El desarraigo no siempre nos doblega al sentimiento de lo universal. La sensación de pertenencia al mundo y no sólo al reducto natal, cultural, vital, es una consciencia que pocos entienden: como son aquellos que se pierden entre consignas y banderas. ¿Cuál es la bandera del mundo? Desde el espacio no se ven las líneas fronterizas y mi intuición me susurra que la Naturaleza ha creado las distinciones genéticas (o étnicas) para ubicar a sus criaturas en entornos diferenciados de acuerdo con sus cualidades antropomórficas. Pero desde los orígenes, el ser humano se ha desplazado por todo el planeta, y Natura ha guardado silencio. Probablemente no seamos tan distintos como algunos pretenden hacernos creer. De Málaga a Madrid y de Madrid a Alemania, una migración que se perpetúa porque probablemente lo que menos importe sea el terruño y su bandera, sino la pobreza de la que todos huyen y el instinto de conservación, instinto con el que la Naturaleza ha dotado a todo ser viviente. La Naturaleza manda, es su reino, y contradecirla tiene consecuencias.
Deshilachando la memoria de la recién inaugurada infancia de entonces, recuerdo el Sanatorio de Campanillas, donde murió mi madre. Corría el año de mil novecientos cincuenta y ocho. Sola, en un lago de lágrimas, suyas y de otros, imagino, si es que llegado ese momento le quedaba alguna. Tenía el sanatorio un desaliñado pinar alrededor que era beneficioso para la tisis, decían. Un lugar de llantos y muertes donde no se acercaban los pájaros y que algunos años después trasladaron, no sé a dónde, para la construcción de una fábrica de amoníaco. Sólo tengo un recuerdo, en brazos de mi padre, y mi madre asomada a la ventana de la primera planta, pálida, sonriendo de impotencia porque estaba prohibido el abrazo. La escena siguiente en mi memoria, cerca del sanatorio, sucede en la carretera de Cártama, camino de vuelta a la ciudad, de la mano de mi padre. Una carretera solitaria que ya no lo es. Aquella tarde nos adelantó una camioneta un tanto destartalada que se desplazaba al ritmo del atardecer. Portaba una gigantesca carga de caña dulce. En dos zancadas, mi padre agarró una de las cañas que cedió como la hebra suelta de un jersey. Con una pequeña navaja fue cortando y pelando pequeños trozos que yo me llevaba a la boca. Ese atardecer se grabó en mi alma el sabor de aquel jugo abundante y dulce que dejó de serlo poco tiempo después: mi madre se fue; para siempre. Una carga más y más insufrible de la que mi padre ya soportaba por la miseria reinante.
Un día de su vejez, tras un ictus, se le escapó un recuerdo en voz alta. En aquella transición hasta volver a casarse, hubo alguna ocasión en que tuvo que dejarnos a mi hermana y a mí encerrados en la habitación, con unos trozos de pan y un recipiente con agua para poder ir a buscarse la vida con trabajos ocasionales y mal pagados. No tenía absolutamente a nadie con quien dejarnos. Apenas puedo contar con los dedos de la mano los fotogramas que mi memoria conserva de aquella exigua reciprocidad con mi madre ni con cualquier otra cosa que acaeciera en mi diminuta y solitaria existencia de entonces.
Viudo, casi analfabeto y con trabajos precarios, le resultaba complicado y doloroso hacerse cargo de una niña y un niño pequeños, y sin familia cercana que pudiera darle apoyo. Tras la muerte de mi madre, y pasado algo más de un año, mi padre se volvió a casar y con ello empezó una nueva trayectoria para todos.
Eran tiempos de incertidumbre, de extrema pobreza y de miedo. Pero como una exhalación incontenible, se propagó entre la miseria imperante el mensaje del milagro alemán. Mi padre, de naturaleza resolutiva desde su niñez, preparó la maleta de cartón atada con cuerda —distintivo de la desdicha nacional— y partió solo hacia lo desconocido. Lo imagino audaz y esperanzado, como cuando en su adolescencia y todavía no acabada la guerra, se echaba a la calle y arañaba por doquier algún pedazo de sustento que llevar a su casa. Eran once de familia. En una de esas incursiones de osadía impulsiva, le sorprendió un bombardeo junto al río Guadalmedina, cerca de Calle Salitre. Una esquirla de metralla perdida entre la polvareda se quedó alojada en su costado de por vida.
