Estaba sentado en la terracita de Rincón de la Victoria en la que todas las tardes quedaba con Sofía, su amiga invisible.
Iba por la segunda cerveza cuando a lo lejos vio a Julia, una compañera de trabajo. La sola idea de que Julia lo abordara, o peor aún, se sentara con él, fue más que suficiente para que en su organismo se desatara la reacción ya conocida y su cabeza empezara a zumbarle, así que pagó rápido y se dirigió a la farmacia donde creyó que el tensiómetro saldría disparado cual cohete. Por suerte no fue así.
Volvió a la terraza con el monólogo entre dientes. Esa tarde le hablaría a Sofía de lo efímero de la vida y de la sutileza del refranero.
En la plaza ya no había señales de Julia. En su mesa, sólo para sus ojos, estaba Sofía. Nadie iba a estropearle la velada.