Faltaban veinte minutos para la cita. Había un bar abierto justo enfrente del Santander. Con su mejor sonrisa entró, pidió un café y se dirigió a los servicios justo cuando se fue la luz. —No se preocupe, hay un foco de emergencia— le gritó el camarero. El foco no alumbraba más que una vela. A tientas, colgó bolso y gabardina tras la puerta y medio a oscuras se repasó los labios. Cuando llegó a la barra el café estaba frío. Lo tomó rápido echando de vez en cuando una ojeada a la entidad bancaria. Al poco, tal como empezó, dejó de llover. Cogió el bolso y cruzó la gabardina sobre él. Se quitó la alianza de oro, y al salir del bar la lanzó a una alcantarilla. Sólo cuando tuvo las llaves de la caja de seguridad en sus manos, se dio cuenta. El bolso que llevaba no era suyo.
Cerca de allí, Marta, que había tomado un café antes de comenzar su turno en el súper, buscaba en su bolso un cigarrillo y se topó con una bolsita. Las joyas que había en su interior brillaban como estrellas. Guardó la bolsa y tiró el Prada al contenedor.