Era noche cerrada. Llovía. La carretera atravesaba un denso hayedo. Luis se sentía fatigado pero no era consciente de que el sopor le estaba jalando. “Pararé en el próximo bar de carretera” se dijo. El rótulo de neón de color violeta rezaba “El Paraíso”. Luis entró. El local estaba animado. Se tomaría un buen café cargado y seguiría el viaje. Aún faltaban kilómetros. El hombre de la barra vestía impecablemente de blanco. Mientras le hacía el café, se extrañó al ver a todo el mundo acicalado, también de blanco.
“Aquí está su café, caballero. Bienvenido al Paraíso”.