Desde nuestra humilde casa de Calle Constancia, partimos hacia Madrid. A mi hermana y a mí nos confiaron a mis tías y mi tío paternos, que tras la guerra dejaron atrás Málaga y buscaron su futuro en Madrid.
Más adelante mi padre seguiría sólo el periplo hacia Alemania. El trabajo allá era abundante y pronto retornaría con un contrato bajo el brazo para nuestra nueva madre que se había quedado en Málaga para solventar asuntos de nuestra casa. Mi hermana y yo tardaríamos todavía unos años en ir con ellos.
Entretanto absorbíamos como dos esponjitas mediterráneas el habla castellana de Madrid y nos desprendíamos del ceceo malagueño para siempre. Éramos como dos cachorritos asustados a los que había que educar y comenzamos a asistir al colegio de monjas donde nuestra tía Benita trabajaba como ayudante de cocina. Tía Consuelo se ocupaba de la parte doméstica. Tío Pablo estaba ausente casi todo el día, trabajaba como operario en la fábrica Marconi e imagino que con su sueldo contribuía a paliar nuestras necesidades.
A mis tías les costaba asumir las segundas nupcias de mi padre y a hurtadillas nos imbuían la idea negativa de la suplencia y nos instaban a mi hermana y a mí a que nunca pronunciáramos ante ella la palabra mamá, cuando volviésemos a estar reagrupados. Mi hermana, que estaba hecha de otra pasta, hizo caso omiso y, más adelante, siguió pronunciando la palabra prohibida. Mi resolución fue no decir tampoco la palabra papá, para no herir los sentimientos de nuestra nueva madre. Y así continuó hasta el final de la existencia de ambos. Cuánto veneno puede haber en las palabras de los que malquieren. Con los años acabaron aceptándola y respetándola. La vejez en ocasiones tiene esa virtud terapéutica.
Al cabo de unos meses, regresó mi padre para llevarse a nuestra madre. Su destino, una fábrica de zapatos en un pueblo con decanos edificios medievales de piedra vetusta y casas típicas con fachadas de entramados de madera. Mi padre había conseguido el alquiler de una habitación grande con cocina en la primera planta de una casa rústica donde vivía una familia muy numerosa, con unas parcelas de tierra de labor en las afueras del pueblo, junto al bosque, que más adelante constituiría para mí un lugar de fascinación.
En Madrid y con las rutinas que nos imponían las nuevas circunstancias, fluía el tiempo sin que tuviéramos consciencia de la ausencia paterna. Las madrugadas para ir al colegio y las tardes para el juego en la calle donde vivíamos, nos hacían cada vez más nativos de Carabanchel Alto. Es recuerdo de mi hermana la travesía que debíamos hacer desde la Colonia San Vicente de Paúl, donde vivíamos, a través de un descampado oscuro y solitario hasta la parada del autobús. En ese lugar es donde hoy se encuentra la Plaza Elíptica. Pero sí me quedó en la memoria el haber hecho ese trayecto en una ocasión de noche y con nieve. El autobús nos dejaba en un punto de la Calle Marcelo Usera, donde se encontraba nuestro colegio. Mi hermana recuerda a una mujer que trabajaba en la entrada como conserje, una mujer a la que le faltaba un brazo. En mi memoria no he podido encontrar esa imagen, oculta inexplicablemente como tantas otras. Mi hermana es un año menor que yo y conserva recuerdos de aquel colegio que para mi son lagunas insondables. Tal vez se debiera al íntimo rechazo que sentía por aquel lugar. Aún sin recordarlo, intuyo que sentía miedo visceral por algunas de aquellas monjas, de semblantes grotescos y miradas de artificio, amén del maltrato que en ocasiones me granjeé por mis travesuras de niño. Sí forma parte de mi memoria de forma indeleble el día en la semana que tocaba dictado y, una vez corregido, lo pasábamos a limpio. Recogidas todas las libretas de limpio y amontonadas en una esquina de la mesa de la monja, ésta me llamaba y de pie junto a ella, tenía que hacer en cada uno de los cuadernos un dibujo al final del texto, porque se me daba bien dibujar casitas, flores y animalitos, para decorar el trabajo. Cuando la mano se cansaba y cometía un error, la monja cogía su campana de bronce y me golpeaba con el mango en posición vertical en la cabeza. Todavía puedo dar fe de lo que aquellos campanillazos dolieron. Aquellas libretas de limpio eran las que después enseñaban a las madres para que vieran la evolución escolar de sus niños. Pero si eso era cruel, otras travesuras se saldaron con golpes en las desnudas pantorrillas con la caña del escobón, mientras me ordenaban ponerme con las manos contra la pared en el patio, a la vista de todos. Mi rabia de niño la descargaba después arrancando alguna planta de las macetas que abundaban en el patio. De alguna manera yo sabía que aquellas macetas eran su debilidad o eso me parecía a mí. Cuando llegaba a casa y mis tías veían los moratones en las piernas siempre argumentaban con las mismas palabras “algo muy malo has debido hacer para que las monjas te hayan castigado”. No tengo el recuerdo de que alguien alguna vez dijera algo en mi defensa.
