Daniel lo tiene claro, pero que muy claro. Tiene ocho años y dice que de mayor quiere ser payaso. Sí, eso es, payaso.
En casa siempre encuentra alguna cosa con la que disfrazarse, aunque a veces le pide a su madre un trozo de tela, un pedazo de cuerda, o coge de la cocina el embudo grande, que luego, a modo de sombrero estrafalario, utiliza en su habitación para crear sus actuaciones. Con pinturas de las manualidades, de esas que se utilizan con los dedos, se pinta en la cara unos coloretes, una ceja más grande que la otra y se coloca en la nariz una pelota roja de payaso que su padre le compró en la feria, en un puesto de artículos de bromas.
Daniel tiene una imaginación sin límites. Se coloca ante el espejo del armario y ensaya, y ensaya, y ensaya. Cuando considera que su número está perfecto llama a sus padres y actúa para ellos. Que nadie piense que los padres aplauden después por compromiso. Nada más lejos. Se ríen y se divierten de verdad. De eso se da cuenta Daniel perfectamente. Para él eso significa que su número ha sido un acierto y hace que se sienta orgulloso. Después sus padres lo comentarán. No salen de su asombro: “Es un artista”. “Es un genio”. “¿De dónde saca el niño tanta imaginación?”. No recuerdan que hayan ido alguna vez al circo o que Daniel haya visto en la tele actuaciones de payasos.
Pero Daniel tiene alguna información acerca del mundo de los payasos. Su abuelo, que sabe de la afición de Daniel, se ha sentado con él en más de una ocasión ante la pantalla del ordenador y le ha buscado antiguos videos de actuaciones que ya casi nadie recuerda. Por ejemplo, el famoso Charlie Rivel con su vieja silla y sus llantinas ruidosas. No digamos los famosos payasos de la tele. Aunque Daniel no había nacido todavía, su abuelo le muestra algunas de las actuaciones que hicieron en televisión y que todo el mundo aplaudía.
El abuelo de Daniel se llama Damián. Es una persona bastante seria y pocas cosas le hacen reír. No le hace gracia la gente que cuenta chistes, pero con Daniel es diferente. Con Daniel se parte de la risa cuando realiza alguno de sus números, de esos que tiene bien ensayado. Daniel está convencido de que su abuelo sí que entiende de payasos, y cada vez que van de visita procura llevar preparada una nueva actuación.
Su abuela se llama Leonor. Le encanta la repostería y una de las tartas que mejor hace es la que está completamente recubierta de merengue. Cada vez que Daniel le da un bocado, se le queda pegado en la nariz un buen pegote de esa pasta, y eso provoca la risa entre los mayores.
A raíz de esto, lleva ya algún tiempo maquinando un nuevo número con tarta incluida. Pero tiene serias dudas: ¿a quién le estamparía la tarta de merengue en la cara para hacer reír? Ha descartado a los abuelos y a sus padres. ¿Quién le queda entonces? La idea de meter su cara en una de esas tartas le provoca la risa. Si, sería una buena actuación. Ya la ensayará en su habitación, pero sin tarta, claro, porque si no mamá se iba a poner buena.
Van a visitar a los abuelos cada mes, a finales, cuando sus padres han cobrado. Entonces hacen una buena compra en el mercado para llevársela en el fin de semana. Los abuelos llevan ya tiempo jubilados, y aunque afortunadamente no les falta lo esencial, a los padres de Daniel les encanta llevarles todo aquello que les gusta y les pone contentos. Lo que más cautiva a sus abuelos son las mermeladas sin azúcar, las galletas integrales y los frutos secos raros que traen de otros países y que no hay en el pueblo. Cuando en el mercado ven algún buen pescado fresco, también. Ellos viven bastante lejos, en un pueblo del interior y allí sólo hay pescado congelado. En cuanto llegan a su casa lo preparan al horno y organizan ese día un estupendo banquete.
Daniel quiere muchísimo a sus abuelos. Y si al abuelo Damián lo siente cómplice por las historias de payasos que le muestra cuando van, la abuela Leonor no se queda atrás. Siempre le tiene preparada una bolsa con retales de tela de colores y cualquier trasto o cachivache que le pueda servir para sus números de payaso. Su madre los observa de reojo pero se hace la distraída. La habitación de Daniel ya parece un bazar o una tienda de todo a cien, como le dice algunas veces su madre. Sabe que Daniel se siente feliz rodeado de tanto cacharro y a todo le saca partido. Pero, eso sí, ha conseguido que todo lo tenga ordenado en repisas y cajas. De esa manera siempre sabrá dónde está cada cosa. Con todo aquello que Daniel tiene en su cuarto, las posibilidades de triunfar están aseguradas.
