Los domingos acostumbraba tío Pablo a no quedarse en casa, parecía que le pinchase, y siempre había alguien a quien visitar: Amistades, parientes lejanos (a quienes mis tías aborrecían) y otras personas que por mi corta edad no supe cómo definir la relación. La verdad es que tampoco me importaba. Mi verdadero interés radicaba en las protocolarias galletas con onza de chocolate duro a las que nunca me negaba, pese a que antes de llegar a la casa de esas personas mi tío me advirtiese de que debía decir que no, por respeto, y dar siempre las gracias cuando me las daban.
Pero había un interés superior por el que habría caminado hasta el fin del mundo. Salíamos de casa andando y volvíamos andando. Cogido de la mano de tío Pablo —y muy temprano—, recorríamos enormes distancias. Comenzábamos en Plaza Elíptica (Carabanchel Bajo), y las más de las veces sobrepasábamos el centro: Cibeles, El Retiro, Plaza Mayor. Fueron para mí espacios cósmicos: La fascinación infantil de los tranvías, el trolebús y sobre todo los autobuses de dos plantas. Nunca antes había visto tanta gente agolpada caminando al unísono por esas calles anchas y principales. Pocas ocasiones recuerdo que hubiéramos montado en metro para alguna de estas visitas, pero el casi sofocante olor a hollín en aquel laberinto subterráneo forma parte, desde entonces, de mi memoria olfativa. El premio para mí por estas hazañas y siempre que me portara bien y no me quejara, era un tebeo, a veces dos. Era mi bien ganada recompensa; adoraba los tebeos. A mi hermana nunca la llevaba a esos interminables paseos; decía que se quejaba mucho. De no haber existido los tebeos, es más que probable que yo hubiese hecho lo mismo.
La compensación a mi infantil esfuerzo se producía en el camino de vuelta. Había vendedores ambulantes en algunas bocas de metro y repartidos por la calle. Ver apilados, sobre sus improvisadas mesas, aquel despliegue de publicaciones apaisadas y los colores brillantes, recientes, de sus portadas, me hacían olvidar de inmediato el cansancio y me transportaban a una dimensión de absoluta excitación. Pero nunca tuve dudas a la hora de elegir: Siempre, en cada ocasión, yo quería un tebeo del capitán Trueno, y siempre con la vana esperanza de que esa vez el capítulo fuera la prosecución del último que había leído: Todos terminaban siempre con la misma expectación y la misma palabra en la viñeta final: continuará.
Después de tantas décadas, aún ignoro por qué a mis siete años estaba convencido de que el capitán Trueno era un guerrero de las tierras del norte, donde se batían los celtas, los vikingos y otros aventureros similares, espada en mano y batallando contra las injusticias. Qué poco se sabe del mundo a esa edad, pero cuántas emociones cuando acudía el fornido Goliath y su joven compañero Crispín a rescatar al intrépido capitán Trueno. También, en algunas ocasiones, fue la oportuna y valerosa intervención de Sigrid la que salvaba a sus compañeros de situaciones arriesgadas. Sigrid, reina de Thule, la novia eterna del capitán Trueno, aparecía en aquellos tebeos sólo de tarde en tarde, por consideraciones políticas y morales de la época, dejándonos a los pequeños lectores con la miel a mucha distancia del paladar.
Ahora sé que Albuixech es la cuna del capitán Trueno, la ciudad valenciana donde nació Miguel Ambrosio Zaragoza, Ambrós, para los que le conocían*,* de cuyas intrépidas manos nacieron las ilustraciones que tantas emociones me hicieron sentir de niño y que después revivíamos en el juego en la calle. Albuixech es donde descansa en paz desde 1992 (que ya no olvidaré), el año en que nació nuestro hijo, y que, en cuanto adquirió la afición por la lectura, pusimos en sus manos los tebeos que leímos de niños, y como no podía ser de otra manera, las aventuras del capitán Trueno.
Pero por esos años se estaba consolidando una potente rivalidad con nuevos y diferentes personajes en el mundo, no sólo del cómic, sino en el plano de la fantasía más extensa: *Luke Skywalker, princesa Leia, Han Solo (*con su compañero inseparable Chewbacca), por mencionar sólo a los buenos. Sin apenas transición, se inundaron las librerías con los gruesos volúmenes que relataban las peripecias de un adolescente con una cicatriz en la frente con forma de rayo que empuñaba una varita mágica con la que deslumbraba a pequeños y mayores poniendo la Gran Magia ante nuestros asombrados ojos. Nuestro hijo devoró aquellos volúmenes uno tras otro. No había visto antes un prodigio de animación a la lectura como este, salvo (guardando la lógica distancia) mis años de tebeos, que leíamos sin que nadie nos tuviera que animar a hacerlo.
Resulta pues, evidente, que el universo de Fantasía goza de una magnífica salud y no se hace necesario convocar a ningún Atreyu para impedir su desaparición.
Parafraseando lo que escribió Michael Ende en su Historia Interminable: “Siempre hay (y habrá) un relato que contar, pero eso será siempre en otro momento”.
¿Regresará algún día nuestro intrépido capitán Trueno a emocionarnos con nuevas aventuras?
Continuará...