Se levanta el telón.
Apareces encerrada en una nebulosa blanca y brillante. Malla y piel a la vez. Desde tus minúsculos pies hasta tu cabeza, las estrellas danzan y se deslizan contigo en elípticas y espirales. Se agarran con sus destellos a tu ingrávido cuerpo y juegan recreando constelaciones.
Yo juego a reconocerlas. Justo ahora, Casiopea puso su broche en tus senos pequeños y lejanos, dos puntos celestes inalcanzables para los que estamos a este lado del universo. El Cisne vuela sobre tu espalda y deja a Albireo reflejarse en tu nuca, a la altura del naciente vello que has recogido tirante hacia arriba. Una noche negra tu pelo en la que se pierden miríadas de cometas.
No puedo dejar de mirarte. Me eclipsa la Aurora Boreal que despliegan tus brazos. Esas lazadas de rayos y soles que vas haciendo caer cual lluvia invisible.
Lloran las Perseidas.
Se expande la música sobre la Cabellera de Berenice y tú sigues danzando, girando, volando en ese espacio luminar que nos separa. Cénit y nadir tú y yo de ese otro espectáculo de la vida.
El público aplaude. Yo siento un frío polar.
Por esta noche, se apagó el firmamento.