Transcurría la tarde plácidamente en el cementerio de San Miguel. No era un día significativo para la visita, simplemente sentí el impulso y me dejé llevar. Ni siquiera compré flores; no había un motivo especial para estar allí. Tan solo sentía la necesidad de estar un rato cerca de la tumba de mi padre. Me senté en el banco de piedra artificial situado frente a la fosa que ahora comparte con su madre, mi abuela Carmen. Cuando falleció mi padre —hace ahora cuatro meses—, supe por la funeraria que lo había dejado todo gestionado para que así fuera. No le gustaban los nichos. En una ocasión me comentó que el mejor descanso para los muertos era la tierra, sobre todo si era en compañía del ser querido. La última vez que asistió a una inhumación en nicho recordó un verso perdido en su memoria mientras introducían el féretro, y esto agitó sus sentimientos: Qué solos se quedan los muertos. Fue a partir de ese instante cuando tramitó su inclusión en la fosa de su madre. Tengo la absoluta certeza de que le habría gustado yacer en la misma sepultura con su compañera del alma, mi madre, pero ella tenía un concepto muy diferente de lo que debía hacerse tras el fallecimiento. Por una parte le aterraba la idea de recuperar la consciencia estando bajo tierra y, por otro lado, la concepción romántica de verse finalmente purificada, diluida en el aire, desintegrada en el cosmos. Siempre defendió la incineración, dejándonos a todos muy claro cuál debía ser considerada su última voluntad al respecto. El día que hubo que avisar a la empresa de servicios fúnebres que mis padres tenían contratada, así se lo hicimos saber. Sé que mi padre deseaba en lo más hondo cambiar esa decisión, pero le recordé de manera insistente cual había sido siempre el deseo de mamá, y ese deseo era sagrado. También sabíamos del deseo de mi madre de lo que después debíamos hacer con sus cenizas. En las afueras del pueblo donde nació y pasó la mitad de su vida, a los pies de unos altos álamos plateados, estaba la Fuente de la Esperanza, un manantial de agua fresquísima donde acudía la gente del pueblo para llenar sus cántaros, con los que después llenaban botijos y otros recipientes para el consumo diario. Para ella fue un rincón emblemático de juventud. En aquellos años, sobre todo entre la gente más longeva, se propagaba entre susurros las virtudes de aquel agua: Se aseguraba que alargaba la vida. Es por ello que mi madre había convertido en sueño futuro el esparcido de sus cenizas en aquel lugar, a los pies de los álamos. Ella estaba convencida de que, al penetrar hasta las raíces, subiría por su savia hasta las ramas y tendría ahí un mirador de privilegio. Allí nos desplazamos mi padre y yo con la urna guardada en la mochila para cumplir su deseo. Obviamente no íbamos a dispersar sus cenizas junto a aquella fuente. Conocíamos la normativa al respecto, pero nos empujaba la necesidad de establecer una bienintencionada excepción a la norma. Observamos que había una colina a muy escasa distancia y un estrecho sendero ascendente. Hacia allí nos encaminamos. Al llegar, nos sentamos sobre una losa de piedra para recuperar el aliento. Entonces dijo mi padre: “No comprendo cómo alguien puede desear, que lo que ha quedado de su cuerpo, sea esparcido por el monte. Nunca lo entenderé”. Le respondí: “Papá, mamá ya no está en estas cenizas. Su alma, o como quieras llamarlo, de seguro que ya está en otra parte. No sé dónde, pero en otra parte”. Nos pusimos en pie, saqué la urna de la mochila y desenrosqué la tapa. No se veía a nadie en los alrededores. Comprobé la dirección del aire y la volqué lentamente: “Adiós mamá. Buen viaje”. Mi padre me miró asintiendo con la cabeza.
