Relatos

Destellos en la noche

Miguel Segura Martín15 min de lectura

Suenan los primeros acordes del Wish You Where Here, de Pink Floyd. Es el tono de llamada de su teléfono. Mira el reloj, 21:00 horas. Al otro lado una voz desconocida le saluda, “hola, soy Alfredo, el de Carranque. ¿Cómo te va? ¿Recuerdas que una vez, hace ya unos años, me dejaste unos libros?”. Ignora quién es este tipo, no sabe de qué le habla.

Insiste, “si hombre, Alfredo, del curso de graduado escolar ¿me pones cara?”.

De manera un tanto difusa empieza a recordar la cara del Alfredo que conoció hace algo más de cuarenta años, en un colegio del barrio de Carranque, donde se matriculó para obtener el título de graduado escolar nada más acabar el servicio militar. Cuarenta y cuatro años, para ser exactos. Y ahora se le ocurre devolverle unos libros que ni siquiera recuerda. No entiende nada. Se siente perplejo, confundido. Cuarenta y cuatro… Alucinante.

El tal Alfredo insiste al teléfono, “entiendo perfectamente que te extrañes…Ha pasado tanto tiempo…Te lo explico en pocas palabras, voy a mudarme, estoy empaquetando, de pronto me fijo en unos libros al fondo del estante y al segundo he recordado que son los que por aquellos días me prestaste, me ha dado un poco de vergüenza, pero lo menos que puedo hacer es devolvértelos y aprovechar esta excusa para volver a vernos y charlar un rato, ¿qué te parece? ¡Ah! Tu teléfono me lo dio un amigo común, compañero del curso, pero eso no es lo verdaderamente importante, es preciso que nos veamos cuanto antes, pues me mudo en un par de días… En realidad quería proponerte que nos viésemos dentro de media hora, junto a la farmacia de la Plaza de la Merced. Por favor, sé puntual, no tendremos mucho tiempo, ya sabes, el toque de queda a las diez…”

Por aquellos días... supone que habrá querido decir por aquellos años. ¿Y quién es ese amigo común del que habla? No recuerda haber mantenido amistad con nadie de ese curso, ni en ese tiempo ni después. Además, no tenía teléfono por entonces. Sus padres fueron bastante reticentes a instalarlo en casa durante bastante tiempo. Y los móviles, ni por asomo. No existían. Cuando finalmente se convirtieron en algo de uso común (no hace tanto tiempo), jamás había dado el número a alguien, menos aún a un supuesto amigo común del curso. Tiene la sólida percepción de que miente. Es esa sensación que a veces te hace concluir que hay gato encerrado. Cuarenta y cuatro años. No deja de dar vueltas a este asunto y reflexiona, “creo que me ha tocado el chiflado del día, mejor dicho, de la noche…Pero, ¿por qué a mí?”.

Se queda pensando, recordando, “la inclinación apasionante que entonces sentíamos por las letras parece que se haya esfumado en este Alfredo que de seguro ya no sé quién es. Además, ni me ha permitido responder, sencillamente ha colgado. Ha dado por hecho que voy a acudir”. Durante el curso, en las asignaturas de Lengua y Literatura, destacaban por sus redacciones bien construidas, creativas y ni una sola falta de ortografía. Las profesoras de estas asignaturas, que además eran hermanas, dos señoras muy parecidas —hasta en el habla—, les felicitaban constantemente y les animaban al estudio. Esto dio lugar a que más de una tarde —casi al final del curso, tras las clases—, fueran a la taberna del Pimpi a tomarse unos Pajaretes mientras daban rienda suelta a la escritura. Entre vaso y vaso, la imaginación se derramaba en sus libretas. No quedaban en otras ocasiones, ni para otros asuntos. Alfredo le hablaba mucho de los discos que tenía en casa, elepés de los Creedence, Emerson Lake & Palmer, Pink Floyd, Genesis y un etcétera que no recuerda. Gustaba vanagloriarse de sus posesiones discográficas. Creía que era un tipo bastante solitario. Tal vez viera en él el reflejo de sí mismo, y cuando acabó el curso, simplemente desapareció. Hasta ahora. Verdaderamente alucinante. Su desconfianza crece por momentos, “¿será este el Alfredo del que ahora me acuerdo, el de entonces? Todo esto me resulta bastante irreal y absurdo. ¿Y si es alguien que se esta haciendo pasar por aquél, que de algún modo haya sabido lo de entonces, lo del curso y demás? No sé… parecía tan seguro al hablar...”.

