Microrrelatos

Procesionaria

Emilia García Castillo1 min de lectura

El martes por la mañana se despertó con esa pelusilla algodonosa entre los dedos. No le dio importancia. Todavía con el último sueño entre las cejas, se metió en la ducha. Una masa de piel y cabellos quedó saturando el desagüe.

Ya en el trabajo las miradas esquivas, los estornudos y el sarpullido de los compañeros debieron alertarla, se decía ahora, que llevaba tres días metida en casa, viendo cómo a su alrededor muebles y objetos se iban impregnando de un velo blanco y viscoso.

Era sábado por la mañana. Sin apenas fuerzas, con el cuerpo tumefacto, abrió las ventanas. El sol pegaba fuerte. Se miró por última vez en el espejo. Resignada ante lo inevitable, se desvistió, y en posición fetal se entregó al desfile de orugas que, como alfombra bullente, invadían su casa.

Se dejó llevar. Por primera vez en muchos años sintió que formaba parte de una comunidad, que tenía un objetivo, una razón de ser. Ahora sólo quedaba salir afuera, la vecina del tercero aún no había vuelto de las vacaciones. La esperaría bajo la cama, encabezando la procesión.