Mi padre, al contrario que mi madre, había manifestado en todo momento su inclinación al enterramiento. Desde niño, cuando entre los mayores surgía el tema de la muerte en sus conversaciones, prestaba una atención fervorosa a las palabras de su madre, especialmente cuando evocaba al marido, su padre, mi abuelo Rafael. Era para él una fascinación, un misterio insondable que alguien ya sin vida permaneciese invisible y perdido para el resto del mundo, por siempre jamás, sobre todo porque se trataba de su padre. Creo que de ahí le venía la imperiosa necesidad de que sus restos permaneciesen en el mundo hasta el fin de los tiempos. Cuando en nuestras charlas afloraba este tema, yo consideraba todo esto como mera superstición, entre otras cosas. Pero nunca se lo mencioné. Concluí que la cosmovisión que cada cual tiene respecto a la vida y la muerte merece el mayor de los respetos. La gravedad y la sobriedad con que mi padre afrontaba su futuro desenlace final me conmovía a tal punto, que despertaban en mí un sentimiento de inexplicable piedad. Esto tampoco se lo conté. En mi familia nunca hemos sido creyentes practicantes. Mi abuela Carmen decía que se podía hablar con Dios en cualquier momento y lugar sin tener que ir a templo alguno, y sin tener que contar a un desconocido las cosas que duelen y afligen en tu interior. Mi padre (también mi madre) había hecho suya esta línea de pensamiento. Me resulta difícil negar la influencia que mis padres ejercieron en mí en relación a la idea de la muerte. Todo esto lo he sabido a través de mi padre. Mi madre eludía este tema de conversación siempre que podía. Por otro lado, no tengo recuerdos de mi abuela Carmen. Murió al poco de yo nacer. De modo que, cuanto mi padre me ha contado, me siento obligado a considerarlo verdadero. Una de las frases más repetidas por mi padre en esas conversaciones era: “No se debe bromear ni mentir acerca de la muerte. Cuando un ser abandona la vida, las personas que lo hemos querido debemos concentrar nuestros deseos y pensamientos en desearle un viaje venturoso, hasta donde quiera que el alma se traslade tras el último aliento”.
Volví a sentir esa piedad cuando se fue mi madre, y vi cómo mi padre se desvanecía en sí mismo, hacia sus adentros, como si algo le impeliera a tornarse invisible, inmaterial. Cuatro meses después vino el ‘Barquero’ a llevárselo a él, a su alma, y un coche de la empresa fúnebre a recoger su cuerpo para el acondicionamiento y posterior traslado al tanatorio. Quedó a la vista de todos tras la mampara de cristal. Siempre se dice de los muertos que parece que durmieran. Yo he visto a mi padre muchas veces dormido en el sofá y nada tiene que ver con lo que veía tras el cristal. Supongo que es una forma amable y cortés de transmitir a los dolientes el sentimiento de que aún permanece entre nosotros. Este tipo de cosas eran las que afianzaban en mi padre el rechazo a la incineración.
Mi padre visitaba el cementerio tres veces al año. La tumba de su madre, mi abuela Carmen. La primera visita la hacía el 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, y depositaba ante la lápida un ramillete de flores multicolor. Para mi abuela, según contaba él, celebrar su onomástica era la fiesta grande del año, más incluso que su cumpleaños o la Nochebuena. Hacía chocolate espeso y exquisito y una fuente enorme de torrijas con huevo y canela. Pese al calor de la época, daban cuenta absolutamente de todo. Eso la hacía muy feliz. Mi padre ha glorificado esta fecha hasta los últimos momentos de su vida.
La segunda visita era el veinte de septiembre. Era su fecha de nacimiento (la de mi padre). El día que me interesé por aquella visita puntual al cementerio me dijo que sentía un agradecimiento infinito hacia su madre por haberle dado la vida y aquella cita con su tumba era la manera de renovar el voto que hizo el día que murió. Aproveché aquella circunstancia para preguntarle si también estaba allí la tumba de su padre, mi abuelo Rafael: “No, a tu abuelo lo mataron al final de la guerra y nunca se supo dónde tiraron su cuerpo. Tu abuela ha sufrido lo que nadie puede imaginar, hasta el último día de su vida. Se querían con locura. Su gran amargura ha sido siempre y desde entonces, no tener una tumba a la que acudir a dejar sus flores y sus lágrimas. Siempre que vengo evoco su persona —lo poco que recuerdo— con una plegaria en mis adentros y siempre en nombre de tu abuela”.
La tercera visita, y última del año, era el dos de noviembre, día de los difuntos. Pese a ser una conmemoración de carácter religioso, mi padre no faltaba a la cita. Argüía que se trataba de un día muy especial, por la gran concentración de personas que visitaban a sus muertos. Eso era algo que su madre siempre había dignificado. Ella consideraba que era una de las manifestaciones humanas más grandes de la vida. Ese día, mi padre se sentía arropado por todas aquellas personas desconocidas que, al igual que él, cumplían con el compromiso y el deber de no olvidar nunca a los seres que amaron.
