Surgen desde el horizonte
como aves migratorias que retornan, lentas,
a los ocres que el viento desintegra.
El Simún,
implacable e irreverente,
les somete cuando oradan
la ruta de los senderos cambiantes.
Curtidos navegantes
de los océanos de arena,
exhiben orgullosos
el velamen de sus túnicas
sobre el filo sangrante del ocaso.
Cuando en la verde marea del valle,
en la hierba nueva
que espesa la leche de las reses,
dejan pastar a los sudorosos corceles,
son las primeras estrellas de la noche
los corpúsculos titilantes de sus crines.
El fuego ha sido prendido.
Manos de bronce pulsan las cuerdas
templando octavas antiguas,
sonidos inasibles.
Fugaces flautas africadas se engarzan
sobre blandas y curtidas percusiones.
Cascadas de vino afrutado
recorren las gargantas,
bajando a las manos por idénticos senderos.
El aire se agita de repente.
Palmas acompasadas
dilatan las arterias resecas
y surgen destellos de blanquísimo marfil
entre las sombras.
Bajo el cuero de los pies
levitan galaxias diminutas,
zapateado ancestral aprehendido
en las aulas del corazón.
Se aceleran los tañidos;
las flautas se elevan
como cobras amaestradas;
los timbales y tambores
empujan enfebrecidos el cortejo
hacia las alturas
y las volutas incendiadas
se llevan la procesión sonora
hacía el índigo infinito de la noche,
donde tienen su reino las estelas
que a su paso dejan los astros.
Aún humean levemente
las fogatas nocturnas
cuando el crepúsculo despereza el valle.
Pero ya no hay voces,
tiendas ni monturas.
Partieron sigilosos y callados.
Tal vez,
para sorprender al aire de la madrugada
desfigurando los caminos de arena.