Se sigue preguntando qué libros serán esos que dice le prestó. No recuerda nada en absoluto. Pero le puede la curiosidad. Se enfunda el anorak, los guantes y la bufanda. Esa tarde ha llovido y debe hacer bastante frío. Cierra tras de sí y sale a la calle. Son las 21:15. Es noche cerrada y húmeda. Percibe el cielo completamente cubierto. No ha cogido paraguas (no le gustan). “Si le da por llover de nuevo me coloco la capucha y listo. Mi anorak es bastante impermeable y confortable, estaré bien”, se dice.

Camina con pasos ágiles. Aunque la Plaza de la Merced queda a poca distancia, tiene que ser puntual, eso le dijo.

De pronto cae en la cuenta, “Si me dio tan poco tiempo para la cita, es porque probablemente sabe dónde vivo. Pero, ¿cómo es posible?”.

Siente un ligero estremecimiento y a punto está de dar media vuelta*, “*esto empieza a no gustarme”. Entonces ve el parpadeo animado de la cruz verde con iluminación LED de la farmacia. Faltan cinco minutos para las 21:30. Junto a la farmacia no hay nadie, “bueno, estará a punto de llegar. ¿Le reconoceré? ¿Conservará el gesto aniñado y sonriente, que es lo que recuerdo? ¿La melena de pelo oscuro y lacio que se estilaba entonces? Creo que la única pista con la que voy a contar serán los misteriosos libros que llevará bajo el brazo o en una bolsa”. Advierte que la farmacia ya está cerrada, aunque la corredera metálica no la tiene bajada. El horario de tarde es hasta las ocho. Sólo la luz verde LED ofrece la apariencia de seguir aún abierta. El verde se refleja en el suelo mojado de la acera y parte de la calzada, creando el espejismo de una isla totalmente cubierta de césped brillante rodeada de reflejos dorados procedentes de las farolas de la calle, una imagen más propia de un sueño extravagante.

Ya son las 21:30 y el tipo que dice llamarse Alfredo no aparece. Hace frío. Con las manos en los bolsillos y la bufanda tapándose media cara se dirige al portal de la esquina opuesta a la de la farmacia. Entre ambas esquinas discurre una calle estrecha, vacía, una de esas calles donde no se permite el estacionamiento. Hasta la entrada de esta calle llegan también los destellos verdes de la cruz luminosa. La plaza hace ya un rato que ha quedado en completo silencio. No hay circulación de vehículos y menos aún de transeúntes. Todo el entorno tiene un aspecto irreal y fosforescente. En el portal no se está mal. Se siente un tanto resguardado. Un coche de la policía pasa de manera silenciosa ante el soportal, lentamente, sin verle. Seguro que ya se están preparando para la noche. Esta es la calle principal que parte de la plaza en dirección al centro de la ciudad. “Como este tipo no llegue ya, me voy, no estoy dispuesto a que me den las diez en la calle, me paren y me multen”. Justo cuando el coche patrulla dobla la esquina al final de la calle, aparece un vehículo a toda velocidad por el otro extremo de la calzada y se detiene con un frenazo ante la puerta de la farmacia. Parece un modelo algo antiguo, de color oscuro. El color verde de la iluminación LED hace que por un momento la carrocería parezca marrón oscuro, al instante azul marino y seguidamente de color negro. Por la parte trasera se eleva una densa columna de humo lóbrego y con fuerte olor a combustible mal quemado. Sin transición alguna, salen del vehículo dos individuos. Uno porta lo que parece ser un mazo. El tercero se queda al volante con el motor en marcha. Desde su posición ve sus caras desfiguradas. Concluye de inmediato que se han enfundado sendas medias de seda, y remata su inquietud aseverando que se trata de un asalto a la farmacia. No acaba de pensarlo cuando dos golpes brutales y supuestamente diestros, rompen el silencio de la plaza y abren la puerta de par en par. Apenas un minuto después salen con una bolsa de deportes de considerable tamaño y bastante abultada. Se introducen en el coche al tiempo que el conductor pisa el acelerador como si no hubiera un mañana. Gira en la esquina y desaparece por la calle estrecha sin coches estacionados. Esconde la cabeza. Cree que no le han visto, a pesar de que la luz verde se refleja en su rostro. Instintivamente mira hacia arriba, a las ventanas del edificio que hay en frente. Algunas personas se han asomado al producirse el estruendo. Se queda paralizado. No sabe qué hacer. En el portal está en sombras. Si sale corriendo podrían pensar que tiene algo que ver con el robo. Pero quedarse ahí sería peor todavía, la policía no tardará en aparecer y entonces tendrá que dar infinitas explicaciones.

