Había sintonizado Radio Victoria justo en el momento en el que comenzaba El gemido de una gamba, un programa de humor que, para ella, era todo un festejo y le ayudaba a encarar la mañana con un regusto a limón y a hierbabuena que le traía recuerdos de las noches pasadas en la casa de Bernarda, donde el cansado ratón arañaba la mesa de trabajo llevado por sus manos temblorosas, pegado a sus dedos dulces de chupitos y de besos, ardiendo casi por el calor que sus latidos le imprimían a cada uno de los clics con los que iba componiendo esa canción de amor que Bernarda calificó de patética desmesura.
Subió el volumen, y con ese gustito a limón en los labios, besó la foto de Bernarda.
Ay, Bernarda, Bernarda, mira que eras embustera, dijo para sí, mira que te costaba admitir el amor y la alegría.