De nada me sirvió llegar con tanta antelación a aquella sala en Rincón de la Victoria, en la que un presunto experto en salud mental nos iba a iluminar acerca de la ‘pedagogía en la enseñanza’. ¿Qué podría aprender una copiota como yo que ya no supiera, sin la más mínima voluntad necesaria para el estudio?
Me había sentado en la última fila con la intención de pasar desapercibida. La resaca del fin de semana me estaba envolviendo con su modorra benefactora.
El presunto entendido llegó, dando su clase magistral con su verborrea hipnótica; y yo, dormida.
En mi sueño, escuchaba el crepitar que hacen las patatas al caer en el aceite caliente. Desperté. Eran los aplausos de los asistentes. Cuando los escucho en la radio, siempre me parecen el sonido de una ‘sartená’.
“Hora de irse”, me dije, algo más descansada e ilustrada.