El esparadrapo le cruzaba la mejilla izquierda y se pegaba a sus cabellos. Tenía un vago recuerdo: alguien cuyo rostro no lograba reconocer lo sacaba casi a rastras de lo que le parecieran oquedades, tumbas, jameos.
Tenía el traje cubierto de tierra negra, quemada, lo mismo que las uñas.
Creyó escuchar el sonido de las olas, y que magullado y confuso caminaba por la playa de Benagalbón. Creyó que se detuvo cerca de la orilla para pensar y que a pocos metros, unos jóvenes en total despiporre celebraban la fiesta de la Candelaria.
Entonces lo supo.
Él no estaba en esa orilla, ni había oído el oleaje, ni se había acercado a los muchachos.
Su coche se había quedado en una curva.
Ahora, a la orilla que quería llegar era a la de la vida misma, al agua de esas voces que le atendían y decían: No te duermas.