Tras respirar profundamente se arma de valor, sale del portal y camina lentamente por la calle principal en dirección al centro, “cien metros más adelante, a la derecha, hay otra calle que me sacará de la zona y me llevará a casa. Si llego hasta allí me sentiré a salvo”, piensa. Debe darse prisa. El toque de queda. Si le pillan en la calle duda mucho que su historia resulte creíble. Tiene que apresurar el paso. Los destellos verdes llegan hasta donde está. Se reflejan en las lunas de los coches y los escaparates cercanos. Apenas dobla la esquina de la calle que habría de salvarle, oye las sirenas de la policía. Cree que son dos coches patrulla, quizá llegue alguno más desde otra dirección. La calle en la que acaba de entrar, por los pelos, es de dirección única, la misma que él lleva. “No creo que por aquí venga alguna patrulla, pero en estos casos… nunca se sabe… debo ir más aprisa...”. Comienza a llover débilmente. Se cubre con la capucha y apresura aún más el paso. “Diez minutos… tres calles… ¿O eran cuatro?” Con los nervios el trayecto se le hace interminable. No se atreve a girar la cabeza y mirar atrás, este gesto siempre parece levantar sospechas. “Unos cuantos pasos más. Ya casi está”.

Introduce la llave en la cerradura del portal. No abre. Se siente muy acelerado. El corazón bombea descontrolado. Piensa que si no da con la llave correcta se va a desmayar ahí mismo, en la acera. Segundo intento, otra llave. Esta vez sí gira y la puerta se abre. La cierra sin que haga el ruido de siempre. Se adentra sin encender las luces. Conoce de memoria los pasos hasta el ascensor. Vive en un tercero, pero ahora, es como si subiera un rascacielos. Jamás le había parecido tan lento ese ascensor. Por fin en casa. No enciende la luz del salón y va derecho hacia la ventana. Aún faltan un par de minutos para las 21:50 horas. Por poco. Eso le tranquiliza. En la calle no se ve a nadie; no se escucha nada; silencio total. Permanece así unos minutos más, en completo estado de alerta. Nota que las piernas le tiemblan ligeramente, pero se está calmando. Corre las cortinas y enciende una pequeña lámpara que hay sobre una mesilla. Nada de iluminación llamativa. Finalmente se desprende del anorak, los guantes y la bufanda. Antes de arrellanarse en el sofá se acerca a la cocina y coge un botellín de agua. Hasta ese momento, no se había percatado de que tenía la boca completamente seca. Por fin se siente calmado y la tenue luz de la lámpara proporciona una atmósfera tranquilizadora. No enciende el televisor, este silencio está siendo absolutamente balsámico. Cuando consigue tranquilizarse del todo y el ritmo de la respiración es el de siempre, suena el portero electrónico. Su corazón se acelera de nuevo. Nota las pulsaciones en las sienes. Se dice que no hay nada de lo que preocuparse. Seguramente algún vecino que ha olvidado las llaves. Descuelga y contesta. Le responde una voz con evidentes signos de autoridad, “¡Policía! ¡Abra la puerta!”. Las piernas vuelven a temblarle. Siente que se asfixia. Algo comienza a gestarse en la boca del estómago; gruñidos en los intestinos. “ ¿Policía?¿Cómo puede ser eso? No, seguro que van a otro piso. Han pulsado mi botón al azar, como sucede otras veces, el cartero, el butano, publicidad...”. Espera unos instantes con el ojo puesto en la mirilla. Al cabo de un minuto el ascensor se detiene en su planta. Dos individuos de apariencia corriente se sitúan frente a su puerta. El que está en primer plano viste chaqueta de cuero negro y bufanda anudada al cuello. El otro, igual. Si no fuera por el bigotito que le confiere el aspecto de distraído y el gorro de lana, se podría decir que son idéntico, casi gemelos. El primero parece haberse percatado de que hay alguien tras la mirilla y golpea con los nudillos, “¡Policía! ¡Abra la puerta!”.