En esta última visita, su abuela Leonor le tiene preparada una gran sorpresa. Durante el mes le ha fabricado unos auténticos zapatos de payaso. La última vez Daniel se dejó olvidadas unas zapatillas de deporte. Como estaban un tanto estropeadas, sus abuelos le regalaron unas nuevas y flamantes. La abuela guardó las zapatillas viejas sin que nadie lo advirtiera. Con cartón y algunas telas gruesas, ha forrado las zapatillas y las ha alargado de forma exagerada, que así es como son los zapatos de payaso. En lugar de cordones, les ha puesto unas cintas rojas muy llamativas, y después ha pintado los zapatos de color azul oscuro. Una vez acabados, les puso una capa de barniz para que estuvieran bien radiantes. Con otros pedazos de cartón, hizo una caja grande para zapatos y el interior lo forró con una tela roja brillante. Dentro puso una tarjeta con la imagen sonriente de un payaso y por detrás escribió un mensaje.
Tras la comida, mientras los adultos toman una infusión, Daniel anuncia una actuación; una de sus últimas creaciones.
Bajo la mesa, el abuelo hace una señal cómplice a la abuela con el pie. La abuela se levanta y pide a Daniel que la acompañe.
“Es que tenemos una sorpresa para ti, Daniel, y queremos dártela antes de tu actuación”.
En la habitación, la abuela Leonor le hace entrega de la caja diciendo una palabras que a Daniel le parecen bastante misteriosas: “Tu abuelo y yo deseamos que estos zapatos te lleven lejos, muy lejos”.
Resulta difícil describir el asombro que aparece en la cara de Daniel cuando por fin abre la caja de cartón. Se queda mudo. No sabe qué decir. No tiene ni idea de por dónde empezar. No le salen las palabras. Simplemente se abraza a su abuela y dice varias veces “gracias, gracias, gracias...”.
En esa misma habitación es donde Daniel ha dejado la bolsa con los elementos que va a utilizar en su número. Pero lo que hace primero es probarse los zapatos. Su abuela le hace unos lazos con las cintas y Daniel da algunos pasos por la habitación. ¡Increíble! Camina como si siempre los hubiera llevado puestos. Cómodos, ligeros, a su medida. Y aunque es consciente de que su andar resulta un tanto patoso, se da cuenta enseguida de que así es como tiene que andar un verdadero payaso.
Su abuela le ayuda con la indumentaria que tenía preparada y con el maquillaje. Está perfecto. Un payaso en miniatura pero con un corazón enorme.
Con la emoción, Daniel no se ha percatado de la presencia de la tarjeta en el interior de la caja. Su abuela la guarda en el bolsillo de su chaqueta para más tarde. Se adelanta hacia la entrada del salón donde están los demás y anuncia el inminente espectáculo: “¡Atención, señoras y señores. Me complace presentarles, en función única y exclusiva, a Daniel, el payaso más grande que jamás han visto!”.
Por la puerta entra Daniel simulando tropezones con sus grandes zapatos. Lleva un sombrerito de fieltro rojo, unos pantalones azules muy anchos con remiendos de otros colores, y sujetos con tirantes, y una camiseta de color naranja que le cuelga por debajo de las rodillas. La corbata, una tira de tela blanca, ancha y con lunares rojos, le cae por debajo del ombligo. Entra triste, lloriqueando, mirando al suelo. De pronto se para y emprende una llantina a pleno pulmón, totalmente desconsolado. Cuando acaba de llorar, se saca del bolsillo un enorme trozo de tela blanca a modo de pañuelo y se suena ruidosamente la nariz. Al darse cuenta de que hay gente en el salón finge sentir una gran vergüenza y comienza a tararear una cancioncilla mirando hacia el techo, como disimulando. Inesperadamente, la mano que traía oculta a la espalda, la trae lentamente hacia adelante y muestra una enorme margarita con el tallo tronchado. (Una flor que él mismo hizo con cartulina y una pajita de plástico que en realidad está solo doblada). Al fijarse en la flor, emprende otra ruidosa llantina señalando con la otra mano la margarita malherida: “¡Pobre florecilla, qué pena me da!”. “¡¿Qué puedo hacer?!” Otra vez el pañuelo y otra ruidosa sonada de nariz. Cuando parecía que el problema no tenía solución, apareció en su cara una enorme sonrisa de payaso y, levantando un dedo exclama de forma ruidosa: “¡Yaaa lo tengooo!” Saca un trozo de alambre del bolsillo, lo endereza y lo introduce muyyy despacito en la pajita de plástico. Entonces el tallo comienza a enderezarse hasta que la flor queda completamente derecha. Saltos, risotadas, con la flor levantada hacia lo alto, la besa y, mirando hacia el público, se inclina a modo de saludo dando por finalizada la actuación.
Su público se pone en pie y los aplausos son interminables. Parece que su abuelo es el que más fuerte aplaude. “¡Bravo!”. ¡”Bravo!”. La abuela Leonor se le acerca entonces y le entrega la tarjeta. Daniel la lee en voz alta: “Para el mejor payaso del mundo mundial. Tus abuelos que te quieren”.
Cuántas emociones en un solo día. Daniel está feliz. Mientras los adultos comentan y ríen por la actuación, Daniel se va a la habitación para cambiarse de ropa y empaquetar cuidadosamente sus cosas. La abuela Leonor va tras él para ayudarle a limpiar el maquillaje de la cara. Mientras le asea, le da un sabio y cariñoso consejo: “Lo has hecho pero que muy bien, Daniel. Eres un gran artista, pero no olvides nunca tus estudios, cariño. Debes aprender todo lo que te sea posible. Prométeme que lo harás”.
