Una noche, cuando en casi todas las casas de Rincón de la Victoria dormían, dos calcetines rojos iniciaron un parloteo en el interior del cajón. El derecho le decía a su pareja:
— ¿Te has dado cuenta de que hace tiempo que no nos utilizan?
— Por supuesto. Ayer mismo advertí murmuraciones de los demás.
— Lo sé. También les oí, y sentí una gran inquietud. Los de cuadros, que éramos antiguallas; los de rayas, que desprendíamos pelusa; los de...
— Sí, también sentí esa indignación cuando los de color negro se burlaron al decir que olíamos a queso de cabra Payoya, los muy cretinos. Se creen muy importantes. Y eso que el humano usa la perinola para elegir. Como casi todos son negros, siempre ganan.
— Propongo que nos larguemos de aquí cuanto antes. Sólo temo caer en algún charquito nauseabundo.
Dicho esto, los calcetines rojos salieron volando por la ventana.