Tres álamos

Miguel Segura Martín

Me visita la imagen de los álamos aquellos.
Tres álamos temblorosos en el pasar de la tarde
rodeando la alberca, de agua colmada,
de azul insondable, espejo donde se miran
como narcisos esbeltos o centinelas de atalaya.
Los contemplo como columnas que sostienen,
inmutables, la cúpula de aire que los agita,
el cielo protector de un pedacito de mundo.
Sus troncos son brazos curtidos de algún gigante
que se despereza bajo la tierra.
El verde brillante, saludable de sus hojas,
sugieren diáfana gratitud
por la proximidad del agua clara.
Nunca les conocí nidales de acogida,
como si supieran las aves que aquellos gigantes
estaban destinados a otros ministerios,
que sus alturas eran buscadoras silentes
de destinos errantes entre las estrellas.
Ignoro en que momento dejaron de ser
enflaquecidos chopos
para transformarse en majestuosos álamos blancos.
Tres antenas poderosas mirando al cielo,
señas de identidad contempladas desde el otero,
destacando en el valle que los acoge.
Me visitan los tres álamos al cabo de tanto tiempo
y me cuesta imaginarlos
aún más vigorosos y vigilantes.
Porque irrumpe entonces en la visión
la condición destructora de unos hombres,
que, hacha en mano,
talan su formidable musculatura a ras de suelo.
Los veo caer lentamente.
En el silencio amargo de la tarde.
Con el tiempo detenido
como augurio nefasto de montaña
que lamenta el crimen innecesario,
el escaparse la vida irrecuperable
de ese pedacito de mundo,
de aquel oasis de alberca destinado a la eternidad.
La codicia no sabe de noblezas de la madera,
mucho menos de la grandeza de su existir.
De su humilde fibra blanca arrancarán laminados
y palillos para hurgar entre los dientes.
Quedará para siempre en mi memoria
el cónclave permanente en torno al agua,
tal vez, descifrando con la danza de sus ramas
los secretos guardados en el cielo.
Hay que detenerse en el andar.
Hay que sentarse cerca.
Hay que escuchar la melodía susurrante de sus hojas
y sentirse agradecido por su existencia.