Nada más abrir, el primer hombre le muestra la placa y la retira sin que le de tiempo a ver los datos, “Soy el inspector Romerales y este es el inspector Jiménez”. Este último hace amago de mostrar su placa pero desiste con cierto aire de desidia. Seguramente piensa que con una que vea es más que suficiente. Antes de decir esta boca es mía, el primer inspector le interroga sin ningún preámbulo, “esta noche ha sido usted testigo de un atraco a una farmacia ¿verdad? Antes de responder quiero que tenga claro que lo sabemos todo, absolutamente todo, de modo que, cuanto nos diga, ha de ser la verdad y nada más que la verdad, ¿entiende lo que le digo?” Asiente con la cabeza definitivamente perplejo, consternado. Se siente como un pelele en manos de fuerzas que desconoce y le aterra pensar que esto pueda ser sólo el principio. Les invita a sentarse, (es lo que se suele hacer en estos casos, educación y cortesía por delante). En pocas palabras les explica el motivo por el que estaba en el lugar de los hechos. A medida que habla, se va convenciendo de lo absurdo de su historia y la imposibilidad de que estos inspectores crean una sola palabra de lo que dice, aunque les vea escuchar con total atención. Pregunta el primer inspector, “ese tal Alfredo, ¿cuál es su apellido, dónde vive?”.

Le responde que no tiene la menor idea, que nunca lo ha sabido, que, como ya les dijo, hace más de cuarenta años que no sabe nada de ese tipo. El primer inspector mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, saca una fotografía y se la muestra, “¿Es este el tal Alfredo? Mírela bien”. La foto, lejos de ayudar en la pesquisa, le turba aún más de lo que ya está. Es un hombre de edad indefinida, casi calvo y algunos surcos en el rostro. Aunque hay un no-sé-qué en la mirada que le suena, y una imperceptible cicatriz en la sien izquierda. Esto si lo recuerda. Le dice al inspector que bien podría tratarse de él, pero que no se lo puede asegurar. Y, en cuanto a los libros, que no recuerda haberle prestado jamás uno solo. El inspector reacciona como quien acaba de obtener la confirmación de algo que traía en mente. Se pone en pie con cierta agilidad y mira a su compañero, que se levanta también*.* “Muy bien, caballero, su relato nos ha sido de mucha utilidad. Con esto creo que podremos enviar al calabozo a ese sujeto’. Su compañero sonríe ante la expresión, y añade, “llevamos ya tiempo investigando a este tipo. Creemos que forma parte de esta banda de malhechores (o formaba). Lo que sin duda pretendía es que usted fuera testigo del robo y después lo declarara ante la policía. Una especie de ajuste de cuentas ¿entiende?

No. No entiende absolutamente nada. Pero viendo que se disponen a marcharse le vuelve el sosiego y concluye, que sin duda ha sido víctima de un desaprensivo. Seguramente nunca llegue a conocer la historia completa, pero si a esos policías les ha servido su relato y lo pillan, él solito se lo ha buscado. No es fácil imaginar que alguien que recuerdas jovial, simpático y amistoso, acabe siendo el personaje oscuro de una turbia trama de desalmados. “¿Pero, por qué yo? ¿Por qué no se buscó a otro. Seguro que conocía a más gente. ¿Acaso le parecí el más adecuado para su planes, o el más idiota? Creo que esto último es lo que más me indigna. Que le den...”.

Suenan los primeros acordes del “Wish You Where Here”, de Pink Floyd. Es el tono de llamada de su teléfono. Mira el reloj, las 16:00 horas. Percibe que está sudando copiosamente. “Qué raro. En pleno mes de enero”, se dice.

El televisor está encendido. En la pantalla, dos cervatillos retozan alegremente alrededor de su madre. Es un amplio claro en medio del hayedo, donde los rayos del sol hacen que la verde hierba brille de forma intensa. La cierva apacienta sosegadamente sin dejar de orientar las orejas en todas direcciones. Parece estar enseñando a sus crías a morder la hierba sin abandonar el estado de alerta. Comprueba que el teléfono ha estado sonando un buen rato. Mira de nuevo la pantalla del móvil. Era Alfredo, su compañero de trabajo, a quien quedó en llamar esa mañana. Se le fue por completo de la cabeza. Todavía confuso vuelve la vista hacia el televisor. Evidencia que se trata de un documental de La 2. Se durmió en el sofá. La voz sosegada de la locución del programa a veces tiene su riesgo. “Esta vez me la ha jugado”, se dice en voz alta.