Entre chasquidos, chirridos y estrépito de instrumentos varios, todos ellos desacompasados como a la ocasión venía, finalizó la desarraigada polifónica alienígena, no sin que los asistentes al evento, con palmoteos espasmódicos, chiflidos y toda clase de onomatopeyas, pidieran inútilmente un bis.
Bajaron de la tarima los que habían hecho de la música ese maravilloso esperpento y se anunció el siguiente número: Un remedo de teatro de cachiporra en el que el papirotazo, golpe o capón le podía venir a cualquiera de cualquier sitio.
Yo, que soy de naturaleza tímida, me aparté cuanto pude de la desternillante diversión y en un rincón del jardín entretuve mi tiempo removiendo hojas secas o viendo como un gorrión capturaba alguna que otra miga de pan.
Cuando acabó la velada, nos dieron nuestro correspondiente sedante.
Soñé que estaba a la orilla del mar, en Rincón de la Victoria. Tenía una lluvia de estrellas por escenario.