A primera hora de la mañana del 27 de noviembre de 2023, un libro yacía en el suelo de nuestro estudio en medio de un pequeño charco de una sustancia de apariencia pegajosa, negra y brillante. Todavía sin la dosis de cafeína que permite que suban del todo los estores de los ojos, lo primero que opinó mi cerebro es que se trataba del asesinato de un libro. Pero, ¿se puede matar a un libro? ¿Se puede asesinar a un texto de esa envergadura, con tantas páginas, grueso y sólido? La voz interior reaccionó con un montón de preguntas ante la súbita e irracional opinión de mi adormilado cerebro. El libro tirado en el suelo, probablemente caído del estante por causas que no acertaba a conjeturar, era un ejemplar del 1Q84 (libros 1 y 2) de Haruki Murakami. No se veían por parte alguna objetos punzantes que pudieran haberle causado al libro semejante herida. Concluí conque estaba necesitando una buena taza de café humeante, porque, en realidad, no había signos de lesión en el libro. Lo volteé con sumo cuidado: tampoco la tapa que daba al suelo presentaba daño alguno. La inquietud, lo inverosímil y lo misterioso de la situación se estaban apoderando de mi mente, cada vez más confusa. Justo en ese instante entró mi mujer en el estudio, con los ojos muy abiertos y expectantes ante la contemplación de lo que tenía ante sí. Le conté de forma sucinta el hallazgo y mis elucubraciones. Se agachó para ver de cerca el tomo “malherido” e hizo un descubrimiento sobrecogedor: el libro “sangraba”, desde más o menos la mitad de sus páginas. “Sí, este líquido negro, brillante y algo viscoso es su sangre; la tinta con la que se imprimió”, concluyó categóricamente. Con sumo cuidado acertó a abrir el libro por la página por la que parecía desangrarse. Si para entonces la confusión aguijoneaba de forma despiadada mi cabeza, lo que vimos nos hizo dar un respingo hacia atrás poniéndonos en pie. Mudos de espanto nos pusimos a balbucear: “página 462, cuando Fukaeri conoció a la Little People y la obligaron a guardar aquel secreto.”
Nada se nos ocurría en ese momento que pudiéramos hacer. Dejamos el libro como estaba y fuimos a la cocina a preparar café. Sólo café. El nudo que se nos había formado en la garganta nos impedía tomar cualquier alimento sólido.
Entonces surgieron las preguntas casi al unísono:
— ¿Has visto lo mismo que yo?...¿La grieta?... ¿Y esas...?
Si. Las habíamos visto los dos, y teníamos la absoluta certeza de que no se trataba de una alucinación colectiva: en la página de la derecha —la 463—, se apreciaba una sutil fisura de la que emanaba de forma muy, muy lenta, el hilo finísimo de la sustancia negra y brillante. Esto no fue todo: al separar algunas páginas de más abajo, el papel se había tornado blanco, salvo pequeñísimas motas negras que aún no se habían licuado. Pero lo que realmente nos hizo dar el salto hacia atrás fue algo mucho más espeluznante.
A pesar del estado nervioso en el que nos encontrábamos, sorbíamos lentamente el café sin atrevernos a ponerle palabras a lo que acabábamos de ver. De soslayo mirábamos en dirección al estudio, hacia el libro caído y ensangrentado, con el temor de que en cualquier momento tuviese lugar algún evento aterrador. No salimos corriendo en el instante de la visión porque, en algún recóndito recodo de nuestro interior ambos habíamos tenido la certeza de que “aquello” no era posible que estuviera sucediendo. O sea, que tal vez sí habíamos visto “algo” que no debíamos y que ahora nos costaba procesar. Sin embargo fue tan real...
Había pasado un buen rato. Estábamos acabando la segunda taza. El libro seguía donde estaba y nada anormal sucedía, de momento. En las noticias de la radio comentaban que esa misma mañana se iniciaba la fase de la luna llena, a la que llamaron la Luna del Castor. Esto no nos inquietó en el momento. Seguíamos dándole vueltas a lo que ambos vimos en aquella página 463, la fisura, la tinta que sangraba y...lo más aterrador: esas dos manos diminutas, del tamaño de las letras impresas, tratando de separar ambos lados de la grieta, presumiblemente para abrirse paso. Debía resultarle difícil, pues a pesar del aparente esfuerzo, la fisura no cedía lo más mínimo. “Sería cuestión de tiempo”, dije en voz baja. Convinimos, que esas manos tan extraordinariamente pequeñas, pero perfectamente bien definidas, debían corresponder a algún miembro de la Little People, la que Haruki menciona en su libro y la describe como criaturas perversas y dañinas. No acertábamos a encontrar otra explicación. Y si era tal cosa lo que estaba acaeciendo... ¿qué iba a ser lo siguiente?
