Dos comediantes. No persiguen reconocimiento. El mejor premio, conquistar una sonrisa en el concurso de Rincón de la Victoria. Titulan su función: Lo primero que se busca es la esperanza.
Sube el telón. Un hombre ataviado de anciano griego, orlado de laureles y túnica blanca. Grecas azules en el bajo y en las mangas. En el brazo izquierdo, una lira. Así completa la figura de sabio de la antigüedad. En el silencio expectante de la sala, exclama con cascaruletas nerviosas: —¡Ábranse los cielos por una sonrisa verde esperanza!—, señalando con el brazo derecho a bastidores. Primeros aplausos. La cosa promete. Surge del lateral su compañera, vestida a la usanza de cupletista antigua. Las sandalias, con plataformas de vértigo, provocan un resbalón inesperado. El público ríe; está en el bote. Más aplausos. Rueda el esperpento por las tablas. La sala se llena de optimismo; palmadas por bulerías. Baja el telón.