Tras la loma de mansedumbre verde, de laderas desmayadas y temerosas amapolas, hay un jardín desterrado entre crisantemos siempre vivos y mármoles con petroglifos fatuos, inquietando eternamente al caminante perdido. En la noche, recorren sus alamedas sombras encorvadas de desconsuelo; alientos que aún no entienden su destino; tristes almas errantes abducidas por un jardín encantado, con la proclama de que habían pasado a mejor vida.
Un jovenzuelo vestido de harapos con reseca sangre, busca con anhelo a la amada, un amor no consentido que perdió su aliento junto a él en el salto. Busca el colgante del que ella nunca se desprendía, una piedra de aguamarina que encontró en El Cantal con la palabra abraxas tallada en su anverso. Y se pregunta si es este un jardín para los que dieron su vida por amor.
No encuentra a su amada y ya el tiempo le parece una espera perpetua.