Microrrelatos

Madrugada aterradora

Miguel Segura Martín2 min de lectura

Son las siete de la mañana. Todavía falta para que en el cielo aparezca la delgada línea de luz insinuando el amanecer. Corre una brisa bastante cálida, el soplo anunciador de un nuevo día de terral*.*

Camino con paso enérgico por Alameda Principal; recorrido trillado, siempre con el tiempo justo hasta la estación, en el momento preciso en el que el tren es vomitado por el túnel empujando el aire malsano.

A unos doscientos metros, junto a la esquina de Tomás Heredia (uno de los accesos a la zona del Soho), advierto un bulto singular y algo grueso que se desliza por el suelo muy, muy lentamente. Parece una babosa gigante, me digo de inmediato, sacudido ya por un escalofrío paralizante que hace que me detenga al instante. En el extremo de la criatura que avanza distingo una cabeza humana, y todo el cuerpo se arquea ligeramente, de forma regular, para impulsarse, como esos gusanitos que recorren la rama de un árbol con destino incierto.

Por los reflejos de la luz de una farola próxima aprecio su color verde metalizado, y entre los carnosos anillos que conforman su anatomía, rayas acotadoras de un amarillo sucio, como de oro empañado. Alucinado por la visión, mi cerebro busca respuestas congruentes: “Podría ser un trasnochador con una buena trompa que se arrastra por el suelo... Alguien a quien han herido e intenta buscar ayuda... Si continua en esa dirección, en cuanto rebase el ancho de la acera penetrará en la calzada, y ya hay tráfico de cierta consideración... Es extraño que en estos instantes nadie transite por la calle, parece una visión exclusiva para mis ojos”. Intento reaccionar. Saco el móvil del bolsillo. “¿A quién llamo? ¿Qué le digo? Seguro que piensa que le tomo el pelo”. Mientras delibero conmigo mismo, un furgón negro sin rótulos identificativos y con las luces apagadas invade la acera. Se abre la puerta trasera. Saltan cuatro individuos con indumentaria oscura y pasamontañas, levantan aquella ‘cosa’ y la introducen velozmente en el vehículo, desapareciendo por Tomás Heredia. Quedó la calle como si nada hubiese pasado.

Obviamente, perdí el tren y llegué tarde al trabajo. Busqué en internet alguna ‘última hora’. Ni una sola palabra.