Vierte Lorca su amor dolorido en un ramillete de sonetos que son un grito apagado, un sollozo herido. Un dolor de venas abiertas a la noche lunar del amante: la agonía del amor oscuro.
Amor oscuro. El amor que se consume sin consumarse; el amor perseguido, lapidado, herido y sangrante que atraviesa la noche en vela de los tiempos, silenciado por la mordaza de las leyes y la moral. El amor burlado y traicionado, mancillado por egoísmos sin límite. Amor que tiene que esconderse, velarse, disfrazarse para seguir siendo. ¡Cuánto amor con las alas cortadas por la desdicha!
Tú nunca entenderás lo que te quiero / porque duermes en mí y estás dormido. / Yo te oculto llorando, perseguido / por una voz de penetrante acero /.
Leo los sonetos de Lorca y la memoria, ese animal amigo al que gusta jugar con nosotros y que siempre está ahí, dispuesto a dejar a nuestros pies las viejas y cómodas zapatillas del recuerdo, me trae a esta ventana temporal el siguiente:
Veo venir a una chiquilla. Una niña más o menos de mi edad que, montada en bicicleta, pedaleaba calle arriba y calle abajo. Con su pelo corto, su sonrisa fresca, sus ojos brillantes de felicidad. La blusa, un tanto abombada por el aire que, a veces frenaba, a veces espoleaba su pedaleo. Era la viva imagen de la libertad presentida. Yo la miraba en su vuelo a pedales, pequeña y alegre Hermes, mensajera de un hermoso futuro; que a la salida del colegio; me dejaba en los ojos y en el corazón la ráfaga libertaria de su aire.
Sé que esa chiquilla tuvo su amor porque más adelante la veía pasearse con él de la mano, serena y digna, sabiendo que tras ellas se componían bisbiseos, susurros, la letanía triste, estrecha y oscura de quienes piensan que la vida es un precepto, una regla, unos grises párrafos de un código que no entienden pero que aceptan y defienden porque alguien los escribió sin más.
El amor es sentimiento alto y profundo, no tiene género ni sexo; y si me apuran, a veces, ni siquiera cuerpo, porque todo eso lo trasciende. Está ahí, bordeando la acera por la que marchas cavilando la monotonía de la existencia. En la sombra de ese árbol al que te apresuras para cobijarte del calor agobiante; en la orilla de esa playa en la que vas dejando tus efímeras huellas. El amor lo es todo, con sus luces y sus sombras. Es la luz que nos redime y la penumbra que nos cobija. Qué sería de nosotros si no pudiéramos decir el nombre de quien amamos; si no pudiéramos tomarlo de la mano, compartir un paseo, una noche, el día a día. ¿Qué sería de nosotros si nos negaran la posibilidad de amar y ser amados con la mente, con el cuerpo, con los labios, con la sangre, con el sexo? ¿Qué sería de nosotros si nos negasen nuestra propia esencia?
Hoy, la memoria me trajo el recuerdo de una chica caminando atenta de la mano de su amor. Yo leía los Sonetos del amor oscuro, y ella, pasaba en bicicleta por las rendijas del tiempo
07/09/2025