A primera hora de la mañana ha empezado a nevar copiosamente y en la calle hay ya una capa blanca considerable. Lo anunciaron hace dos días en la información meteorológica como una probabilidad, pero se está cumpliendo.
He quedado a las 10:00 con Mario en la esquina de Mosén Diego Valera y Emilio Thuillier, junto a la panadería. Hoy hace tres meses que salimos. Sigue nevando con fuerza, con copos grandes, como si en el cielo hubiese una celebración y vaciasen sacos de confetis. La acera está prácticamente cubierta de nieve salvo alguna que otra pisada dejada por transeúntes más madrugadores.
Nada más llegar compruebo la hora en mi reloj: las 9:40. Me sorprende ser tan puntual en esta ocasión; normalmente llego algunos minutos tarde a las citas. Nunca he considerado esta impuntualidad mía una falta grave, ya que nunca se me ha reprochado. Reflexiono con esta cita: ¿Será que con Mario han empezado a cambiar mis pautas de conducta? No lo sé. Pero si así fuera es algo totalmente inconsciente, nada premeditado, y esto hace que se activen las alarmas en mi reflexión.
Me bajo el gorro de lana hasta las cejas y aprieto la bufanda en torno al cuello. Sólo llevo aquí parada un par de minutos y ya comienzo a tiritar de frío.
En esto trajino cuando una oleada de olor a pan recién extraído del horno, mezclado con el aroma de la mantequilla caliente de la bandeja de cruasanes que acaban de colocar sobre el mostrador, invade mi territorio olfativo haciéndome salivar sin control. Aún no he desayunado (pensaba hacerlo con Mario). Dado que sólo hay tres personas en la cola y falta para la hora de la cita, me aproximo a la entrada de la panadería con la intención de conseguir una de esas exquisiteces recién hechas.
La entrada al local se demora. La señora a la que están atendiendo parece que no se decide por qué tipo de pan va a llevarse, y encima inicia un parloteo con la dependienta acerca del día que está haciendo. Hasta que se decide por una barra de piña: ‘que no esté demasiado tostada ni demasiado blanca’. Por fin sale. Me toca. Señalo uno de los cruasanes y le digo a la mujer que es para tomar. Me lo ofrece en una servilleta de papel. Todavía humea y me lo llevo a la boca mientras espero el cambio. Le doy un bocado grande, con los ojos cerrados, ¡qué rico! Abro los ojos para recibir el cambio, que la mujer, con la mano extendida, ya me ofrece. Al abrir los ojos enfoco el reloj de pared que hay en la parte alta, sobre las estanterías y me quedo petrificada con el cruasán en la boca: las 10:45. La mujer insiste en darme el cambio y lo tomo como una autómata, sin moverme del sitio, clavada y pálida como una escultura de yeso. Me pregunta si me encuentro bien, si me pasa algo. Sin poder responder me doy la vuelta y salgo a la calle.
Me sitúo de nuevo en la esquina y compruebo una vez más mi reloj, que señala las 9:40. ¡Maldita sea, se me ha parado, ¿pero, las 9:40 de cuándo?’
Todavía con el bocado de cruasán en la boca, sin poderlo tragar, decido deshacerme de todo en la papelera que hay a dos pasos. Me siento furiosa y estúpida. Qué estará pensando Mario de mí. Bueno, no pasa nada, le llamo y se lo explico, seguro que lo entiende, esto le puede pasar a cualquiera. Marco su número y espero. La voz de la operadora me dice que “al otro lado no hay nadie o está fuera de cobertura”. ¡Odio esa voz de autómata!
Cruzo la calle, a la otra esquina, al mercado, que tiene un zaguán de entrada donde me resguardo de la nieve y el aire frío. Necesito pensar qué hacer. Siempre pasa igual con el teléfono, cuando más lo necesitas... Pruebo con un mensaje. La respuesta es la misma, no hay manera... Finalmente decido tomar un café calentito en la cafetería del mercado, a ver si mientras tanto decide funcionar el maldito teléfono.
Lo intento una vez y otra y otra... Nada, la estúpida voz no se cansa de repetirme lo mismo. Pido otro café, al menos aquí, al resguardo, se está bien, es acogedora esta pequeña cafetería. Desde la plancha me llega nuevamente el aroma a mantequilla caliente, el de las tostadas que el camarero está preparando. ¡Bueno, qué le vamos a hacer! ‘¡Por favor, póngame una de esas!’
El camarero, viéndome hablar en voz alta conmigo misma, me observa un tanto perplejo, pero se vuelve hacia la plancha y coloca una rebanada bien untada de mantequilla.
Decido volver al zaguán tras el café con tostada y probar de nuevo, vaya a ser que en el interior falle la cobertura. Nada de nada. Creo que hoy no es de mis mejores días. Tendré que aplazar las disculpas con Mario. Espero que sea comprensivo cuando llegue el momento.
Desde el zaguán contemplo la nieve caer y descubro que eso me relaja. De pronto, algo en la acera de enfrente, junto a la esquina de la panadería llama mi atención. Algo abulta bajo la nieve, me pregunto qué puede ser. ¿Y si es algo importante que alguien haya perdido? Podría dejarlo en la panadería, por si vienen a preguntar. La curiosidad me puede y cruzo la calle.
Remuevo el bulto con el pie, suavemente, no sea que rompa algo. Entonces, al descubrirlo, me quedo petrificada. Creo que si llego a quedarme un tiempo en esa actitud me habría convertido en muñeco de nieve. Era un pequeño y coqueto ramo pisoteado, mancillado, con tres rosas rojas y un lazo con las palabras: “Hace ya tres meses que Te Quiero”.