Hacíamos senderismo por una ruta de las montañas del norte. Decidimos descansar y comer junto al río que traspasaba el hayedo. Al acabar, fui a la orilla a lavar mi marmita. Con un poco de arena y agua quedaría reluciente, pensé. Mientras frotaba, unas partículas brillantes llamaron mi atención. ¿Será oro?
Llamé a Pablo. Él sabía de esas cosas. Una vez estuvo bateando en un valle en Asturias con un amigo. Pablo agitó suavemente el contenido de mi marmita y exclamó: ¡Es oro! ¡Oro! ¡Somos ricos! Todos se acercaron al instante mientras Pablo se partía de la risa.
— ¡Lo compro! —gritó emocionada Rosa— ¡mi padre es joyero, y seguro que me hace alguna cosa realmente chula!
Pablo, que aún no había dejado de reír, atajó el asunto:
— Pero mira que sois ignorantes. Esto es pirita, el oro de los tontos. Deberíais prestar más atención en clase de ciencias.
— ¡Hala, a recoger, que tenemos que seguir si queremos llegar al albergue antes de la noche!
— Mi gozo en un pozo” —me dije—, “para una vez que encuentro un tesoro…