Trama y urdimbre

Emilia García Castillo y Miguel Segura Martín

TRAMA Y URDIMBRE (Poemario. Libro)

URDIMBRE

Emilia García
Con pañuelos transparentes,
con pañuelos de sangre,
aquí me llega,
traspasada de latidos
tu ternura.
Si el péndulo de la noche
reposa su ritmo oscuro
y la aguja del deseo
se perfila en el costado
sin sueño de la luna,
aquí tengo la sed
y el oasis de tu cuerpo.
Aquí estás,
marinero de mis aguas,
compañero,
en el vientre de mi tiempo.
Sobre el cauce abierto de tus labios.
Vértice ancestral
que al cielo clama.
Herida de tierra que grita,
y se expande,
y arrasa los ecos
del pecho y las cavernas.
Sobre las llanuras
que en mis ojos tiemblan
y surten
los tibios manantiales
de tu garganta.
Sobre lo invisible
que entre luces centellea,
abierta tu alma
en canales y granadas.
Sobre tu sed y tu hambre,
y tus sueños,
y tus ansias.
Prolongación inaudible de campanas.
¡Cántico de Catedrales!
Sobre tus manos,
espejos que me recrean,
quiero verterme:
¡Detén la llamarada!

Eres para mis manos.
Lo sabe tu cintura,
esa mar viva
en la que incesante te busco.
Antes del primer recuerdo
eras jinete de mis fantasías,
amante audaz.
Nómada de la pasión
crecida de los sueños.
Tu risa,
tu piel de bronce.
El agua-noche de tu pelo.
Tu boca
y su voluntad húmeda,
ya eran mías.
En las soledades últimas,
en la noria punzante de destellos,
te buscaba.
Me crecías tanto,
que no tenerte
hubiese sido la desidia final
tolerada al cielo.
Comenzaré por el centro,
cuando,
abierto a los crepúsculos
desnudes el corazón.
Roja y silenciosa
fundiré tu espacio
con un crepitar lento.
Adentraré
en tu vertical simetría.
Y en los cipreses de aguja
de tu aliento,
extenderé amorosa
la cintura de mis días.
Dejaré un lugar para el recuerdo.
Nieve y violeta
en la cumbre del latido.
Y cuando ya,
ebrio por mi efluvio me sientas
en tu ser incorporada,
un viento transparente
nos sorprenderá de cuajo,
irremisiblemente unidos.
Caerá el tiempo
con un murmullo
aéreo de hojas.
Sobre la memoria
abrirán sus venas
los tallos.
Y las raíces,
ciegas voluntarias,
bebedoras de filtros subterráneos,
peinarán del sol
la sepultura.
Caerá el tiempo.
Sobre el telón sin fondo,
una gota
derramará su agonía.
Quizás, como ahora,
la acera
escupa la nube
calle abajo.
Y tú y yo
nos bebamos la tarde,
en apariencia
furtiva.
Se suceden las notas
y mi amor
emigra de las terrazas.
Nada existe ya
si no es voluntad tuya,
la de tus ojos
cuando se abren hacia adentro
mientras el mundo se difumina.
Yo me quiero así,
vuelta hacia tu cuerpo.
Nada importan los fluorescentes,
los semáforos,
las esquinas
y su cortante acritud.
Nada importan el mundo
ni la libertad reimpresa
sobre libros como edificios.
Tus brazos son mi verdad.
En tus besos comulgo.

¿De dónde me viene tu olor?
Invisible sentir
tatuado en mis genes.
Querencia
que a mi ser desborda.
Precipitación
de venas y afluentes.
Sabor de selvas
y tambores de mieles.
Te amo.
Lo sé porque me lo grita la sed
desde el fondo de los ojos.
Te lo digo,
a veces veladamente.
El día entonces se alza
y nos ofrece el espejo
que habita
entre sus pies y la nada.
Otras,
te revelo el grito de mi vientre
y se dilata el sol
en el corazón de la mañana.
Detenido.
Quieto el mundo en la madrugada.
Todo es silencio.
Silencio son las estrellas.
Silencio el día y el tiempo.
Todo reposo.
Todo silencio.
Y nuestros cuerpos,
de caricias traspasados,
ascuas son
al amor del silencio.
Me desmayo por tu piel
y de ella resurjo.
Flor abierta,
sobre agua de abrazos me sostengo.
Ingrávida llega la noche
y son tus hombros
dunas de marismas
donde reposan mis besos.
Allí,
dilatada de amor,
recojo los latidos.
Los ahondo.
Prolongo el eco.
El aire se agita,
serpentea,
codicia el grito.
En nuestros cuerpos se bordan
las rojas huellas del deseo.
Ajustaré mi conciencia a tu regazo.
En las manos del viento
desgranaré paisajes
de recuerdos futuros.
Antes y después
los colores y las formas irrumpen,
traspasan.
Se afanan
centrando el alma.
A veces,
un dolor dulce
cual lluvia de mariposas,
la contiene.
Y en su desazón alada
un destello la cruza.
Es la tuya,
que emerge.
Se alza cadenciosa.
Sobre el estelar pentagrama
dos gemelos se arrullan.
Me abandono
poseída de sol
al estremecimiento antiguo
de tu abrazo.
Abres mi cuerpo,
no importa en qué página.
Sobre el dulce blanco de la sorpresa
una historia recreas.
Me habitas
a ritmo de fuego
y mientras crece el crepitar
y la llamarada crece,
ya en oro líquido inundada,
al vuelo tibio de tus labios,
mansa,
me vuelvo.
Despertar.
Ahora que el azul
se desata en invocaciones
sobre la costa de tus labios
Emergen
los sueños de ayer
trenzados en soledades.
De la oquedad del tiempo
los rescatas.
Sobre mis hombros desnudos,
espejos ya de corales,
vivos y palpitantes
los escancias.
Así,
con la aurora en el talle,
visibles los sentidos y las formas,
al oleaje de tu vientre
me vuelco.
Deseo ya hecho carne.

