No sé si en lo más profundo de su ser habrá querido saber mi padre alguna vez si el mundo le quería. Jamás se lo pregunté. Ya no tengo forma de hacerlo. Tal vez no sea necesario; tal vez no le importara. La vida se las arregla muy bien sin nuestra intervención. Solo nos queda recordar y reivindicar heroísmos, que por humildes que fueran, no estaban exentos de alegría.
“...El día que me quieras / la rosa se engalana / se vestirá de fiesta / con su mejor color”.
Con esta melodía comenzaba el día mi padre mientras hacía café en la cocina. Parecía que estrenase trabajo, como si fuera su primera jornada. Humilde alegría que yo percibía desde mi habitación, ya despierto, porque también tenía que levantarme temprano para ir a trabajar. A mí me podía el desánimo, la tediosa labor de aquel empleo que aborrecía y que debía afrontar cada día.
Pero escuchar a mi padre hacía que en mis adentros se produjera un debate que cada mañana se reanudaba inexorablemente.
Su ganancia consistía en la cantidad de productos repartidos por tiendas y quioscos en una ruta que era sólo suya. Era como si cada mañana tuviera la certeza que habría de superar a la anterior. Era su reto diario y lo afrontaba con esa alegría suya de la que yo carecía.
A los comerciantes de cada día, junto con la mercancía, les entregaba una porción de su entusiasmo. Jamás ocultaba la grandeza de su corazón. Si en algún momento del día le salía al paso la oportunidad de ayudar a alguien, fueran familias, conocidos o allegados, se echaba a la calle, en su tiempo libre, con su carpeta bajo el brazo, a gestionar pensiones, subvenciones o cualquier suerte de burocracia que para los demás resultaba imposible de realizar. Mi padre era casi analfabeto, pero de todos esos lances salía airoso, se hacía atender y entender, y siempre canturreando sus canciones de juventud. Desde mi distancia le contemplaba a veces como una especie de protector, de ángel servidor absolutamente desinteresado.
Desde este tiempo de incertidumbre rememoro y reivindico su alegría humilde, su optimismo contagioso que no precisa vacuna, sino una oración silenciosa de agradecimiento. Como dice otra canción: “...y otros rezan callados/ que es su forma de rezar”.
Y es que ya no está. Hace tiempo que no está. Dejó sus viejas canciones de pizarra y la certeza innegociable de su optimismo cada amanecer, como aquellos que se inclinan a la salida del sol dando gracias por la nueva luz.