Recientemente escuché a alguien decir que, cuando el pensamiento alcanza los bordes del universo y ya no hay posibilidad de continuar la búsqueda de su comprensión, es porque está en los límites de lo sagrado; y si resulta imposible entender el cosmos, a la dimensión de lo sagrado bien se puede intentar acceder (creo en esa posibilidad) a través de la música; de ciertas músicas.
Un grupo musical portugués surgido en Lisboa en 1985, Madredeus, sugieren con su música esa exploración espacial en busca de lo sagrado y, aunque en sus composiciones busquemos connotaciones del fado, han procurado desde sus comienzos distanciarse de su influencia, para lograr algo distinto. Deben su nombre a que, junto al local donde ensayaban, el Teatro Ibérico, se encontraba el Convento de Madredeus. La gente que se acercaba para escucharles decían que iban a Madredeus. Fue así como adoptaron ese nombre para el grupo. En sus inicios (y posteriormente) llevaban a cabo sus conciertos en templos o catedrales, no sólo por la magnífica acústica de esos lugares, también por espacios en los que lo sagrado parecía estar más al alcance. Sea como fuere, y sea lo que sea la significación de lo sagrado, es el escuchante el único que decide por qué veredas de su pensamiento transcurre la música con su dilatada y luminosa estela. Se ruega no confundir lo sagrado con lo religioso, pese a que nos hayan hecho creer que tienen nexos en común. Sostengo que hay un abismo enorme entre ambos conceptos.
En la cultura yaqui, en el entorno del desierto de Sonora, México, sus videntes perciben lo sagrado como un águila de proporciones infinitas. Se trata de una representación simbólica. Una metáfora sobre un inmenso poder que rige todos los destinos. Es por ello que lo llamamos más allá; porque si estuviera más acá, todos seríamos brujos y el mundo hace tiempo que se habría extinguido. Pero aquellos videntes estaban tan ensimismados con sus hallazgos que no supieron ver la infame ocupación que se les venía encima.
Hablar de la vida obviando de forma categórica lo trascendente, es un estándar más de arrogancia que muchos seres humanos ejercitan cuando también hablan de la muerte. El sólo sé que no sé nada, de Sócrates, es el manifiesto de humildad más grande que ha sucedido hasta ahora. Palabras tantas veces repetidas por tantos y qué pocos son consecuentes con su significado. Los sabelotodo deberían sentarse a la orilla del mar y contemplar el horizonte curvo mientras las olas lamen sus pies, e intentar comprender todo cuanto tienen delante. O subir a una cumbre donde la visión sea de trescientos sesenta grados para preguntarse si realmente están viviendo sobre una gigantesca coca de tierra y agua, y negar que más allá del horizonte que contemplan, estén África, Asia ni los pingüinos de la Antártida.
¿Por qué hay composiciones cuyas notas, formando armonías melódicas difíciles de atrapar, consiguen activar los lacrimales y humedecen la mirada? ¿Sólo en los humanos? ¿Acaso los demás seres vivos que existen en nuestro mismo universo no están sujetos a la misma trascendencia? Probablemente no les miremos fijamente a los ojos cuando se sienten felices o cuando sufren con el daño que algunos les infligen.
Todos somos electrones del mismo átomo.
¿Y si tuviera por nombre, Sagrado?