No habíamos acabado de comentar este asunto cuando oímos un fuerte golpe procedente del estudio. El estupor nos puso en pie. Desde nuestra posición vimos que otro libro acababa de caer al suelo. Tardamos en reaccionar ante este nuevo acontecimiento. Nos miramos. Supimos al instante que debíamos acercarnos a comprobar lo que hubiera de ser comprobado. Muertos de miedo nos quedamos mirando al nuevo ‘cadáver’. En pocos minutos, la sustancia viscosa comenzó a deslizarse bajo éste. Se trataba, en esta ocasión, del grueso volumen de La montaña mágica, de Thomas Mann. Nos dio la impresión de que parecía gustarles los libros gruesos, donde podían horadar a placer. La prospección parecía ser, entre otras de sus previsibles maldades, la actividad preferida de la Little People.
Volvimos a repetir el gesto de abrir el libro por la página sangrante, y de nuevo, la visión de unas pequeñas manos queriendo separar los lados de la fisura nos hizo retroceder. No había dudas. Esas incomprensibles criaturas habían elegido nuestros libros para abrirse paso a nuestro mundo. ¿Estaría pasando lo mismo en otras casas, otras estanterías, con tomos gruesos e infinidad de palabras? Si eso estuviera pasando estaríamos ante una invasión de proporciones inimaginables. Por diminutas que sean esas criaturas, si se presentan por miles, o por millones, no me atrevo a imaginar el desastre que podrían ocasionar. Las polillas, entre otros insectos, se comen el papel, lo roen, pero si se las detecta a tiempo se puede salvar el libro. Sin embargo, licuar la tinta de las palabras impresas parece obedecer a un plan demasiado siniestro. Es como si la Little People surgiera de no se sabe dónde para suprimir el conocimiento que encierran nuestros libros; sin duda de algún lugar infernal. En ese preciso momento recordé las dos lunas del 1Q84 de Haruki, cada una en una dimensión espacio-temporal diferente, pero ambas protagonizando sucesos en sus respectivas dimensiones. Asociar el contenido del libro, su historia, con lo que nos estaba sucediendo no tranquilizaba para nada, al contrario, más miedo nos infundía. Sólo pensar que esto mismo estuviera sucediendo en casa de los vecinos, en el barrio, en toda la ciudad... Ir más allá de esta especulación producía vértigo. ¿Y la Luna del Castor? ¿Tendría algo que ver esta luna que esta misma mañana iniciaba el plenilunio? Demasiadas preguntas que se quedaban sin la posibilidad de una respuesta, sobre todo una respuesta razonable que nos devolviera la tranquilidad y la seguridad ante sucesos tan fantasmagóricos e irreales. Pero la realidad se imponía por momentos y no teníamos ni idea de qué hacer, por dónde atajar semejante situación.
Justo en ese momento ¡zas!, otro libro saltó de la estantería ante nuestros ojos, y otro más, y otro, y otro, hasta cinco libros más, todos volúmenes de cierto grosor, pero ninguno de los que podríamos considerar normales, es decir, con bastantes menos páginas. Y apenas caían estrepitosamente al suelo, comenzaba a fluir de éstos la sustancia negra y brillante. Salimos raudos del estudio. Por un momento creímos que nos iban a caer encima todos los libros de los estantes. Se nos ocurrió de pronto que podríamos fumigar las estanterías con el insecticida que compramos en verano para defendernos de los mosquitos ‘tigre’. Comprobamos de inmediato que esas criaturas nada tenían que ver con los insectos, y por tanto, ese producto tóxico no les afectaba en absoluto. Es más, cuando apuntamos directamente a la grieta con el insecticida, nos dio la impresión de que las diminutas manos mostraban aún más energía para abrirse paso.
La caída de libros parecía haberse detenido. No quedaban libros gruesos en los estantes. Como resortes que se activan al unísono, cogimos un par de bolsas grandes de la basura y metimos rápidamente los libros sangrantes en ellas con la intención de bajarlos inmediatamente al contenedor de papeles y cartones. No estábamos dispuestos a que esta invasión prosperara en nuestra casa, y no nos íbamos a quedar contemplando su evolución para ver qué pasaba. Dejamos las bolsas junto a la puerta de la salida. Antes había que limpiar el suelo. Lo que en un primer momento nos pareció tinta licuada, se nos ofreció como una inmundicia que había que erradicar. Sólo de pensar que todo ello estaba siendo provocado por esas malvadas criaturas se apoderó de nosotros una sensación de asco. Sólo con el agua las manchas no desaparecían. Tuvimos que echar en el cubo de la fregona un chorro de lejía, y esto solucionó el problema.