Al cumplir los siete años, los niños hacíamos la comunión y debíamos abandonar ese colegio. Corría el año de mil novecientos sesenta. Las niñas podían continuar. La educación que recibían estaba encaminada a hacerlas eficaces amas de casa y fieles y católicas esposas, no sin antes proponerles la conversión a futuras monjas. Además de colegio era una cantera de espiritualidad, de resignado y oscuro espiritualismo.
Pero no todos los recuerdos son oscuros. Los domingos acostumbraba tío Pablo a no quedarse en casa, parecía que le pinchase, y siempre tenía alguien a quien visitar: amistades, parientes lejanos a quienes mis tías aborrecían y otras personas que por mi corta edad no sabía cómo definir la relación. La verdad es que tampoco me importaba. Mi verdadero interés radicaba en las protocolarias galletas con onza de chocolate duro a las que nunca me negaba, pese a que antes de llegar a la casa de esas personas mi tío me advirtiese de que debía decir que no, por respeto, y dar siempre las gracias. Pero había un interés superior por el que habría caminado hasta el fin del mundo. Salíamos de casa andando y volvíamos andando. Cogido de la mano de tío Pablo, y muy temprano, recorríamos enormes distancias. Muchas veces sobrepasábamos el centro: Cibeles, El Retiro, la Plaza Mayor, y en esos espacios que para mí parecían cósmicos, la fascinación infantil de los tranvías, el trolebús y sobre todo los autobuses de dos plantas, que ahora sé que llamaban GUY Arab. Nunca antes había visto tanta gente agolpada caminando al unísono por las calles principales. Pocas ocasiones recuerdo que hubiéramos montado en metro para alguna de estas visitas, pero el casi sofocante olor a hollín en aquel laberinto subterráneo forma parte, desde entonces, de mi memoria olfativa. El premio para mí por estas hazañas y siempre que me portara bien y no me quejara, era un tebeo, a veces dos. Era mi bien ganada recompensa; adoraba los tebeos. A mi hermana nunca la llevaba a esos interminables paseos; decía que se quejaba mucho. De no haber habido esos tebeos yo habría hecho lo mismo. En el camino de vuelta, Calle Usera arriba, hacia el barrio, tío Pablo practicaba varias paradas en tabernas de su predilección y tomaba un vermú; para mí, refresco y aperitivo. Se podría decir que ya formaba parte de Madrid aunque no tuviera ni idea a esa edad de lo que eso pudiera significar; son sentimientos rescatados en la distancia.
Y fue en ese Madrid y a mis siete años cuando la música me abrió los oídos de golpe, igual que se descorre un velo y aparece ante ti la más cautivadora de las experiencias. Debía ser festivo; no había colegio. Junto a la cama una radio sobre la mesilla de noche que no me estaba permitido manipular. Desobedeciendo la norma la encendí. ¡Música! Algo totalmente distinto a lo que estaba ya acostumbrado a oír durante el día: canción española, zambras, Valderrama, Fosforito (vino amargo)…Un repertorio inacabable, familiar, que se repetía día tras día. Pero aquella mañana, en la radio, había algo totalmente nuevo y seductor para mí: ¡Música! Los temas instrumentales de Los Relámpagos. Parecía una suerte de monográfico, tema tras tema, deliciosamente interminable. Es un recuerdo nítido de felicidad, el inicio de una aventura vital que, como la lealtad de mi sombra, me ha acompañado a lo largo de la vida.