TRAMA

miguel segura
Me tejes el asombro
con tu risa lanzadera
afán horizontal de mis deseos.
Tensas el arco de tu boca
y me irrumpes
por umbrales de silencios.
Todo el engranaje
se estremece como bronce
de antiguas catedrales.
Todo se estira,
atento,
al concierto de seda de tus pasos,
rindiéndose la razón
a la voluntad de los cipreses.
Me abordas
blanca y azabache
como salto de pantera.
Con enigmas de pirámides
detienes el destino
en mis arterias.
Cesa el aliento.
lo ilusorio se disuelve.
Es entonces, mi amor,
cuando percuten bóvedas
en mis órbitas
y la memoria bosteza
vestida con la piel
del universo.
Me templas
en tu playa de corales.
De ella emerjo
vestido de destellos.
Arco de privilegios.
Constelación apaciguada.
Efigie boreal
esculpida en lava.
Amor,
no creas que deliro cuando
el magma serpentario
que me habita,
se desliza vientre arriba
buscándote el corazón,
con el temblor de los metales
y el denso rotar
del huracán.
Bajo aquella cúpula
sinfónica de destellos
el tiempo se hizo
tiempo de años.
Fui arpa destemplada
en bastidor de relámpagos.
Filamentos verticales
pigmentados de montaña.
Altura con sospechas litorales.
Contigo fue el encuentro
inacabado asombro
y embeleso.
Trayectoria ineludible.
Nido de acantilado.
Ruecas en mis formas
con tu seda fascinada
y es tu urdimbre la senda
que al sol me encara
y a la sal de tus ojos me remite.
Aristas de piedra antigua,
ceniza lunar
ya transformada.
Crepúsculos
de malvas incendiadas
reflejo en mis pupilas.
Tórrida contemplación
de tu silencio.
El alma me cincelas
con tus versos.
Retos del signo
y la galaxia.
Hoy he plegado el porvenir
en el bolsillo
y mi vientre
se ha tensado de vanguardia.
Me ha turbado el musgo
de la piedra antigua
y los amores
sepultados a destiempo.
Hoy te ha buscado la carne
en mi presencia
pero no ha visto tus ojos
en mis cuencas.
Como orca mansa
me he devuelto
sumergido en el talle que me atañe.
Cruzando la ciudad
los espacios se ensanchaban
para dos.
Presagio de magmas en el aire.
Se desploma
la dura complicidad
de las paredes.
Hornadas de risa y abandono
diluyen el silencio,
como rápidos de montaña
buscando el litoral.
Hay madrugadas
que se alzan jubilosas
sobre la brea de noches sin luna.
El vidrio desnuda su armadura
y es el patio motín sin voz
destilando bordones
de octavas imposibles.
Del fulgor de la nada
he venido para verte.
Ceñido al púrpura
de un destello solar.
Vertical y porfiado
para reconocerte
en la cima exacta,
en la nieve pulimentada
de cada amanecer.
Una órbita dorada me recorre
y en el cáliz estrellado que transporta,
se me ha engarzado,
para siempre,
tu belleza triangular.
Urna diáfana de otoño
bóveda vibrante de presagios.
Concierto de cristales
que confabulan centrífugos
en mis arterias.
Perfil de seda sobria
modelada por el viento.
Alada madurez
que me embelesa.
Blanco diapasón que tañe breve
la muestra del resplandor
de lo inasible.
Cruzar los umbrales de tu vientre.
Alcanzarte en el confín
que nos concierne
y acrisolarnos.
Besos que son nudos
de bengala inextinguida.
Espuma colmenera
en la cumbre de las olas.
Suturas plateadas
de heridas legendarias,
galope rompedor de intimidades.
¡Guárdame el aliento
en tus colinas de nácar!
¡Inviérteme el latido
con la pulpa de tu risa!
¡Disuélveme esta sed
en dorados arenales!
Me derramo calle abajo
entre danza de palmeras
al son del aire,
reteniéndote en las sienes.
Latidos de rescoldo,
bostezo de volcanes.
Balance del espacio que nos media
recordando tus contornos
en la tarde.
Ya es el tiempo una senda
horizontal y clara,
en busca de la noche
de tus ojos.
Ojos me liban el alma
queriendo detener el tiempo.
Oleadas de volcán en mis afluentes.
Galopantes herraduras de azahares.
Huracán inesperado en el costado.
Y entre prímulas de tibias humedades,
me derramo en tus veredas
sin gastarme,
con el cénit de mi amor al descubierto.