada. ¡Chicos tengo un púlpito con esta exposición. Creo que va a ser inolvidable para muchos y muchas. Rosa, a quien le encanta corregir el habla del alemán le increpa sonriente:

— ¡Pálpito, Wolfgang, se dice pálpito!

— ¡Scheise!, creo que nunca voy a aprender las expresiones raras de vuestra lengua, pero todos lo entienden ¿verdad?

Carlos y Cristina deciden ponerse en la cola. Con el ambientazo que hay y como esta tarde no tienen nada mejor que hacer, deciden repetir la experiencia. Ellos también tienen un pálpito.

Jueves cinco y media de la tarde.

La cola de visitantes comienza a moverse lentamente. Un nuevo guardia de seguridad se incorpora a los dos existentes. Su misión es chequear a las personas sin bolsos o mochilas que van entrando con el detector de escáner portátil. Cuando el aforo se cumple, han de pausar la entrada unos momentos. Al igual que en la mañana, los espectadores que van saliendo forman cerca de la salida grupos heterogéneos que comentan sus experiencias.

Esta tarde es Damián quien acompaña a Mario en la sala. Les faltan ojos para abarcar el movimiento de tanto público de un lado para otro. Dentro de sus funciones también está el de vigilar y estar atentos a las demandas de los allí presentes. Mario detiene su mirada en una mujer que acaba de pasar el control de la entrada. Viste un traje oscuro de falda y chaqueta, gafas oscuras y porta un bolso un tanto voluminoso colgado del hombro izquierdo. Hay algo en esa mujer que le resulta muy familiar pero no acierta a recordar qué es. La mujer pasa ante él muy seria y con el paso seguro, con determinación, mirando siempre al frente, sin mostrar curiosidad por cuanto la rodea. Hay algo anómalo, cavila Mario. Se le despierta el instinto y resuelve prestar atención a su trayecto. La mujer comienza el recorrido pendiente sólo de la persona que va por delante y avanza a medida que ésta lo hace. Parece a todas luces que no le interesa nada la exposición. A ratos parece sonámbula. Mario mira a su alrededor. Nadie parece darse cuenta de lo que sucede y comienza a inquietarse. Damián está en el otro extremo de la sala y en ese momento le da la espalda. No tiene a quién acudir. Presiente algo siniestro pero no está seguro de qué puede ser. Si acude a los vigilantes tendrá que dejar su puesto y además, no es probable que acudan a tiempo. Por otra parte, qué les va a contar a los guardias de seguridad. Se da cuenta de que no tiene nada, sólo especulaciones mentales. Opta por quedarse un poco más donde está y sigue los pasos de la mujer que ya está próxima a la salida.

Nadie consigue explicarse todavía —ni siquiera los vigilantes, auténticos profesionales en su trabajo— cómo esa mujer consiguió colar el bolso con ese objeto dentro. Resulta incomprensible, pero así es. La señora vestida con traje oscuro y que tanta inquietud suscita en Mario, llega al final del trayecto. Se sitúa entre ambos espejos. Mira de frente el espejo de la izquierda, el de tonalidad verdosa, permanece paralizada, imperturbable. A Mario se le detiene el tiempo y la respiración, sabe qué va a pasar, como si hubiera ido y vuelto del futuro en segundos. Justo en ese momento, la mujer abre su bolso y saca un ladrillo macizo, que sin pensarlo un instante estampa contra el espejo con estruendo de vidrios por la sala. Por un instante, el silencio se apodera del lugar, dando paso a gritos, carreras y gente distanciándose de ese punto. Los guardias reaccionan al instante y reducen a la mujer que no ofrece absolutamente ninguna resistencia. Se la llevan a una dependencia aparte a la espera de que acuda la policía.