También en ese Madrid, aprendí el juego en la calle, en mi calle, pues había límites que no se podían cruzar. Lo mejor era la estrategia de los dos bandos, malos y policías, indios y vaqueros. Casi todo el tiempo se nos iba en organizar el juego, de modo que cuando por fin lo iniciábamos, la calle se llenaba de voces reconocibles llamándonos para la merienda, que jamás perdonábamos porque teníamos hambre: una esquina de pan de candeal con el hoyo de aceite y una onza de chocolate duro como turrón de Alicante.
Pero no todos los juegos eran de esa índole. Los vecinos de la puerta de al lado tenían una hija de nuestra edad, Marisol, que se hizo amiga nuestra. Con ella y con mi hermana jugué alguna vez a las casitas. Entre nosotros no existía el sexismo a la hora de jugar. Yo recogía piedras o restos de ladrillos y con eso establecíamos el perímetro de la casa: aquí la cocina, el salón, el baño y aquí la puerta, por donde yo me esfumaba para ir a trabajar, que era el papel del padre de la casa.
También tenía una caja de zapatos llena de indios, caballos y pistoleros, figuras acumuladas de las últimas navidades. Mi amigo Jesús venía a casa y las batallas eran interminables. Otras veces, cuando él no podía venir, pedía permiso a tía Consuelo para jugar en su casa. Siempre me lo permitía. Estaba dos calles más allá del límite, pero lo permitía. Mucho más tarde comprendí la excepción a esa norma. Jesús era hijo único. Era hijo de alcohólico que probablemente maltrataba a su madre y por supuesto a su propio vástago. Cada día le exigía al hijo salir a la calle y no volver hasta que no hubiera recogido de los suelos un buen montón de colillas. No obedecer o no cumplir con la tarea suponía un castigo violento. Un día mi amigo me pidió que le ayudara, cada vez resultaba más difícil reunir tantas colillas. Evidentemente le ayudé, era mi mejor amigo.
Hasta que dejé de verlo, simplemente había desaparecido de mi existencia. Después de muchos años, y al preguntar por Jesús, tía Consuelo me dijo que lo habían mandado a un colegio de internos, sólo eso. El desamparo es hermano de sangre del desarraigo. El colegio de internos era algo que se utilizaba como amenaza con los chavales rebeldes o desobedientes, o para ocultar vergüenzas de madres solteras, como tía Julia. Tenía un hijo en uno de esos centros al que visitaba cada domingo. Recuerdo haber acompañado a mis tías una vez. Tía Julia no vivía con nosotros.
Desde hacía tiempo trabajaba como empleada de hogar interna y sólo la veíamos de tarde en tarde. Algunos días pasaba por casa con un niño muy pequeño, era el hijo de los señores a quienes servía. Ignoro por qué razón lo traía a casa para darle la merienda, que consistía en un yogur en envase de cristal, de aquellos primeros y que jamás entraron en nuestra casa para quedarse. Me recuerdo observando de cerca a mi tía con el crío en el regazo y el deseo de probar aquel cremoso y blanco manjar.
Más adelante supe que aquel niño, al que mi tía llamaba Carlitos, era uno de los hijos de Carlos Saura. Mi tía Julia nos contaba con orgullo su presencia como figurante en una escena donde un grupo de mujeres esperan su turno para coger agua en una fuente pública del barrio, en la película Los Golfos.
Cumplidos los siete años y hecha la primera comunión, me cambiaron de colegio. Duró poco tiempo y el único fotograma que conservo es el de un patio muy amplio donde cada mañana, todos perfectamente alineados y brazo en alto, nos hacían cantar el cara al sol, un cántico que no entendía pero sí el miedo a ser castigado por bajar el brazo o no mover los labios.
