A primera hora de la mañana, desde mi torreta, vigilo el litoral. La playa de Torre de Benagalbón está magnífica. Bandera verde, y por ahora, pocos bañistas. Así, que aparco mis anteojos y cojo mi libreta de sonetos. Estoy atascada en el primer terceto y me invade una cierta impaciencia. Una palabra me ronda: ponderamiento. Busco en google, no existe el vocablo, la RAE no lo reconoce. El soneto sigue atascado. De pronto, en el agua, cerca de la orilla un chapoteo llama mi atención. Prismáticos en mano ojeo el punto preciso. En un primer momento pienso que es una gaviota, pero mirando atenta me llevo la sorpresa del siglo. ¡Es una golondrina!
Ajena a mi fascinación, nadando, la golondrina albina maullaba de placer. ¿He dicho maullaba? ¿Una golondrina blanca, nadando y maullando? ¿Maravilla, o licencia literaria? No importa. La mañana me ha regalado el mejor de los poemas.