Cabalgar sobre un caballo blanco con las crines al viento nada tiene de particular, lo hemos visto numerosas veces. Pero que el caballo tenga alas, que yo lleve un yelmo y en la mano una espada, eso es para contarlo. Puedo ver a la gente en tierra como si fueran hormigas; los caminos y los arroyos, como las arterias de un organismo y las nubes parecen tan densas que se podría descansar sobre ellas placenteramente. Una voz de mujer me despierta: “Estimados pasajeros, vamos a aterrizar. Por favor abróchense el cinturón. El comandante les desea una feliz estancia en Atenas”.
Microrrelatos
Viaje a Grecia
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