Tan absorto me hallaba en mis elucubraciones que apenas noté la presencia de la anciana. Se acababa de sentar en el otro extremo del banco, en absoluto silencio. Me sorprendió que no saludara. Estábamos prácticamente solos a esa hora del día. Yo sí le di las buenas tardes en cuanto noté su presencia. Pero la anciana permanecía en silencio, con la cabeza inclinada, mirando sus dedos entrelazados sobre el regazo, con los ojos cerrados. Vestía completamente de negro, como esas mujeres de antaño que se entregaban al luto perpetuo. Un pañuelo negro sobre la cabeza apenas dejaba ver el perfil pálido de su cara. Supuse que estaba abandonada a alguna oración íntima y no dije más nada. Continué contemplando la lápida con el nombre de mi padre y de mi abuela Carmen. Recordé lo que me dijo mi padre poco antes de morir: “Acuérdate de mi última voluntad de ir a la tierra. No me importan las lápidas de mármol con filigranas y letras doradas. Una simple cruz de madera con mi nombre será más que suficiente. Que señale el lugar donde estaré. Pero en la tierra”. En esos momentos ya no recordaba la lápida de la tumba de su madre, la que tantas veces había visitado con el ramillete de flores en la mano.
Un leve carraspeo hizo que me volviese hacia la anciana. El pañuelo había resbalado hacia atrás dejando al descubierto una cabellera plateada con un moño impecable. Pese a la lividez de su cara, la expresión era de total serenidad, propia de alguien que ha vivido una vida completa y ya no espera nada. Por un momento creí que se iba a dirigir a mí, pero permanecía inalterable, mirando sus manos con los ojos cerrados. Su cuerpo no delataba movimiento alguno que hiciera suponer que respirara. Era la foto fija de alguien de quien no se podía establecer una edad concreta. Continuamos en silencio, cada cual con sus pensamientos. Los míos continuaban aferrados a los recuerdos familiares.
Sin moverse un ápice en su postura, la anciana habló: “Afligirse por los que se van es muy humano, pero es más apremiante ocuparse de la vida y las deslealtades que cometen los que continúan en ella. No se viene a la vida para sufrir sino para aprender, en esto estamos todos de acuerdo; aunque tarde, lo hemos comprendido. Ahora debes irte, pronto cerrarán la verja. A los muertos no les agrada que los vivos hurguen en sus cosas de muertos cuando el sol se va”.
Un escalofrío me recorrió la espalda de arriba abajo. Las palabras ‘estamos todos de acuerdo’, crearon una nebulosa en mi cabeza de la que resultaba imposible abstraerse. Me aferré al único salvavidas de que disponía: Estaba ante una anciana perturbada y aprisionada en razonamientos espectrales.
Pese a que había una absoluta inmovilidad en el aire, los cipreses alineados a mi espalda se balancearon de un lado a otro, como si un viento súbito los hubiese despertado de algún letargo y los obligara a danzar. Esto lo percibí con la visión lateral. No me atreví a encararlo de frente. La anciana persistía en su inmovilidad. La luz de la tarde se estaba atenuando. Los cipreses continuaban su incomprensible danza. Lanzones puntiagudos en parlamento con el cielo. Lo sentí como una señal, un último aviso. Me puse en pie. Tenía un cierto sentimiento de vergüenza por juzgar de aquella manera inapropiada a la anciana. Estaba dejándome impresionar por lo que acontecía en esos momentos. En un intento inútil por apartar de mi mente la aprensión, me ofrecí a acompañar a la anciana hasta la salida. No me respondió. Continuó inmóvil, los ojos cerrados, inclinada la cabeza. Me apresuré, decidido, hacia el portón de hierro. No había dado dos pasos cuando la anciana me lanzó la pregunta: “¿Te gustan las torrijas?” Lejos de girarme para responder, aceleré la marcha con la respiración totalmente desbocada. Los últimos pasos hacia la salida se me antojaron eternos. “Nunca más volveré a este cementerio”, me sorprendí diciéndome a mí mismo, aunque sabía, al mismo tiempo, que estaría obligado a volver muchas más veces.
El empleado del cementerio ya estaba allí con su manojo de llaves en la mano, como si me estuviera esperando. Le expresé un saludo de despedida y le advertí que aún había una anciana cerca de allí. No dijo nada. El hombre ladeó la cabeza y se encogió ligeramente de hombros. Lo interpreté como un gesto de resignación. Acto seguido cerró la cancela y giró la llave.