Mudose inesperadamente el día, azul y sureño en marasmo de plomizo augurio. Los campos, agostados y sedientos, oscureciéndose como si hubiera eclipse. Tornose raro atardecer, como gran hematoma color berenjena, desatando la inquieta pajarería grande algarabía sobre el exiguo pastizal.
Sucedía que por estos campos transcurrían un conocido hidalgo de pálido semblante y mohín vulpino (de fama y vilipendio a partes desiguales) y su fiel escudero, con no menos fama y enemigo tenaz del ayuno.
Ante la inquietante mudanza del cielo, díjole el descarnado caballero a su fiel acompañante, “avivemos el paso, amigo Sancho, que el vendaval no distingue a los ociosos de los esforzados caminantes, y aún nos quedan leguas por delante hasta llegar a esas costas que dan en llamar La Cala del Moral, donde habremos de degustar, sin que te quepa dudad alguna, de sus bien afamadas frituras de pescado y sus dulcísimos frutos de la huerta”.