Romances de una dignidad olvidada

Miguel Segura Martín

ROMANCES DE UNA DIGNIDAD

OLVIDADA (Poemario)

Mi calle

Constancia. Fue en esa calle
donde se estrenó mi vida,
de los Percheles, el barrio,
de pobreza envejecida.
La fábrica de hielo blanco
y una gran carpintería
donde unas callosas manos
espadas a mí me hacían;
dos tablillas bien cruzadas
de un martillazo ceñían,
de guerrero era mi juego,
la libertad defendía,
con triciclo galopante
por mi calle, protegida,
de posibles atropellos,
con galopada aguerrida.
Batea con un caballo
el silencio interrumpía,
a cargar lingotes de hielo,
calmosa y desentendida.
Dispuestas las frías barras
y con lonas protegidas,
con manso trote el equino,
flanqueaba por la esquina.
Humedad de cochinillas,
moho de jabón lagarto,
imágenes fantasmales
cubriendo el desconchado harto
donde no averigua el sol
por dónde asomar un rato.
Un lebrillo comunal
con grifo de bronce parco
donde lavan las mujeres
en un sempiterno charco
salpicado de miserias,
de sudores incrustados,
mientras tararean zambras
de futuros sepultados.
Y corren así los días
con transmutación en años
sin que los rayos del sol
sequen este soterraño.
De niño me estremecía
al cruzar este aledaño
y se quedó en mi memoria
la sombra del desengaño.
Constancia, nombro a mi calle,
no hay nombre más apropiado.
III
El verano sofocante
saca en la noche a la acera
a hombres, mujeres y niños,
con sus sillitas de anea.
Templadas conversaciones,
imperturbable asamblea,
mientras, la chiquillería,
por la calle serpentea
jugando a pillarse algunos,
mientras otros fantasean
que son valientes y osados,
su coraje paladean,
lances vistos en el cine
con tortilla y odisea,
cine a cielo descubierto
con jazmín que zarandea
la brisa de media noche
cuando el terral chacotea
en los portales cerrados
sin que nadie lo entrevea.
Mañana será otro día
sofocante, y sin nevera,
anhelando ya la noche
que es su indivisa fresquera.
IV
Callejones de tabernas,
desheredados sedientos,
defraudados de voz bronca,
se arrancaban ya por tientos,
ya por tristes bulerías,
rogativas de tres versos.
Cuando el día ya se acaba,
y en la noche, muy despiertos,
no acudan las pesadillas;
faenar para el sustento,
navegar en la mar fría
ocultando su lamento
con el último resquicio,
su porfía en el tormento;
en las redes plateadas,
insuficiente alimento.
Madrugada y frustración,
a la tarde, vuelta al templo,
reducto en los callejones,
redomas de salvamento,
los versos ya desgarrados,
soleá y remordimiento.
Callejones del Perchel,
se cumplía en otro tiempo.
V
Personajes de otras horas
que en la memoria resguardo,
los que hacían embutidos
o en su casa los helados
para rodar por las calles
y ganarse pocos chavos.
Tranviario, la Morcillera,
Posadero y otros tantos
que obsequiaban a los niños
cuando en la calle, jugando,
nuestras madres no miraban.
Bocados de contrabando
deliciosos, suculentos,
que nunca fueron hartazgo;
llegábamos siempre prestos
al almuerzo convocados,
que nuestra hambre pequeñita
ya era el hambre del pasado,
fideos con boquerones
y un pedazo de pan blando,
pregonados de mañana;
pescador con sus cenachos,
con su carro el tahonero,
sus voces reverberando.
VI
Cerca el día de San Juan,
talentos adolescentes
me pidieron los tebeos,
que, estando convaleciente,
miraba con regocijo.
Era un proyecto valiente:
doña Urraca y Caramillo.
Cabalgando en un cohete
doña Urraca bajo el cielo;
volando hasta el inocente
y tímido Caramillo
sentado en luna menguante
asustado y compungido.
Con pintura llameante,
hecho todo con cartones,
maderillas y bramantes,
los colgaron en la calle
a la espera del instante.
Se quedaron mis tebeos
pero no albergué reproche.
Todos en la calle juntos
en cuanto dieron las doce,
vimos arder nuestro júa.
Noche de fuegos y goce.
VII
Entre límites jugaba,
era calle con fronteras,
el hielo en una punta,
madera en la otra acera.
Sobre el refulgente suelo
mi caballito relincha
y celebrando victorias
al cielo apunta la espada.