En plena convalecencia sentimental y con los pies fríos en el rebalaje, camina —con la perpetuidad de su dolor punzante— por la playa de Los Rubios, en el Rincón de la Victoria, rememorando con rabia el verano anterior; recordando a aquel mastuerzo nórdico de pelo dorado y sedoso y ojos azules. Ahora ya no lo ve con los mismos ojos, cálidos, brillantes, enamorados. En su corazón desencantado siente el sarcasmo que se le revela al pisar esa arena; el frescor del agua que ahora se le antoja gélida; el nombre de la playa, como una burla que no merece. ‘Jamás volveré a cometer el mismo error’, repite para si como una letanía.
De pronto, alguien la saluda a cierta distancia con una sonrisa blanca: Es alto, rubio y tiene los ojos de un azul intenso. El corazón se le desboca y el mundo entero desaparece a su alrededor.