La vida nunca está escrita. Era la frase que Pedro repetía mientras embalaba el cuadro Peces voladores escalando montañas con las vieiras rinconeras. Así lo tituló su madre, cuando habiéndolo terminado y firmado con la P de Patricia, se lo dio al hijo para que lo expusiera junto a los otros, en las paredes del bar.
Caía una llovizna suave y Pedro colocó el felpudo en la entrada, su local era el paradigma de la pulcritud. Esa mañana tuvo un cliente especial. Un señor que miraba el cuadro con muchísima atención. — ¿Eres tú el artista? ¿Te llamas Pedro, no?—
Pedro asintió porque creía que aquello no iría a más. Pero cuando el desconocido le habló de venta y de exponer en galerías, lo invitó a conocer a la pintora.
Cerca del ventanal, sentada en una silla de ruedas y ante el caballete, Patricia seguía pintando escenas imposibles de mundos soñados.