Una vez bien anudadas las bolsas, salimos. Nada más pensar que “algo” se escapara de su interior nos estremecía. “Qué pena” dije en voz alta mientras bajábamos en el ascensor. Eran libros estupendos, todos joyas para nosotros. Recordé El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que contaba de forma magistral la evolución del libro y los desastres que acaecieron con ellos en distintas épocas, sobre todo destrucciones causadas por incendios, pero para nada sucesos como los que estaban teniendo lugar en nuestra casa. ¿Serían la Little People demonios venidos de algún ínfero, donde odian el conocimiento humano, para destruirlo? Estas elucubraciones no me hacían sentir mejor.
Transportamos las bolsas sostenidas en alto, separadas del cuerpo. De esa guisa llegamos a donde estaba el contenedor y las depositamos de inmediato en su interior. “¡Ya está, misión cumplida!”, exclamamos al mismo tiempo. “Lo que suceda a partir de ahora sucederá en el mundo, pero no en nuestra casa; ahora es problema de todos”. Un cierto sentimiento de culpa me hizo pensar que estaba siendo egoísta con esa conclusión, pero qué otra cosa podíamos hacer. Acerté a imaginar que si esto mismo estaba ocurriendo en otras partes del barrio, en otros contenedores, el problema ya era colectivo. Este argumento me tranquilizó de inmediato; o eso creía.
Aprovechando que estábamos en la calle decidimos subir un trecho, hacia el súper, para comprar algunas cosas que necesitábamos.
Mientras estábamos en caja pagando la compra, una mujer entró sumamente alarmada anunciando que “algo estaba pasando junto a los contenedores; que había un grupo de personas reunidas allí”. “Seguro que alguien ha tropezado; o se ha desmayado; que el otro día le pasó algo así a mi vecina y tuvo que llevársela la ambulancia”. Mi mujer y yo nos miramos. Sabíamos con total certeza que no se trataba de desmayos ni tropiezos. “¡Ha empezado!”, pensamos al unísono, aunque aún no tuviéramos idea de qué se trataba. Cogí la bolsa con la compra y salimos.
Bajamos la calle muy lentamente, alargando el momento hasta llegar a donde estaban los contenedores y el corro de personas, al que se iban sumando cuantos pasaban por allí. Justo al llegar oímos a una señora que comentaba en voz alta, y un tanto indignada, que acababa de llamar a la policía: “¡Qué barbaridad! Me han tratado como a una loca. El señor que me ha atendido me ha dicho que me vaya a casa, que me tome mis pastillas y me acueste, que así me sentiré mejor. Pero qué se ha creído”. Uno de los presentes, no entendiendo bien a la señora que se quejaba le preguntó por lo que les había dicho. “Pues qué voy a decirles...lo que todos estamos viendo”.
Conseguimos abrirnos paso amablemente entre el grupo para poder ver más de cerca lo que estaba sucediendo junto a los contenedores. El asombro, el estupor, las miradas alucinadas, los comentarios a cual más descabellado, es lo que reinaba en este grupo. Y no se sabía si daba más miedo lo que exclamaban o lo que fuera que ahí estuviera pasando. Para entonces, ya algunos de los presente había efectuado su propia llamada a las autoridades. Nadie estaba dispuesto a perder su porción de protagonismo, y cada cual comentaba el resultado obtenido con su llamada. Parecía haber un desenlace común: no les hacían ni puñetero caso.
Nos quedamos mirando, sin aliento, a cierta distancia (nadie se atrevía a acercarse más de lo necesario) lo que se nos antojó una pesadilla recurrente: de la parte superior del contenedor, de la abertura por donde se deposita el papel, colgaba una suerte de ‘cordón’ con vida propia. Las criaturas diminutas, agarradas de los pies unas de otras, habían formado una cadena sobre la que se descolgaban las demás hasta llegar al suelo, donde se desplazaban junto al bordillo formando una procesión, como si de tóxicas procesionarias se tratara. Tenían apariencia antropomórfica. Parecían diminutos seres humanos. Estaban completamente desnudos pero no mostraban ningún tipo de género. Todos parecían iguales aunque ciertas sutilezas en su forma inducían a pensar que eran diferentes. Caminaban uno tras otro, muy lentamente, como si el ‘espectáculo’ no fuera con ellos. Se movían por la calzada, pegados al bordillo, como las hormigas, calle arriba. Nadie podía predecir hacia dónde iban ni qué intenciones albergaban.