El tiempo transcurría con la rutina infantil sin sospechar el nuevo futuro que se iba gestando. Cuando conseguía una perra gorda, la moneda de diez céntimos de la peseta de entonces, iba con algún amigo al quiosco que una familia regentaba en la planta baja de un edificio de la calle de al lado y comprábamos cartuchos de pipas. En otras ocasiones la inversión era en un par de cigarrillos de anís que encendíamos tras la puerta del portal, un ritual iniciático entre chavales para emular a los adultos. No prosperó. Aquello sabía a rayos recién caídos del cielo. Esto solía hacerse con el amigo de confianza del momento, los demás sólo contaban para el juego de estrategias en nuestra calle.
Uno de ellos, Fernandito, nos anunció una tarde la gran noticia del siglo: sus padres acababan de comprar un televisor. Debía ser de los primeros en el barrio. Fernandito se creció a tal punto que instauró una suerte de rivalidad entre los demás para ver quienes dábamos mayores evidencias de ser su mejor amigo para ser invitados a su casa a contemplar el prodigio con alguna película. Fui invitado en un par de ocasiones.
Tengo el recuerdo de haberme llevado bien con todos ellos. Además, yo era el que más películas les contaba. Fueron muchos los domingos los que nuestras tías nos llevaban, a mi hermana y a mí, a los matinales del domingo en el cine del barrio. Al día siguiente, rodeado de esos amigos, les relataba con todo lujo de detalles y demostraciones interpretativas y hasta efectos sonoros de la última película, que además nos servía después para recrearlas en el juego.
Antes de la película proyectaban algunos cortos de cine mudo, películas que a lo largo de la vida me han trasladado una y otra vez a aquella parte feliz de mi infancia. Fue la película Los últimos de Filipinas la que nos marcó en cierta manera. Tía Benita, gran aficionada a las historias de dramas y romances, consiguió que mi hermana y yo aprendiéramos de memoria el tema central de la película.
Los siete años cumplidos estaban a punto de convertirse en una línea fronteriza no sólo entre períodos vitales, también entre países, lenguas y costumbres. Llegada la Navidad aparecieron nuestros padres con sendos regalos, no sólo porque era tiempo de juguetes, también porque pensaron que podrían ser útiles para conformarnos ante el nuevo desarraigo en ciernes. Dejar a nuestras tías y tío, nuestros amigos y amigas, nuestro Madrid. Los pocos días que traían de vacaciones hubo que hacernos pasaportes, preparar maletas y convencernos de que el futuro inmediato iba a ser lo mejor. No recuerdo despedidas de ninguna índole.
Era todavía el año de mil novecientos sesenta. El uno de enero de mil novecientos sesenta y uno, tras algo más de dos días de ferrocarril y pasar una noche en una estación fronteriza porque había que hacer trasbordo por el diferente ancho de vías entre un país y el de al lado, llegamos a Alemania. Era de noche y las calles estaban atiborradas de nieve. Fue como llegar a uno de esos exoplanetas donde sólo hay hielo y frío.
Al día siguiente de llegar, la casera le dijo a mis padres que debíamos incorporarnos de inmediato al colegio, que con una sola falta vendría la policía a casa. Debía ser el último día de las vacaciones. Recuerdo que no hubo ningún tipo de tránsito. Veinticuatro horas después formábamos en el patio de un colegio que tenía el aspecto de una mansión medieval.
Al cabo de los años dijo mi padre que aquella noche hacía treinta grados bajo cero. Por los años transcurridos y la inclinación suya a exagerar las cosas, me quedaron ciertas dudas. Pero lo decía mi padre, debía creerlo. En los años siguientes tuve ocasión de comprobar que allí el frío no era ninguna broma: el arroyo del pueblo, congelado, donde íbamos a patinar al salir del colegio; las tuberías de casa; y los sabañones, porque nuestra indumentaria no era del todo la adecuada.
Como muestra el primer día de colegio. Mi hermana y yo cogidos de la mano, nuestras carteras escolares raídas, traídas con nosotros desde Madrid, y caritas de ratones asustados, mientras nos observaban los demás niños y niñas alemanes, vestidos casi como exploradores antárticos y unas estupendas mochilas a la espalda.
