Le vi saliendo de la marisquería, en la Cala, donde nunca he entrado porque no me lo puedo permitir. Con zancadas anhelantes, el respirar rijoso, y la mirada que lo dice todo y nada, me descubrió en la otra acera, observándole. Se dirigió hacia mí de forma apresurada y con deseos evidentes de compartir lo que quiera que le estuviese sucediendo. Con la palidez en el rostro y ligeros temblores en los labios al hablar, despejó perlas de sudor de la frente con la yema del pulgar:
— ¡Me acaban de desplumar!
— ¿Es que te han atracado?
— ¡Literalmente!
— Bueno, tú ya sabías que ese establecimiento es algo caro, ¿no?
— ¡Si, pero que te cobren quinientos euros por la gaseosa...!
— ¿No habrá sido por el vino?
— ¡No, por la gaseosa; por su especial efecto sonoro al eructar, argumentaron!
Me quedé mudo. No supe qué decir. Se dio la vuelta y se fue.