Abrumada por la incertidumbre y las últimas instrucciones que recibe de la notaría en relación a la herencia de su fallecida abuela Leonor, llega al atardecer a la antigua casa. La vieja llave de hierro fundido permanece en el lugar de siempre. Peldaño a peldaño, con sigilo y cierto temor erizándole la piel, sube Elisa las escaleras. Cruje la madera. Aquel rumor familiar es parte de la personalidad de la casa, de sus recuerdos infantiles. La atemoriza el vacío reinante, la pesada penumbra y el olor del polvo viejo. Era el hogar de su abuela muerta. Sentía cierta pesadumbre. A pesar de los años que habían transcurrido sin visitarla, tuvo a bien recordarla en su testamento.
La casa era más bien pequeña. En la planta de abajo, en la que cocina y comedor compartían el mismo espacio, por eso pensó que no encontraría nada de interés y sube la escalera. Ahora está detenida en el último escalón, observando la puerta cerrada del dormitorio de su abuela. Recuerda esa puerta y su quejido de castillo antiguo cuando se abría o cerraba. Un filo de luz en el umbral la obliga a pararse en seco. ¿Cómo es posible? Nadie ha estado en la casa en varios años. Con las palpitaciones y la respiración desbocadas se decide a empujar la puerta con la máxima cautela. El antiguo chirrido se apodera del silencio, la hace dudar, tiene un mal presentimiento, y se le encoge el corazón al entrar. No ve la fuente de luz por parte alguna; la habitación está dominada por la penumbra. Sólo el hilo de luz bajo la puerta, como claro aviso; y un sonido repetido, antiguo. Con los últimos balanceos de la vieja mecedora, rompe a llorar desconsoladamente.