Mario y Damián deciden sacar a los visitantes del recorrido y acordonar la zona de los cristales. Aparece la directora y conviene con los vigilantes y con Wolfgang que el Centro debe ser desalojado y cerrada la Exposición hasta nuevo aviso. Mario y Damián ha ido a buscar utensilios para recoger aquel desastre, antes de que alguien se lastime. Cristina y Carlos se ofrecen a echarles una mano. Consiguen una caja de cartón resistente y van depositando con extremo cuidado los pedazos más grandes primero, luego con cepillos agrupan las partes más pequeñas y con un recogedor las vierten en la caja. La caja resulta inopinadamente pesada. La trasladan entre Mario y Carlos a un cuarto adyacente al que tienen como vestuario. El marco de madera de nogal lo portan Wolfgang y Damián; también resulta inesperadamente pesado.

La pesadumbre flota sobre el grupo. Todos manifiestan a la directora del Centro su aflicción con el temor visiblemente reflejado en sus rostros, porque todos menos ella conocen el secreto de la luna que acaban de hacer añicos. Víctor se muestra más aprensivo que ninguno:

— Y ahora qué. ¿Se cumplirá la maldición de los siete años? Esto podría afectarnos a todos ¿no? Sé que puedo estar diciendo algo estúpido pero, dadas las circunstancias…pues eso, que tengo el canguelo metido hasta el tuétano.

— Escucha bien, Víctor, escuchad bien todos— ataja Wolfgang—. Lo de los siete años es una auténtica chorrada, no hay nada por lo que preocuparse. Entre los siglos quince y dieciséis, en Venecia, los ricos inventaron ese miedo para los sirvientes. Los espejos de entonces eran muy costosos, así pues les amenazaban con que tendrían que estar todos esos años pagando con su trabajo el espejo que rompieran. Con el paso del tiempo, la gente lo convirtió en superstición y con esas andamos todavía ¡ Ich scheisse auf alles!— Cuando Wolfgang exclamaba algo en alemán, todos sabían que no debían solicitarle la traducción.

A la directora le sorprendieron las palabras de Víctor.

— Oye Víctor, ¿a qué circunstancias te refieres? ¿Es que hay algo que deba saber y no me habéis contado?

Víctor enmudece y mira a los demás. Tiene totalmente claro que ni una sola palabra saldrá de sus bocas. Mueve de forma negativa la cabeza y responde que no hay nada que contar. Simplemente se ha puesto nervioso con el desagradable incidente. Justo en ese momento llega la policía y la directora va a su encuentro para tratar el asunto de la señora que rompió el espejo.

Se despiden unos de otros. Mañana será otro día y ya se verá lo que se hace con la exposición.

Cuando Wolfgang se dirige a la salida, Mario le retiene un momento.

— He decidido que te quedes con el espejo superviviente y con el marco de nogal del que han destrozado, tal vez te sirvan en algún momento para cualquier muestra que organices. Ya no quiero tener nada que ver con esas lunas, te las quedas y punto, y no te preocupes por el precio, decido regalártelos y ni mil palabras más ¿de acuerdo mein Freund?

Wolfgang le sonríe abiertamente mientras agradece el gesto y manifiesta su asombro por las palabras en alemán.

— ¡Bah! No tiene importancia, forman parte de las nueve o diez palabras que conozco de tu lengua. Se abrazan y se marchan.

Viernes siete y media de la mañana.

Todos acuden puntualmente al Centro. La directora asiste unos minutos mas tarde y les convoca a todos en el hall, también a los guardias de seguridad, por supuesto.

— He consultado con la Gerencia de este Museo y las órdenes son las de continuar con la exposición, eso sí, sin los espejos del final del recorrido. Por cierto, la mujer que ayer estampó el ladrillo contra la luna, le explicaba a la policía muy alterada y algo arrepentida, que fue un arrebato, que cuando se miró en el espejo se le apareció por detrás la imagen de un hombre que conocía. Que ese hombre la había maltratado hacía años, y que también hacía años que había muerto. Estaba muy alterada, abatida. Sentí mucha pena por ella.

Todos escuchan el relato con el corazón encogido. Damián hace de portavoz de los demás y concluye que seguramente a la mujer no le pasará nada. Después de todo se trata nada más que de un espejo. Pero un poco tocadilla si parece que está, remata con su habitual sentido del humor.

