Estás como una cabra, le decía; a lo que ella respondía siempre señalando sus pechos y entre carcajadas: sí, pero una cabra payoya. Era decir esa palabra, era el gesto desafiante de Inés, o puede que su risa, el caso es que el corazón de Pedro, como si de una perinola se tratara se ponía a mil.
Esta noche te quitaré los calcetines, continúaba él bajito, apoyando los codos en la mesa; y la pasión era ya una lluvia de estrellas entre mirada y mirada, un charquito de cielo sobre el mantel, un deseo que cruzaba los aires de Rincón de la Victoria.
Se marcharon despacio y concentrados en la respiración del otro.
El apartamento los esperaba sin prisa, como saben esperar los espacios habitados al aliento de quienes les dan razón de ser. El calor que necesitan.
Esa noche, los calcetines rojos salieron volando por la ventana.