Seguíamos siendo dos esponjitas mediterráneas en manos absolutamente del destino. La ventaja de los niños es que no son conscientes del tránsito de una estirpe a otra. Mientras que nuestros padres, que ya vivían allí casi tres años, sólo manejaban un vocabulario extremadamente básico, en la escuela pronto recitábamos poemas de Goethe en perfecto alemán y nos desenvolvíamos con los compañeros como si siempre hubiésemos vivido allí. Esto último hasta cierto punto. El rechazo racial también se manifestó en algunos momentos puntuales. A mi amigo Luisito, un gallego flacucho que siempre sonreía, le salieron al paso unos ceporros germanos y le dieron algunas patadas a la luz del día en plena calle. Nadie acudió. A mi me partieron la nariz por defender mis canicas. También lloré, pero ningún adulto acudió. Cosas de críos, se pensaría, pero si simultáneamente te insultaban con el término spaghetti, entonces el sentimiento era otro. Nunca entendí por qué me llamaban así si yo no era italiano. Les daba igual, todos éramos la misma cosa a la que había que despreciar.
De mañana y muy temprano, camino de la escuela con el pensamiento distraído en mis preocupaciones de escolar, era reprendido por cualquier adulto si omitía el guten Morgen. Recuerdo el sermoneo con cierto aire de desprecio, el mismo desprecio que percibí con la bofetada del Herr Direktor con la que se ensañó en mi mejilla por subir las escaleras corriendo en lugar de guardar la fila. En ese momento estaba de juego con otro compañero. Yo recibí por los dos.
Poco después nuestro colegio fue clausurado por antiguo. En las afueras habían construido una nueva escuela más grande y moderna para los alumnos de nuestro pueblo y el pueblo vecino que estaba muy cerca, con campo de fútbol incluido.
Los compañeros me habían convencido para formar parte del equipo infantil. Mi interés por el fútbol era casi nulo. Lo que si me gustaba era viajar a distintos pueblos con el equipo para jugar partidos, de liga, supongo. Y después la merienda antes del viaje de regreso. Había camaradería y diversión. En uno de esos partidos, en nuestro campo de la escuela, lancé fuera un balón que era un gol cantado, ante la portería, completamente solo, nervioso y sin ninguna destreza. El público estalló en insultos y exclamaciones de odio. Creo que fue a partir de ese acontecimiento que dejé de jugar en el equipo. Sentí miedo.
En la fábrica de zapatos donde trabajaba nuestra madre y en un extremo del gran solar cercado por una malla metálica, habían habilitado una residencia para trabajadores extranjeros de la fábrica y nos mudamos allí. Todos éramos españoles. Había personas de Galicia, Zamora, Mallorca y nosotros, los andaluces. La cocina y los baños eran comunes y había turnos para la limpieza. Cada unidad familiar disponía de una habitación y las que tenían hijos, otra más. De acuerdo con la legislación del momento, los menores debían tener su propia habitación. No había duchas, por lo que el baño lo hacía cada cual en su habitación con un enorme barreño de cinc. Había agua caliente y calefacción en todo momento. El responsable del mantenimiento de la caldera era tío Pablo. Mis padres le consiguieron un contrato en aquella fábrica y su habitación correspondiente. Tío Pablo era soltero perpetuo y de salud delicada. Le recuerdo tomando bicarbonato de manera habitual. Decía mi padre que la miseria de la guerra se había instalado en su organismo en forma de asco permanente.
El pueblo se llamaba Langendiebach, en el estado federado de Hesse. Algunos años más tarde recibió el nombre de Erlensee, tras fusionarse con el pueblo vecino de Rückingen. Con mi incipiente inteligencia, no podía entender cómo se puede cambiar de nombre a una población.
En este pueblo y en una fiesta popular de la que no tengo apena recuerdos claros, escuché por primera vez canciones de The Beatles, mientras que dos fronteras más al sur, la censura no permitía la contaminación de la nueva música. Una música que venía para quedarse, incontenible e insobornable. Una versión de entonces de Jhonny Guitar con guitarra eléctrica que escuché en la residencia, se convirtió para mí en una suerte de puerta estelar hacia toda la música que habría de llegar a mis oídos y a mi alma.
En noviembre de mil novecientos sesenta y tres, la programación de la televisión en Alemania quedó interrumpida de forma permanente ante la noticia que conmocionó al mundo: el asesinato del presidente de Estados Unidos John F. Kennedy.