Daniel hace la promesa y se abraza a su abuela agradeciéndole nuevamente los zapatos tan bonitos que le ha hecho. “La próxima vez será más divertido todavía”, le dice sonriente.
El fin de semana ha pasado volando. El domingo, después de desayunar, deben hacer el viaje de vuelta. Daniel está deseando que llegue el lunes para contar a sus amigos del cole su última actuación, lo de los zapatos y hablar de sus abuelos, que es lo que más orgullo le produce.
Daniel es muy amigo de sus amigos y amigas. Todos le aprecian un montón y se ríen con sus ocurrencias. Daniel es muy humorista. Hasta han empezado a contagiarse de su entusiasmo por ser payaso. Antoñito, Lucas, Lisa y Marta (que él sepa), ya están reuniendo objetos en sus casas para crear sus propios números de payaso. Quién sabe... Quizá más adelante se pongan de acuerdo y organizan una actuación juntos. Tal vez en la fiesta de fin de curso del colegio. Daniel les propone que más adelante hablen en grupo con la maestra para preparar un número en equipo. Sería estupendo. Todos están muy entusiasmados con la idea.
Lo cierto es que Daniel, esa misma tarde, ya está dándole vueltas al proyecto. Recuerda algunos de los vídeos que vio con su abuelo, especialmente los de Charlie Rivel; esos le encantaron. Pero a Daniel le ronda en su cabeza el asunto de las tartas de merengue. Una actuación con sus compañeros en donde haya lanzamiento de tartas podría ser muy divertido, pero se le plantea un serio problema. Harían falta unas cuantas, y todas, al final de la actuación, irían al cubo de la basura. Daniel, desde muy pequeño, aprendió que la comida no debía tirarse, porque hay personas que no tienen apenas nada para comer. De modo que descarta las tartas y se dedica a pensar en otras opciones. Algo se le ocurrirá, seguro que sí. El número con la silla de Charlie Rivel le encanta, pero ha decidido que no le va a imitar. El está convencido de que cada payaso tiene que tener su propia creación, hacer algo que no hayan hecho otros. ¡Qué complicado!
Revisando en su memoria, recordó una anécdota sobre el payaso Charlie Rivel que su abuelo le contó. “Un día, al comenzar su actuación en un importante circo de entonces, cuando entraba en la pista, un niño pequeño empezó a llorar de manera ruidosa e inconsolable al ver su cara pintada y con aquellos pelos de punta. La criatura lloraba tanto y tan fuerte, que el público prestaba más atención al niño que al propio payaso. Charlie Rivel, que conocía muy bien el mundo de los niños, se plantó en mitad de la pista y se puso a llorar alto y fuerte, haciendo muchísimo ruido. En pocos segundos, el chiquillo dejó de llorar mientras miraba fijamente al payaso. Charlie se acercó muy despacito hacia donde estaba el niño en brazos de su madre para comprobar si se le había pasado la rabieta. Cuál fue su asombro al ver como el pequeñín se sacaba el chupete de la boca y se lo ofrecía con el bracito extendido. El payaso, emocionado, lo aceptó y se lo guardó como recuerdo”.
Hacer una actuación recreando algo así sería genial. Alguien del grupo tendría que disfrazarse de niño pequeño con chupete y echarse a llorar de manera muy ruidosa. Y él, con los demás, se pondrían a llorar todavía más fuerte en el escenario. Daniel ya imagina la emoción, las risas y los aplausos del público. Si, se lo propondrá a sus compañeros y lo ensayarán hasta que salga perfecto.
Es hora de ir a la cama. Daniel da las buenas noches a sus padres. Ha decidido no contarles su proyecto, de momento. También se lo propondrá a sus compañeros. Quiere que este asunto sea una gran sorpresa para todos, incluidos sus abuelos. Ya se las arreglará para que vengan a la fiesta en el cole. Eso sí, suponiendo que les dejen hacer esa actuación. ¡Cuántas emociones!
A Daniel le cuesta conciliar el sueño. Imagina cómo irán vestidos sus compañeros para la actuación, aunque les dirá que deben ser ellos mismos y ellas mismas las que diseñen sus trajes, a su gusto y con su imaginación. Cada payaso debe ser único, eso siempre lo tiene muy claro.
Poco a poco se le van cerrando los ojos. Seguro que sus sueños cobrarán vida en alguna pista de circo o en algún escenario abarrotado de público que sonríe y aplaude. Se verá asimismo feliz haciendo reír a tantas personas, grandes y pequeñas. Y lo más importante para un payaso después de hacer reír, los aplausos, muchos y largos aplausos.
A Daniel le espera un futuro emocionante en el mundo de los payasos. Tiene toda la vida por delante. El sueño más hermoso que se puede tener es hacer un poco más felices a los demás. Ya veremos. Si alguna vez nos enteramos de los éxitos de Daniel como gran payaso, prometemos contarlo. Buena suerte Daniel.