En mi adolescencia, todos los días comía donuts en casa de mis padres. Insistía mi padre una y otra vez, que aquellos donuts no eran robados, sino salvados de la destrucción. Alimento para nuestra casa. Cuando repartía el producto nuevo, recién horneado, retiraba de los mostradores el del día anterior para devolverlos a la fábrica, destinados a un dudoso reciclaje. En realidad los tiraban al contenedor, y mi padre no conseguía entender semejante despilfarro. De modo que cada día le salvaba la vida a unos cuantos y aportaba dulzor a nuestra alacena. Eran esos tiempos en los que todavía ni siquiera se vislumbraba el peligro de la bollería industrial y sus efectos nocivos en niños y adolescentes. Yo no tenía problema alguno con esto. Corría, jugaba al frontón y en ocasiones, al tenis. Expulsaba por los poros las presuntas toxinas, sin darles tiempo a instalarse en los arenales del abdomen ni acometer fechorías en el torrente sanguíneo.
La inclinación de mi padre por salvar y proteger alimentos se encarnó en él siendo un chaval. En su familia eran el matrimonio y un total de nueve hermanos. Y era él, el más pequeño de los varones, el que se arrojaba a la calle a buscar algo que llevar a la mesa de su casa, lo que fuera, y si no era comestible, unas perras (chicas o gordas), fruto de trabajos infantiles de los que abundaban por doquier. Y siempre sin permiso de su padre.
Estaba acabando la guerra ‘nuestra’ (la de ellos; yo ni siquiera era aún proyecto de aparición humana). Tal vez fuera alguno de los últimos bombardeos. No recuerdo este punto de su relato. Ese día lo único que llevó a casa fue una esquirla de metralla que se alojó en su abdomen blando de quince años, junto al río Guadalmedina, y que, ochenta y cinco años después se llevó a la tumba, porque no podían quitársela. Porque siempre le pusieron el alto riesgo por delante, como una nebulosa de incertidumbre que no se podía permitir. Incluso en Alemania, que entonces nos adelantaban unos veinte años, y a donde nos tuvimos que trasladar para afrontar el futuro, con la expectación y la esperanza en maletas de cartón. Estas vivencias son ahora como un espejo donde contemplo el reflejo de los migrantes del presente, que vienen con lo puesto.
Siento que debo un homenaje a gran parte de estos recuerdos de supervivencia —los de mi padre—, que ahora me pertenecen por herencia. También los de mi madre. Por ello me tomo la libertad de hacer respetuosamente mías las palabras de José Antonio Garriga Vela de su libro Horas muertas:
“No tenemos derecho a expoliar la vida de nuestros padres. Se pueden heredar los deseos, incluso los secretos. Pero, ¿cómo vamos a heredar los sentimientos? Lo aprendí demasiado tarde. Al cerrar definitivamente la puerta de la casa de mis padres olvidé depositar una corona de flores”.
In memoriam.