A poca distancia del pueblo había una base militar estadounidense donde cinco meses antes J.F.K. asistió a un desfile. Se percibía una cierta algarabía por las calles, como si fuera festivo. En el pueblo vivían muchas familias cuyos maridos prestaban servicio en la base, sobre todo hombres negros con sus impecables uniformes y condecoraciones. En la feria de verano del pueblo, solían obsequiarnos a los niños con las bagatelas que ganaban en las tómbolas.
Con la perspectiva de los años, he sostenido que también esas personas padecían del mismo desarraigo que los muchos emigrantes que habían dejado atrás familia y miseria, aunque con mejores salarios que además eran en dólares.
La hazaña que mis padres llevaban a cabo cada día consistía en enviar lo que ganaban a una constructora que en esos años levantaba una barriada dormitorio en el ensanche de un barrio de Málaga. Un piso en una quinta planta sin ascensor donde vivieron hasta el último día de sus vidas.
Mi padre decía que el hombre que dirigía aquella constructora era gran amigo suyo, de toda la vida, pero llegado el momento de la adjudicación de las viviendas, las que estaban plantas más abajo se las quedaron los familiares de este amigo, y que poco tiempo después, cuando se revalorizaron, las vendieron con buenos beneficios. Siento un profundo desprecio por ese individuo capaz de utilizar la amistad sólo para sus ganancias.
Gestor de actividades administrativas, autoescuelas y seguros, además de emprendedor inmobiliario, creó su propia caja de ahorros para gestionar el dinero que enviaban los emigrantes —entre otros—, ubicado en la misma barriada, como si de un supermercado se tratara, y fue un servidor activo del Movimiento Nacional de entonces. Un católico modélico al que no le temblaba el pulso para conseguir beneficios allí donde los hubiera.
Esto contaba mi padre mientras añadía que habían falsificado los planos cuando fueron registrados en las oficinas de urbanismo. Nuestro edificio era de seis plantas; fue registrado como bloque de cuatro, tal vez para ahorrarse los costes de ascensor que ordenaba la legislación del momento, allá por los sesenta. No sé cómo, pero había conseguido copia de un plano donde se evidenciaba esta diferencia de plantas. Esto contaba mi padre poco antes de morir, tras haber intentado que instalaran un ascensor en el edificio, sin poder conseguirlo. Imposibilidad técnica, le dijeron.
Fueron nueve años los que trabajaron desde el amanecer hasta la tarde sin permitirse ni permitirnos ni un solo gasto que ellos consideraban innecesarios. Nos perdimos excursiones valiosas y nunca pudimos conseguir una bicicleta, como las que todos los niños y niñas tenían para ir al colegio.
Transcurridos cuatro años y con el argumento de que nos estábamos olvidando del español, decidieron volver a dejarnos con nuestras tías. El único compañero que se despidió de mí y que lamentó de corazón que me marchara fue Wolfgang, un amigo bueno y noble perteneciente a una de las familias más pobres del pueblo, que las había pese a la aparente apariencia de villa moderna y próspera.
Mi hermana se quedó en Madrid y a mí me dejaron a cargo de otra tía, en Málaga, también hermana de mi padre. Me matricularon en un colegio privado barato de los de entonces donde estudiaban mis primos. El curso se llamaba Iniciación Profesional, y nunca supe qué significaba ni qué tenía de profesional. El maestro, Don Federico, nos instruía lo mejor que podía y los sábados, cuando la asistencia a clase era voluntaria, dábamos dibujo y era cuando nos contaba cosas asombrosas. Éramos cinco o seis los que acudíamos y supongo que eso era lo que le animaba a que la clase fuera más distendida y mucho más cordial. Muchos domingos y obligados por la dirección del colegio, don Federico acompañaba a toda la clase hasta la iglesia de Los Mártires, que estaba cerca de la escuela, para asistir a misa. El director del colegio era un individuo bajito, regordete y con bigotito fino al uso sobre la boca. Su porte y sus maneras recordaban a las del dictador.
Entrado de lleno en la pubertad y sintiendo vergüenza por el incipiente vello sobre el labio superior, y el habla un tanto híbrido de los lugares habitados y al tiempo de ninguno, la cadena de desarraigos parecía llegar a su fin. Regresaron mis padres, volvió mi hermana y estrenamos el piso que tantos años y esfuerzo costó, y que al poco se inundó de raíces nuevas y un tanto desconocidas, pero raíces después de todo.