Succionado el pezón de un mayo antiguo,
convencidos,
dejaron de crecer.
Pilares desahuciados que nada sostienen
sino su propia herrumbre,
ilustrada y enferma.
Habitan la montaña bajo el presagio
de un cielo que no comprenden.
Pisando una tierra que no aman.
Creyendo que el amor es
un sarcófago de mármol.
Sepultan bajo la hierba las desidias,
subsuelo de vidrios y hojalata,
hermetismo compartido con otros,
fieles a los días rojos del calendario.
Ofertan su amistad por un aplauso,
reclamándola si no sangras
de los mismos olvidos.
Se sientan a la mesa con costumbres ajenas.
Sueñan que son libres
con la promiscuidad de las cucharas.
Y es la tertulia de sobremesa
cultura de naipes,
parodia de misoginias,
conceptos obscenos del amor
entre hombres y mujeres.
Uno,
guardaba sus humores
en alacenas de prosas
para un bocado mejor.
Olvidaba el pan
en el hambre
de las aves y los perros.
Prestaba su amor a las piedras
y a mi oído,
sabiéndose reo-esponsable
de unas bragas de alquiler.
Pero ni arte ni parte.
Ni tan si quieras o no, tangente.
Fui.
Y así me vine.
Para siempre.
Otra,
gritaba sus bio-razones
incluso en las ajenas.
No pero no era su daga
y se le iba la yugular tras la etiqueta
y el humo que prohibía.
A otro él,
frágil portador de misoginia simiesca
le pesaba tanto el conocer
que arañaba el suelo,
arrastrando cadáveres de alpargatas
que nunca mueren,
sino antes de abrevar
en el sebo irreversible
de las gemelas.
Estos otros,
mirad como discurren
plañideros y perennes,
royendo la sombra del desamor.
Mirad cómo mojan sus quilates
en tinteros de aspereza.
Con el alma en bobo
aplauden a la farándula
el filtro letal de sus ingenios.
Y los demás,
forjados en la cúpula del plexo
de diosas con nombre propio,
nacen al olvido gradual
como estirpe de luz envuelta en carne.
Idólatras de la muerte
y del bronce de difuntos.
Fabricantes de sueños inconclusos,
muchedumbre saqueada
por oscuros alquimistas
del verbo y los metales.
Viven,
con la mueca prodigiosa del temor
a la voz del olvido reversible.
Al cabo,
deshago en hebras el recuerdo.
En las turbias oquedades
que os encumbran
arremeto solar y serpentario.
Despejado quiero lo tupido
abriendo al día los ventanales.
Esto es un ajuste
-no me lo toméis a chifle-
de cuentas que rodaron
pendientes de engarzar.
En el centro exacto y minucioso
rugen pistones de tristeza.
Qué desolación en este cosmos de arena
que la noche deshilacha
con descalabro absurdo.
He puesto filo de guadaña en la palabra
(qué inconsciencia)
y el huracán hecho recuerdo
ahora me busca de puntillas.
Ebrio de memoria
desde esta orilla les contemplo.
Hay puentes que se sostienen
con la fragilidad exacta
para ser cruzados una sola vez.