I
Hoy, cena de Noche Buena.
Algazara persistente,
con ecos que se disuelven
en callejas convergentes.
Acaba el ruido. Las calles,
mojadas por el relente,
se han despejado a deshora
de gatos, perros y gente.
Asomado a mi ventana
veo nevar de repente,
plata se torna la noche,
silenciosa y divergente.
Campanadas de la ermita
quebrando el aire silente
reúne a los comensales
ante sus platos calientes.
Presiento el asado, el vino,
bullicios como de fuente.
Común la sangre de todos,
mas yo, turbado y ausente.
II
Alguien golpea mi puerta.
El corazón desbocado.
Aún es pronto, me digo,
eso es que se han acordado.
Con latidos en las sienes,
y el ímpetu sofocado
abro febril un resquicio
quedándome anonadado.
No es rostro que yo conozca.
Alguien que ha desatinado.
Y ahora despierta el móvil
sonando desaforado,
un ¡por fin! y un ¡aleluya!
Contesto, pero han colgado.
Aplanado en la butaca
concluyo ya desolado:
la sopita hospitalaria
y táper del congelado.
Esta noche es Noche Buena
y yo un doliente allegado.