Disuelta la asamblea, Mario y sus compañeros se dirigen al vestuario. Wolfgang se separa del grupo y se acerca al cuartillo donde guardaron los restos de vidrio, el marco de nogal y el otro espejo. Algo se le ocurrirá con ese material, piensa. El artista alemán sabe y conoce cosas e historias asombrosas del mundo de los espejos. Viaja lo indecible y de cada uno de esos viajes siempre trae consigo alguna pieza rara, primorosa, nunca vista. Tiene un almacén en un polígono industrial donde guarda sus adquisiciones, las restaura y las deja listas para cualquier exposición que se le presenta.

Llegados a este punto, se hace necesario describir lo que aconteció durante la noche y sin testigos en ese cuartillo:

‘La caja con los restos vuelca desparramando los pedazos de cristal por todo el suelo. Acto seguido y muy lentamente, cada porción de vidrio atrae, como si estuviera magnetizado, a la porción adyacente, se acoplan, se sueldan entre sí. Al cabo de un tiempo, que resulta imposible de calcular, todas las partes, hasta las partículas más diminutas, se unen entre sí regenerando el espejo en su totalidad. “La regeneración de los cristales”, teoriza más tarde Wolfgang’.

Cuando el alemán entra y ve el espejo en el suelo cuan largo es, sin el más mínimo arañazo o desportillado, impecable, mira, busca e indaga por cualquier pista que le ofrezca un explicación. Conoce cosas extraordinarias pero esto… sencillamente le cuesta creer y entender lo que tiene a sus pies. ¿Realmente existe la magia, o se trata de un fenómeno de la física que nadie ha descubierto todavía. Sin embargo no se demora ni un instante. Hay que actuar con urgencia. Coloca el marco de nogal en el suelo y con habilidad y no sin cierto esfuerzo encaja el espejo. Lo precinta por detrás para que no se salga y lo envuelve con las mantas con las que llegaron al Centro. Hace lo mismo con el otro espejo. Después solicita la ayuda de algunos de sus colaboradores y por el acceso de carga y descarga, llevan el asombroso cargamento hasta la furgoneta. Wolfgang toma la decisión de no contárselo a nadie. Es su secreto. Un misterio insondable que de momento no se atreve a compartir.

Regresa sudoroso y algo nervioso. Ve a sus amigos que pronto ocuparán su respectivos puestos en las sala. Se acerca a Mario y le comenta el traslado de los espejos:

— Oye Mario, quiero agradecerte nuevamente el obsequio. Ya forman parte de mi asombrosa colección. Has de saber que tus espejos van a ocupar un lugar de honor.

— Querrás decir espejo, en singular— responde Mario extrañado.

— No, he dicho bien, espejos. Es que también me llevo la caja con los restos del que han roto. Con fragmentos de espejos suelo hacer composiciones que suelen gustar mucho.

Mario acepta la explicación y se va a su puesto de trabajo.

Transcurre el tiempo de la exposición que se estableció desde un primer momento, aunque, eso sí, sin sobresaltos. Todo llega, todo se acaba y la muestra de los espejos asombrosos es desmontada. Las salas quedan vacías, en espera de ser ocupadas nuevamente por algún evento artístico capaz de sorprender una vez más al público. Tanto el personal a las órdenes del alemán como el artista mismo se han marchado. Todos quedan muy extrañados de que Wolfgang se fuera sin despedirse. Tampoco les ha contado lo de los seres inorgánicos que prometió. Es bastante raro este hombre. Bueno, sus razones tendrá, concluyen.

Mario y sus compañeros continúan con su trabajo hasta el final del contrato. Comentan asiduamente el misterio que comparten acerca de los espejos, también con Cristina y con Carlos, que ya participan de una estrecha amistad. En ocasiones especulan con el futuro. ¿Estará gestándose alguna nueva y misteriosa aventura?...…”Pero esa es otra historia que debe ser contada en otra ocasión”.

(“La Historia Interminable” de Michael Ende)