Miraba caer una hoja tras otra pero mis pensamientos lejos estaban de ese movimiento ondulatorio que el aire les imprimía. Las miraba sin más. La opereta había concluido hacía media hora. Parada ante el cenotafio no podía sino preguntarme de quién había sido la idea de recrear en mármol esa especie de proceso de hominización, no sé de qué otra manera definirlo, para el perrito de Lula.
Allí estaba esculpido Candy a cuatro patas, a dos patas, leyendo y paseando.
A mi Candy me caía muy bien. Era yo la que lo sacaba por el paseo marítimo de Rincón de la Victoria. Recogía sus cacas, lo lavaba, le preparaba la comida, lo llevaba al veterinario y jugaba con él mientras Lula visitaba a sus amistades.
A veces, le contaba mis sueños y él me ladraba contento. Pero puedo jurar que jamás lo vi con un libro entre sus patitas.