Pasados unos minutos sonaron varios teléfonos. Eran familiares o amistades de los presentes que contaban que, junto a los contenedores de papel de sus calles, estaba sucediendo exactamente lo mismo. El pánico entre los presentes no se hizo esperar. Algunas personas se marcharon apresuradas. Al parecer vivían en calles cercanas y seguramente querrían comprobar en primera persona si allí sucedía lo mismo. No obstante se iban acercando más vecinos. Algunos decían haber visto desde su ventana que algo estaba pasando y habían decidido bajar a enterarse. Reconocimos a uno de nuestros vecinos. Sabíamos de su afición por temas de astronomía. Nada más contemplar lo que estaba sucediendo, soltó su opinión como si estuviera en la intimidad de su habitación, sin prestar atención a nadie: “estoy seguro de que esto lo está provocando la Luna del Castor, seguro, no me cabe ninguna duda. Hay lunas llenas que dan lugar a fenómenos extraños, aunque nadie haya visto alguno. Y este es raro de narices. Pero no creo que dure mucho. La luna llena en realidad dura muy poco. En cuanto salga del perigeo empezará a menguar la redondez lumínica de su disco”. No estaba muy seguro de haber entendido lo que acababa de decir, pero deseaba con toda mi alma que tuviera razón y todo esto parase.
La comitiva de la Little People seguía lenta e inexorable junto al bordillo, calle arriba. Unos metros más adelante, y aprovechando un rebaje de la acera. se subieron a ésta. Un poco más y giraron a la derecha, en dirección a nuestro bloque de viviendas. “¡No puede ser verdad!”, grité bastante alterado, “¡van de vuelta a nuestra casa!” En el grupo había vecinos que vivían en ese bloque. No tardaron en entrar en pánico: ¡”Hay que hacer algo inmediatamente, ahora que los tenemos delante!”, pero nadie se atrevía a dar un paso. Todos temíamos las posibles y nefasta consecuencias que se podían producir si atacábamos a esos seres. Por diminutos que fueran, intuíamos que algún desconocido poder debían poseer cuando eran capaces de trasladarse de forma tan confiada sin manifestar temor a nada ni a nadie. Ya se acercaban a la rampa que llevaba hacia el portal. Pensé que si entraban estaríamos perdidos; ya no se podría hacer nada; no podríamos entrar en nuestras casas... una pesadilla aún estando tan despiertos.
Justo en ese momento se oyeron sirenas abajo del todo de la calle: un coche de la policía y otro de bomberos. Respiramos un tanto aliviados pero, ¿qué iban a poder hacer ellos? Tal vez los bomberos los rociaran con algún tipo de espuma o agua a presión... no se me ocurría otra cosa.
Mientras estacionaban los vehículos a un lado de la calle para no estorbar a los vehículos que circulaban, continué observando la caravana de la Little People y cómo se iba acercando al registro de aguas pluviales que había en su camino. A medida que llegaban, se dejaban caer en su interior desapareciendo de nuestras miradas atónitas. Además, parecía que ahora hubiesen dejado de caminar con lentitud y hubiesen acelerado el paso, como si de repente tuvieran prisa por desaparecer. De repente, el último tramo de la comitiva comenzó, literalmente, a diluirse ante nosotros, un par de metros antes de llegar a la arqueta, simplemente se esfumaron, como si nunca hubiesen existido. ¿Habrían decidido en el último momento cambiar de estrategia y deslizarse por el laberinto de conductos del subsuelo para acceder a nuestra casa? Me lo guardé en mis adentros, no quería añadir más inquietud a mi mujer ni a los demás vecinos. Ya se vería más adelante. En cuanto subiéramos pondría los tapones en los desagües y sellaría cualquier abertura por donde pudieran acceder.
Resultó sumamente decepcionante que ya no hubiera ‘criaturas’ que mostrar a los policías y bomberos que ya nos miraban como si estuvieran escribiendo diagnósticos de locura sobre los que ahí estábamos. Cada uno intentaba describir con sus palabras y sus gestos lo que había sucedido. Una de las vecinas les gritó que “¡si hubieran venido antes... pues eso!”. De no ser porque había pasado lo mismo en otras partes del barrio (y de la ciudad, como supimos después), probablemente nos habrían detenido a todos por alteración del orden. Menuda paradoja. Nosotros alterando el orden, cuando fueron esas criaturas las que nos alteraron a todos nosotros, que cada vez que me acuerdo me estremece el miedo de haber tenido en casa semejantes seres.
Decidimos dejar de preocuparnos por los libros sacrificados. Ya iríamos a la librería a adquiridlos de nuevo. Pero, ¿y si hubiesen sido atacadas también por la Little People? No es difícil imaginar el desaguisado que habrán formado.
He buscado información acerca de la luna llena. La próxima será el 27 de diciembre, el mes en el que ya estamos. Intento no imaginar cosas por adelantado. Ya veremos.